martes, 24 de octubre de 2017 04:22
Opinión

Ronchas

Rubén Olveira
Rubén Olveira

Un franquiciado de restaurantes de comidas italianas se introdujo hace unos años en el centro de Barcelona. De buen principio, en este establecimiento, mitad snack, mitad self-service, cuatro hechos llamaron mi atención. El primero fue que, a juzgar por la tonalidad de su piel y su morfología, la mayoría de los camareros eran hindúes y no italianos.

Un franquiciado de restaurantes de comidas italianas se introdujo hace unos años en el centro de Barcelona. De buen principio, en este establecimiento, mitad snack, mitad self-service, cuatro hechos llamaron mi atención. El primero fue que, a juzgar por la tonalidad de su piel y su morfología, la mayoría de los camareros eran hindúes y no italianos. El segundo, que a pesar del origen de las especialidades que allí se servían, no sé quién me dijo que la compañía era británica, lo que al tiempo pude corroborar leyendo una publicación financiera; el tercero, que la mayoría de los clientes estaban convencidos del origen italiano del restaurante, ya que el grueso de los asistentes provenía de Italia; y cuarto, que los gigantescos tenedores con que se servían los macarrones o el arroz, estaban sujetos a los mostradores mediante unas gruesas y nada decorativas cadenas, como si temieran que alguien fuera a llevárselos. Pensé que si estaban puestos así, por algo sería. También me monté mi historia justificando que, aunque el capitalista fuera británico ¿quién iba a poner un restaurante inglés en Barcelona, donde la gente está acostumbrada a la comida mediterránea? A la vez, recordé que en Londres yo había saboreado algunas pizzas mejor confeccionadas que las que tomé en Roma. Reflexioné que los grupos financieros e industriales hacen flamear la banderita de la patria cuando conviene, y cuando no, colocan en el asta de sus edificios empresariales la enseña que más les hace ganar dinero. A partir de que supe la procedencia del grupo económico que poseía la cadena de estas casas de comida, no me extrañó para nada el origen oriental de sus trabajadores, ya que recordaba que en los alrededores de Trafalgar Square, la mayoría de los negocios están atendidos por empleados provenientes de lejanos países que forman o formaron parte de la Commonwealth. Tampoco me extrañaba el hecho de que la mayoría del público presente fuera italiano, porque cuando uno está en otra tierra, la vena patriótica suele inflamársenos tontamente ante cualquier representación de los símbolos nacionales. Al llegar a casa por la noche, recordaba no sin cierta curiosidad los sencillos pero singulares acontecimientos de aquel mediodía. En ese instante sentí que un gran escozor se apoderaba de mi espalda. Me quité la camisa para mirarme en el espejo y observar lo que me estaba ocurriendo. Entonces comprobé que esa parte dorsal de mi cuerpo estaba llena de ronchas de color rojo bermellón. Acudí al médico de guardia y éste me diagnosticó una erupción cutánea provocada por algún alimento en mal estado ingerido ese mediodía, afección que, afortunadamente, no revestía gravedad. De vuelta de la consulta, pedí a mi esposa que me alcanzara aquella especie de manita larga de madera que me habían regalado para mi cumpleaños y que servía para rascarme cuando me picaba algún lugar del cuerpo que no estaba al alcance de mis manos. Mi mujer me contestó que se había roto y que la había tirado a la basura. En ese preciso momento hallé la solución al cuarto hecho que, aquella tarde, tanto me había acuciado como incógnita. Me percaté, como ustedes se imaginarán, del motivo por el cual los enormes tenedores de aquel establecimiento permanecían sujetos por cadenas.

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