viernes, 20 de octubre de 2017 05:33
Opinión

El fantasma del Prestige

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Desde que el 19 de Noviembre del 2002 el monocasco liberiano de nombre Prestige se incendió en las costas gallegas y provocó, en el dramático ranking de tragedias, la tercera catástrofe mundial en orden de importancia, en este país llamado España, estamos avisados sobre "lo que no deben hacer las autoridades" cuando un buque se incendia cerca de la costa y existe la posibilidad de remolcarlo a un puerto y controlar su vertido.

Desde que el 19 de Noviembre del 2002 el monocasco liberiano de nombre Prestige se incendió en las costas gallegas y provocó, en el dramático ranking de tragedias, la tercera catástrofe mundial en orden de importancia, en este país llamado España, estamos avisados sobre "lo que no deben hacer las autoridades" cuando un buque se incendia cerca de la costa y existe la posibilidad de remolcarlo a un puerto y controlar su vertido.

Por lo que parece, nuestros políticos y gestores portuarios no han aprendido absolutamente nada de esa tragedia y prefieren que los barcos se vayan al fondo del mar del que como dijo el entonces ministro Rajoy "fluyen hilillos de plastilina", que, claro, luego, sólo se pueden eliminar enviando pequeños submarinos franceses o suecos que, dotados de la tecnología punta, de la que no disponemos, tapen los agujeros por los que brota el líquido contaminador y a unos costes económicos que tampoco podemos permitirnos.

En aquel entonces media España y los propios gallegos pelearon heroicamente para borrar de sus costas "el chapapote" que había evacuado el Prestige. De entonces es la frase "Nunca Mais", y también por aquel fatídico mes de Noviembre los políticos comenzaron a plantearse la posibilidad de construir una dársena segura en la que encerrar buques en similares circunstancias para evitar otro desastre de semejante magnitud. También parecía que había quedado claro que, dejar hundir un barco incendiado en una fosa atlántica, era de una insensatez gigantesca y que a partir de aquel día no volvería a producirse.

Estamos en el año 2015 y de lo que se imaginó, prometió y hasta se alardeó, no quedabnada de nada ya que en este fatídico mes de Abril, con un Gobierno que preside Mariano Rajoy, ya saben, el de "los hilillos de plastilina" acaban de producirse otros dos accidentes navales que tienen a Canarias y a las Baleares, dos de las zonas turísticas más importantes del estado español, con el alma en vilo, porque los vertidos pueden dejar sus playas únicas como fuente de riqueza local en estado catatónico y a la fauna y la flora marina en peligro de pre extinción. Y todo, porque al Oleg Daydenov con 14.000 toneladas de fuel lo han alejado del puerto y lo han dejado hundir a 2.000 metros de profundidad y al barco de Transmediterránea-Acciona todavía lo tienen al pairo cerca de Sa Dragonera con otras 753 toneladas de contaminantes. Por cierto los Entrecanales deberían hacerse lo de sus inversiones en el sector del agua, tanto en la dulce como en la salada, a la vista de "los éxitos" que están cosechando en los últimos años.

Pero volviendo al asunto que hoy nos ocupa queda claro que como en el caso del Prestige a las autoridades, en un vergonzoso juicio, las exculparon del asunto y cargó con la culpa principal del suceso el capitán del barco, el anciano marino griego Apostolos Mangouras, pues, ahora, todo sigue igual que antes, es decir, sin planes de emergencia claros y eficaces y sobre todo, sin una espada de Damocles sobre los verdaderos responsables, que son quienes nos gobiernan, que les obligue a repensarse sus decisiones y sobre todo, las consecuencias derivadas de las mismas.

Como pueden comprobar quienes lean estas líneas, el fantasma del Prestige, sigue navegando alegremente por nuestro litoral sin que nadie le coja por sus cadenas y lo encierre en el Palacio de la Moncloa que es donde debería estar, paseándose de madrugada y asustando al inquilino de turno, para que no se le olvide que este país es una península rodeada de mar por todas partes menos por una, los Pirineos, como nuestros maestros nos enseñaron a los niños de mi edad en el primer curso de Geografía al que nunca asistían aquellos que ahora toman decisiones importantes sobre el tráfico marítimo y la seguridad en nuestras costas. Así nos va.

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