martes, 17 de octubre de 2017 00:11
Opinión

Un conflicto inútil

Oscar Hernández Bernalette
Oscar Hernández Bernalette

Lo ideal sería que las relaciones de Venezuela con los Estados Unidos gravitaran en el mutuo respeto, de cooperación, de intercambios comerciales predecibles, y en donde la base de las relaciones fuese la tolerancia, de reconocimiento a los pueblos que democráticamente eligen a sus gobernantes, sean estos blancos, negros, indios, de derecha de izquierda.

Lo ideal sería que las relaciones de Venezuela con los Estados Unidos gravitaran en el mutuo respeto, de cooperación, de intercambios comerciales predecibles, y en donde la base de las relaciones fuese la tolerancia, de reconocimiento a los pueblos que democráticamente eligen a sus gobernantes, sean estos blancos, negros, indios, de derecha de izquierda.

Cuando un gobierno no se siente cómodo con el modelo político de otro, con los rasgos de su liderazgo o su política de alianzas, simplemente aplica la joya de la corona de la diplomacia, la fría reciprocidad. En otras palabras, si recibo, doy, y sino me conviene no me relaciono mas allá de las formalidades. En el caso de Venezuela hemos practicado esos criterios. Bajo la doctrina Betancourt no teníamos relaciones con dictaduras latinoamericanas, mantuvimos relaciones frías con el bloque socialista y hemos suspendido relaciones cuando ello ha sido necesario. Hemos usado un arco iris de opciones sin ofender y sin aceptar ser ofendidos.

Entre los gobiernos de Estados Unidos y Venezuela no debería continuar la beligerancia. Son demasiados años de agresión verbal y acciones irritantes. Desde aquel desplante de no recibir la ayuda de Estados Unidos, cuando el deslave de Vargas, se abrieron las alarmas de que lo que venia era discordia entre los dos países. Así ha sido.

En un escenario de lógica diplomática estos socios comerciales estarían en los mejores términos. Dos países que luchan con sinceridad contra la corrupción, el narcotráfico y el respeto de los derechos humanos se complementarían. Sin embargo, este no es el caso. En una Venezuela con poderes independientes nadie desde el exterior tendría que recordar quienes son los violadores de DH pues ya habrían sido imputados. Ningún funcionario público debería de salirse con la suya depositando dineros mal habidos en bancos extranjeros. Por ejemplo, en un estado de cooperación se trabajaría entre otros sobre las denuncias del Banco de Andorra.

Sin duda en estos años se le ha dado paso a la pasión inútil y se marginó la diplomacia.

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