lunes, 23 de octubre de 2017 02:46
Opinión

PARLAMENTO COLGADO EN EL REINO UNIDO

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

El próximo jueves se celebran elecciones generales en el Reino Unido. Los análisis posteriores de los dos grandes partidos británicos --Conservador y Laborista-- enfatizarán algún aspecto positivo de los resultados obtenidos. Los electores habrán otorgado a una de ambas formaciones una victoria que se apunta insuficiente para lograr una mayoría holgada en la Cámara de los Comunes. El tercer partido tradicional del sistema británico --Liberal Demócrata-- tampoco estará en disposición de ofrecer un apoyo cuantitativo decisivo, como sucedió con el último gobierno presidido por David Cameron (2010-15).

El próximo jueves se celebran elecciones generales en el Reino Unido. Los análisis posteriores de los dos grandes partidos británicos --Conservador y Laborista-- enfatizarán algún aspecto positivo de los resultados obtenidos. Los electores habrán otorgado a una de ambas formaciones una victoria que se apunta insuficiente para lograr una mayoría holgada en la Cámara de los Comunes. El tercer partido tradicional del sistema británico --Liberal Demócrata-- tampoco estará en disposición de ofrecer un apoyo cuantitativo decisivo, como sucedió con el último gobierno presidido por David Cameron (2010-15).

Sólo una de las formaciones concurrentes podrá arrogarse un éxito neto, claro e incuestionable. La victoria de los nacionalistas escoceses del SNP (Scottish National Party) alcanzará proporciones sin precedentes, tras hacerse con la mayoría absoluta --quizá plena-- de los escaños disputados en la nación caledónica. Algunas encuestas previas a la celebración de los comicios indicaban que los nacionalistas podían obtener hasta 57 del total de las 59 actas de diputado escocesas (Herald, 28.04.15).

La expresión 'hung parliament' (parlamento colgado) hace referencia a una House of Commons en Londres donde ningún partido posee la mayoría absoluta. Pocas veces se ha producido una situación así. El argumento para evitar semejante escenario ha sido empleado frecuentemente como arma electoral para evitar gobiernos 'débiles' y la habitual fragmentación de los sistemas proporcionales. El encargo de la Reina al líder del partido mayoritario ha sido generalmente un mero ritual formal e incontestado por la fuerza de los números. El generoso plus en número de escaños facilitado a la formación ganadora del voto popular es característico de las democracias con sistemas de escrutinio uninominal mayoritario, como es el caso del Reino Unido. El conocido como 'first-past-the-post system' del bipartidismo imperfecto británico permite que trasvases de votos moderados, y en ocasiones marginales, entre las dos grandes formaciones cambien el signo del gobierno y sus políticas.

Pero no debe colegirse de lo anterior que los partidos del turno británico desplieguen una querencia inercial al mantenimiento del estatus quo y a la inacción institucional. Margaret Thatcher, por ejemplo, ganó al frente de los Tories las elecciones de 1979 con un 44% del voto popular (53% de los escaños). Sus políticas

gubernamentales, antesala programática del hegemónico neoliberalismo posterior, indujeron cambios sustanciales no sólo en Gran Bretaña. Imitando algunas de sus programas le siguieron buena parte de los gobiernos de los países del hemisferio occidental.

Ha sido precisamente el abuso de la 'winner-takes-all politics' --o política de 'el ganador todo se lleva'-- el que ha propiciado ahora una conducta electoral más heterogénea en la vida política británica. Con la profusión de partidos políticos activos y con representación parlamentaria, los electores británicos apuntan un mayor grado de pluralidad política superadora de la simplificación bipartidista. Además se muestran recelosos de las prácticas del 'ordeno-y-mando' (command-and-control) jerarquizado y centralista que en su momento maximizó la Dama de Hierro.

Las implicaciones de los resultados electorales para los encajes internos territoriales del Reino Unido serán cruciales a fin de articular su unidad interna. Se comprueba ahora cómo la victoria del No en el referéndum por la independencia escocesa del pasado 18 de septiembre fue un resultado pírrico. El incumplimiento del compromiso (pledge) solemnemente suscrito por los partidos opuestos a la independencia escocesa (Conservador, Laborista y Liberal-Demócrata, los tres grandes partidos británicos), a conceder un mayor grado de descentralización a las instituciones de autogobierno escocesa a cambio de una negativa popular a la independencia, ha sido percibido muy negativamente en Escocia. La frustración de muchos escoceses, y su orgullo herido, explica no sólo una conducta reactiva y de castigo a los conservadores, prácticamente inexistentes en la actualidad en la vida política escocesa (recuérdese, por paradójico que pueda parecer, que en las elecciones de 1955 obtuvieron la mayoría absoluta del voto popular en Escocia). La conducta electoral de los escoceses reflejaría también la apropiación por parte de los nacionalistas del SNP del tradicional voto socialdemócrata y obrerista de los laboristas. Además, se trataría igualmente de un voto europeísta de rechazo a las veleidades inglesas de frenar la construcción europea y un aviso de que, llegado el momento del hipotético referéndum europeo de 2017, Escocia no seguiría automáticamente al resto del Reino Unido si el conjunto del electorado británico decidiese abandonar la Unión Europea.

Ciertamente, y tras las elecciones del 7 de mayo, se agudizarán las visiones contrapuestas sobre el papel del Reino Unido en Europa y su lugar en el mundo actual. De una parte, los nuevos independentistas británicos intentaran mantener vivo el sueño de Winston Churchill, así formulado en su célebre discurso en Zúrich de septiembre de 1946. Su idea era propiciar la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth) , liderada por el Reino Unido, la cual concurriría

como potencia mundial junto a una Europa federada (la presente UE), los poderosos EEUU ('mighty America') y a la Rusia soviética. Como opción alternativa se propone avanzar en la aspiración de los padres de la Unión Europea (UE), y recogida en el propio preámbulo del constitutivo Tratado de Roma de 1957, de conseguir una "unión sin cesar más estrecha entre los países europeos". En dicho proceso, el Reino Unido continuaría siendo un socio convencido de su integración cultural, política y socioeconómica europea.

Creadores de opinión muy influyentes en el Reino Unido coquetean con la idea de que el Reino Unido pueda seguir maximizando su posición equidistante en el contexto internacional, sin necesidad de decantarse a favor del proyecto europeizador. Son los atajos de un soberanismo auspiciado por un tipo de nacionalismo estatalista prevalentemente inglés, el cual se afana en recrear la ensoñación imperial victoriana. El buen criterio político británico y sus credenciales democráticas han sido constatados en ocasiones pretéritas tan complejas como la que se generará tras el 7 de mayo. Los diputados del parlamento 'colgado' de Westminster dispondrán de su flamante legitimidad para liberarse de un ensimismamiento grandilocuente y estéril.

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