jueves, 24 de agosto de 2017 05:16
Opinión

Merluza

Rubén Olveira
Rubén Olveira

Desde hace más de tres siglos, en la noche de San José, se queman las Fallas de Valencia. Arden sin compasión, por toda la ciudad, cientos y cientos de muñecos de cartón y madera, los ninots, porque más de trescientas son las fallas. Cada una de ellas tiene su casal, sede en donde se reúnen los falleros, en su afán por levantarlas. Esta fiesta va siempre acompañada del estallido de toda clase de cohetes y de fuegos artificiales. Es que los habitantes de estos lugares son tan afectos a la pirotecnia, que hasta las procesiones religiosas las celebran al fragor de los petardos.

Desde hace más de tres siglos, en la noche de San José, se queman las Fallas de Valencia. Arden sin compasión, por toda la ciudad, cientos y cientos de muñecos de cartón y madera, los ninots, porque más de trescientas son las fallas. Cada una de ellas tiene su casal, sede en donde se reúnen los falleros, en su afán por levantarlas. Esta fiesta va siempre acompañada del estallido de toda clase de cohetes y de fuegos artificiales. Es que los habitantes de estos lugares son tan afectos a la pirotecnia, que hasta las procesiones religiosas las celebran al fragor de los petardos.


Una noche de sábado, allá por los setenta, unos amigos míos, miembros de un casal fallero en Burjasot, me llevaron a su local. Los asistentes estaban jugando al truc, competición de cartas valenciana. Como nunca aprendí a jugar a este ingenioso juego, tuve que permanecer observando a los demás a un lado de la mesa. Me ofrecieron coñac y acepté. Y no teniendo otra cosa más que hacer, dejé que me llenaran una y otra vez la copa. Yo no había echado nada sólido en el buche desde el mediodía, así que mis cosas fueron a peor, y cuando llegó el momento de marchar, no me podía tener en pie. Riéndose, con ligereza, de mi colocón, mis amigotes me metieron en uno de los coches y me transportaron a mi domicilio. Recuerdo que al llegar subí los escalones del rellano a gatas. Pero a pesar de la merluza que llevaba, tenía plena conciencia de mi deplorable estado. Entonces, rogué a la suerte que me ayudara a desplazarme sin hacer ruido y sobre todo a que no me dejara lanzar lo que había ingerido en aquel antro. Si no, al día siguiente, hubiera tenido que aguantar los justos reproches y la mala cara de la dueña. No sé cómo logré abrir la puerta de la casa, ni tampoco la de mi cuarto. En cambio, sé que al tenderme vestido sobre la cama, ésta comenzó a girar a velocidad de vértigo. Entonces, me aferré a los tirantes de la misma. La fuerza centrífuga pugnaba por arrojarme lejos del lecho. Pero yo pude más que ella, y en una de tantas vueltas me quedé dormido. Ya avanzada la mañana del domingo, me desperté y observé con gran satisfacción que todo estaba en orden, y que lo que tanto había temido la noche anterior, afortunadamente, no había ocurrido. Eso sí, cada ruidito, por insignificante que fuera, se transformaba, en mi dañada cabeza, en el estallido de un petardo colosal. No podía negar que estaba en Valencia. Después, leyendo la etiqueta de aquel coñac, cuya botella me había llevado sin querer del casal, me enteré de que ese brandy había sido criado en barrica de roble, y noble era la madre que lo había originado.

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