lunes, 11 de diciembre de 2017 06:59
Opinión

La riqueza de las naciones... ¿o de la gente?

Joan Carles Gallego
Joan Carles Gallego
Secretario general de CCOO de Cataluña

Cuando escucho a Rajoy, Mas, Felip Puig o el presidente del Banco de España haciendo una valoración satisfecha de la situación económica del país y de las grandes datos macroeconómicos, me viene a la mente el libro La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Me duele la corta mirada de unos gobernantes que confunden datos macroeconómicos con la satisfacción de las necesidades humanas.

Cuando escucho a Rajoy, Mas, Felip Puig o el presidente del Banco de España haciendo una valoración satisfecha de la situación económica del país y de las grandes datos macroeconómicos, me viene a la mente el libro La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Me duele la corta mirada de unos gobernantes que confunden datos macroeconómicos con la satisfacción de las necesidades humanas. Adam Smith publicó Indagación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones en 1776 para analizar el origen de la prosperidad de Inglaterra. Es el primer gran tratado de economía en la que desarrolla varios conceptos económicos. Se considera un ultradefensor del liberalismo económico. Los neoliberales lo reivindican y han hecho dogma de la teoría de la "mano invisible" que hace funcionar el sistema capitalista, del orden natural que hace que el interés individual, a través de la libre empresa, el libre comercio y la libre competencia, acabe satisfaciendo el interés general.


Estos mismos ultraliberales obvian el Adam Smith de La teoría de los sentimientos morales, en que dejó dicho que en la consecución del interés personal también es importante la facultad de interesarnos por lo que le pasa al otro, la simpatía. Esta contradicción entre el interés personal y los efectos que puede tener su búsqueda a ultranza por parte de cada individuo puede crear conflictos. Por eso, Adam Smith apuntaba que no es posible la satisfacción de todas las necesidades individuales sin la intervención decidida de un marco regulatorio, en definitiva, de un papel activo de los poderes públicos. Al parecer, nuestros gobernantes, anclados como mentores radicales neoliberales de sus tesis, hacen una lectura parcial e interesada, confunden el interés general (la riqueza de la nación) y las grandes datos macroeconómicos, y se despreocupan de la satisfacción del interés personal de todos. Validan la satisfacción del interés personal si permite hacer crecer la "riqueza de la nación", pero obvian que a la mayoría le representa sufrimiento y no actúan para corregirlo.


Smith remarca la importancia del trabajo como factor de producción y de la división del trabajo para hacer crecer la productividad. Plantea la contradicción entre la división del trabajo y la alienación de la persona sometida a procesos repetitivos y aislados en el proceso productivo, que limita sus capacidades para formarse un juicio moral. En contraposición, reclama que el Estado se haga cargo de algunas funciones protectoras y, en especial, de la educación, para garantizar que todos puedan desarrollarse plenamente. El neoliberalismo radical que aplican nuestros gobernantes ignora que si la riqueza tiene que ver con la productividad, y ésta, con la explotación del factor trabajo, se necesita un marco protector para compensar las insuficiencias de bienestar personal que en el trabajo en sí no se pueden obtener.


Las cosas, según Adam Smith, tienen un precio natural y un precio de mercado. El precio natural es el suficiente para pagar la renta, el trabajo y el beneficio, y el precio de mercado lo determina el equilibrio de la oferta y la demanda, que fluctúa alrededor del precio natural en función de la competencia. El salario lo fija también este juego de oferta y demanda, en el que la mayor o menor demanda de trabajo (paro) tiene un papel, pero hay un salario mínimo, el de subsistencia, por debajo del cual no es posible reproducir el mismo factor trabajo. No obstante, nos dice que el nivel del salario lo determina, también, el enfrentamiento entre los intereses de los trabajadores y el dueño. Por eso me exaspera que los actuales abanderados del liberalismo ignoren el papel trascendental de la negociación colectiva para establecer el nivel salarial y el equilibrio en las relaciones laborales. El mercado juega, pero el conflicto también regula.


El libro analiza cómo el aumento de la riqueza nacional da lugar a un alza de los salarios y que los asalariados son mejores pagados donde la riqueza aumenta más rápidamente, y que no se puede valorar como feliz y próspera una sociedad donde la mayoría de sus miembros están reducidos a la pobreza y la miseria. Quien alimenta, viste y conforma la nación, también se ha de alimentar, vestir, alojar. Apunta una división social en clases (capitalistas, asalariados y rentistas) y considera que a menudo los intereses de los capitalistas contra los del conjunto de la sociedad y que los trabajadores están en una correlación de fuerzas desfavorables. Sorprende, por tanto, que la CEOE no lo haya leído por entender que, hoy y aquí, los salarios deben subir por justicia social (recuperación y participación en la riqueza) y necesidad económica (estímulo a la demanda).


Parece que ni el Banco de España, ni Rajoy, Mas o Felip Puig han entendido del todo Adam Smith. Siguen disociando la valoración positiva de la evolución de datos económicos generales, los grados de desigualdad creciente y pobreza existentes. Los ultraliberales s'esfereeixen cuando leen un Adam Smith contrario a que el Gobierno abandone totalmente la esfera económica y lo deje todo al libre funcionamiento de la oferta y la demanda. En medio de una monarquía absolutista, Smith considera sus soberanos y príncipes vanidosos, frívolos, improductivos, pero cree que el Estado debe proteger la sociedad contra toda violencia, interior o exterior; proteger todos los miembros de la sociedad de la injusticia y la opresión que pueda causar uno de sus miembros, y proporcionar las infraestructuras e instituciones públicas que son beneficiosas para la sociedad y que un empresario privado no puede financiar por sí mismo. En definitiva, plantea que el Estado debe asumir aquellos aspectos que corrijan las insuficiencias de un liberalismo radical que termina causando opresión, desigualdad, injusticia.


No comparto las bases de la corriente de la economía clásica y del liberalismo que inspira La riqueza de las naciones de Adam Smith, la teoría del mercado y el papel subsidiario del Estado. Pero creo que puede ayudar a sustentar la crítica a las premisas de un neoliberalismo que ha dogmatizado sus presupuestos para justificar la búsqueda del interés individual obviando el interés general. Cuando se confunde riqueza nacional con beneficio privado y se obvia la satisfacción de las necesidades de la gente, cuando se desregula, se limita el sector público y debilita la acción organizada

COMENTAR


Más opinión
Opinadores
Pressdigital
redaccion@pressdigital.es
Powered by Bigpress
RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. EDITADO POR ORNA COMUNICACIÓN SL
Mapa Web Condiciones de uso Consejo editorial version mobil