miércoles, 23 de agosto de 2017 15:59
Opinión

Marruecos ya no es un Protectorado

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Los nos consideramos españoles andamos estos días un tanto alterados y doloridos por las dos trágicas muertes en el Atlas marroquí de dos conciudadanos en circunstancias desgraciadas, de las que lo único que hemos podido extraer, especialmente de un sindicato policial, que los fallecimientos se debieron fundamentalmente a la mala gestión del rescate por parte de las autoridades marroquíes, algo que habrá que demostrar en las próximas semanas, pero que los compañeros del policía se han encargado de airear, mientras que el colegio de abogados del otro accidentado no ha dicho ni pío sobre el tema.

Los nos consideramos españoles andamos estos días un tanto alterados y doloridos por las dos trágicas muertes en el Atlas marroquí de dos conciudadanos en circunstancias desgraciadas, de las que lo único que hemos podido extraer, especialmente de un sindicato policial, que los fallecimientos se debieron fundamentalmente a la mala gestión del rescate por parte de las autoridades marroquíes, algo que habrá que demostrar en las próximas semanas, pero que los compañeros del policía se han encargado de airear, mientras que el colegio de abogados del otro accidentado no ha dicho ni pío sobre el tema.

Da la impresión, al leer los comentarios difundidos generosamente, de que en el subconsciente de los mas críticos subyace todavía la creencia de que Marruecos sigue siendo aquel Protectorado francés y español que tanto gustaba a los militares de los dos países y que, en el nuestro, incluso le sirvió al dictador Francisco Franco para ganar la guerra civil. Y eso ya no es así, por la sencilla razón de que nuestros vecinos del sur son un país independiente que podrán tener todas las carencias en seguridad que a nosotros, al parecer, nos sobran, pero que dispone de total libertad para decidir sobre su soberanía lo que más le convenga, sinque nada ni nadie pueda impedírselo.

Es cierto que cuando pasa una desgracia tan grave como la que ha ocurrido, echamos a veces de menos no ser un estado con más presencia internacional, capaz de influir decisivamente en detalles como el que impidió conseguir la autorización oficial para que una cordada de "aparentes turistas" ayudara a sus compatriotas y amigos, pero de eso a que le digamos a Marruecos lo que ha de hacer o decidir en su propio territorio, hay un largo trecho de prepotencia más propia de una actitud colonial que del mínimo criterio exigible de pragmatismo a unos profesionales policiales que tienen la obligación de abordar la desgracia que todos lamentamos especialmente por sus familias, con mayor prudencia.


Me contaba en los días de los sucesos la fisio que me cura mi maltrecha espalda cuando viajo al Sur que en su pueblo, de unos tres mil habitantes donde no hay prácticamente paro, que por las calles se pasean tres marroquíes, teléfonos en mano, que según sospechan los vecinos detallan a otros colegas de otra población de la zona los lugares que deben por la noche desvalijar, para luego repartirse las ganancias, sembrando asi la indignación y el temor entre la gente que se pregunta qué hace nuestra policía por evitar semejante atropello, especialmente en un lugar en el que el gobierno municipal lo preside una alcaldesa del Partido Popular, que se supone, tiene "mas mano" con el Ministerio del Interior. No supe que responder porque también, un día antes, había leído en un diario de la zona que en los últimos años, ese mismo Ministerio había quitado a la provincia más de un centenar de guardias civiles, con todo lo que les había caído encima en número pateras e inmigración ilegal. Naturalmente, al lado de la noticia de marras, no se encontraba ninguna reivindicación dura y más que justificada del sindicato protestando por este ataque injustificado a la soberanía de los ciudadanos que es la que a mí me gusta defender. Tampoco vi a los policías municipales detener a los causantes de tantos robos.


Por eso, por mucho que me duela, lo otro, lo de culpar a los marroquíes por ser capaces de no hacer bien su trabajo en su país, es suponer que todavía estamos en el pasado y que en nuestra casa común nunca se pone el sol, como pasaba en tiempos del glorioso Imperio. Toca pues, como hicieron los de la generación del 98, bajarse ya definitivamente del burro y no injuriar a nadie y sí, en cambio procurar que las familias de los fallecidos superen su dolor y que todos seamos conscientes de que en los deportes de riesgo nada es lo que parece, y que la seguridad siempre es insuficiente por muy adelantado sea el país al que se viaje a practicarlos.

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