jueves, 14 de diciembre de 2017 18:03
Opinión

Derecho a los derechos 

Francesc Gambús
Francesc Gambús
Eurodiputado de Unió Democràtica de Catalunya

Cada presidente estadounidense con el síndrome del pato cojo -y Obama ya ha entrado en esta fase- tiene tendencia a intentarlo una de sonada en la esfera internacional. Recuerdo Bill Clinton que buscó un acuerdo con el Oriente Próximo hasta el último suspiro del mandato. Obama se ha quedado más cerca de Washington, en Cuba, la isla bañada por uno de los mares más cálidos donde la Guerra Fría ha pervivido más de 25 años a la caída del muro de Berlín.

Cada presidente estadounidense con el síndrome del pato cojo -y Obama ya ha entrado en esta fase- tiene tendencia a intentarlo una de sonada en la esfera internacional. Recuerdo Bill Clinton que buscó un acuerdo con el Oriente Próximo hasta el último suspiro del mandato. Obama se ha quedado más cerca de Washington, en Cuba, la isla bañada por uno de los mares más cálidos donde la Guerra Fría ha pervivido más de 25 años a la caída del muro de Berlín.

No hace ni dos años que John Kerry, secretario de Estado, enterraba la Doctrina Monroe -la de América para los americanos- que convivió con el despertar nacional de América Latina, con las independencias lideradas por Bolívar, con unos Estados Unidos con una independencia aún reciente y recelosos de los afanes expansionistas del Reino Unido en un momento en que el sol se iba poniendo al imperio español. Hace unos días Obama tomaba el relevo y afirmaba que "todos somos americanos", en referencia a todo el continente.

No me atrevo a decir que la Doctrina Obama sustituirá a la de Monroe, porque, de hecho, ésta también ha sido reinterpretada a lo largo de casi 200 años. Y todavía no hemos acabado nunca de averiguar si era una doctrina para defender los países americanos de los afanes europeos, si concebía las relaciones internacionales de otra manera a como se había hecho o, por el contrario, pretendía tener bajo control los nuevos países que surgían en el sur de EEUU.

Pero queda claro que los vínculos de Estados Unidos con América Latina, el restablecimiento de las relaciones de la gran potencia con Cuba eran un paso imprescindible. La Administración Obama ha entendido que había que mover ficha ante los retos que planteará en el futuro la situación venezolana u otros movimientos populistas esparcidos en los últimos años por el continente. Ahora, ciertamente, habrá que ver su impacto en los movimientos, que hacían del discurso anti-gringo una de sus señas aglutinadores de identidad, y que comparan a menudo la relación Cuba-Estados Unidos con la de David contra Goliat.

El hecho de que el conflicto, claramente geopolítico y vinculado al sistema de poder de la Guerra Fría, se haya alargado hasta ahora y parezca en vías de solución no quiere decir que esté resuelto. La sociedad cubana, la de la isla y la expulsada, el oficial y la disidente, no está ni mucho menos en paz consigo misma. Y aún peor: corre el grave peligro de que, a cambio de más apertura económico-comercial con EEUU, la oligarquía de partido único siga negando a los cubanos el derecho a tener derechos. De hecho, ya se cumplen 50 años que domina la isla.

Para los Estados Unidos, Cuba era un problema de geopolítica, poco más que una fuente de votos para el partido republicano en Florida, a pesar de que Obama se haya impuesto. Pero para la UE, que es Cuba? Evidentemente para España, Cuba es un lugar especial, pero no para el resto de los estados europeos. ¿Qué debería seguir motivando, pues, la acción de la UE en Cuba? La respuesta es clara: la lucha por un mundo donde las libertades sean respetadas, donde la pluralidad política sea un hecho que no comporte la cárcel. Y, precisamente, estos aspectos que fundamentan la posición europea sobre Cuba se mueven, desgraciadamente, poco a poco en la isla.

Oswaldo Payá recibió el Premio Sajarov a la libertad de conciencia del Parlamento Europeo para reclamar el derecho a tener derechos de todos los cubanos. Otros cubanos creyeron -y todavía lo hacen- que no es necesario. Mientras esto no cambie, Obama podrá hacer y deshacer, pero la UE tiene una obligación superior a la de los intercambios comerciales: promover la reconciliación -el interior y el exilio- y garantizar que, de una vez, los derechos sean, sin excepciones, para todas las cubanas y para todos los cubanos, piensen lo que piensen, crean lo que crean, vengan de donde vengan.

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