miércoles, 13 de diciembre de 2017 19:52
Opinión

Joanna

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Mi mujer trabajadora cumple hoy sus primeros diez años de vida. Si todo va bien, le espera todo un mundo al final de su formación como persona. Me dirán ustedes que me paso al considerar que a una niña de su edad se la pueda considerar en edad de trabajar. Pero a mí me parece que quien dedica tanto tiempo a su educación cada dia se merece, no solo como tantos niños y niñas de sus edad nuestro respeto, sino sobre todo nuestra admiración por tanto esfuerzo y entusiasmo.

Mi mujer trabajadora cumple hoy sus primeros diez años de vida. Si todo va bien, le espera todo un mundo al final de su formación como persona. Me dirán ustedes que me paso al considerar que a una niña de su edad se la pueda considerar en edad de trabajar. Pero a mí me parece que quien dedica tanto tiempo a su educación cada dia se merece, no solo como tantos niños y niñas de sus edad nuestro respeto, sino sobre todo nuestra admiración por tanto esfuerzo y entusiasmo.

Joanna, mi ídolo, comienza su jornada a las siete de la mañana. Pone su despertador y se levanta sola o en compañia de su gata Lucy, quien tira de habilidad felina para colarse en su habitación por la noche y despertarla si el artilugio horario se encalla. Se asea y, tras desayunar, tiene tiempo de prepararle a su madre un bocadillo parecido al suyo, para que pueda llevárselo al trabajo. De casa, al cole, al que llega cuando son escasamente las 8 y media de la mañana. Educada para ser ciudadana de un mundo sin fronteras ni barreras, recibe su enseñanza muy británica en inglés, español y catalán, siendo la lengua de Bacon su primer idioma. Cuando sale a las cinco de la tarde, dedica su tiempo, tres días a la semana, a estudiar música en el Conservatorio del Liceo, donde le enseñan solfeo, piano y canto coral para que pueda desarrollar su imaginación y su creatividad en un universo que le apasiona desde que nació. Los otros dos días laborales, los dedica a jugar al beisbol, donde intenta batear y, sobre todo, sentar el precedente de que las mujeres también pueden jugar a un deporte que, como el fútbol, la sociedad dice que sólo es para los hombres, en un país que, además, lo considera casi minoritario.

Como además es una entusiasta de la familia, acompaña a su abuela el sábado a comprar las cosas de casa de forma activa en el mercado municipal. De esta manera, ha aprendido a regatear buscando los mejores precios e incluso de vuelta a casa hace sus pinitos en la cocina, porque siente una irrefrenable pasión por los experimentos culinarios. Hace deporte con su padre y, por supuesto, juega los partidos que le toquen en la competición beisbolera durante ese mismo sábado o el domingo. Cuando puede, también se mete en el taller de su abuelo para bricolear usando o ayudando con las herramientas que conoce casi en su totalidad. Ve sus películas favoritas en su tele con DVD, y se le dan la oportunidad, que se la dan, se va al cine con su madre a disfrutar de los estrenos de la semana. Por supuesto, hace sus deberes y lee los tebeos que caen en sus manos en cualquiera de los idiomas que le enseñan en el cole. Juega como cualquier niña de su edad con sus amigos y tiene un vocabulario muy por encima del nivel medio.

Con semejante bagaje, su hoja de ruta semanal es prácticamente inasumible para cualquiera de nosotros, porque acabaríamos reventados. Es una nueva generación de mujeres, que ojalá cojan el mundo con sus manos para poder cambiarlo y, sobre todo, para evitar que camine a su autodestrucción. Si lo consiguen, estamos salvados. Si lo impedimos, es que no tenemos remedio y nos merecemos desaparecer como especie. Hoy es sobre todo su día y pienso celebrarlo con una tarta de cumpleaños enorme que compartiré con ella, que forma parte de las cuatro generaciones vivas de las mujeres de mi familia que tan felices me hacen la vida diaria y tan bien me aconsejan. ¡Brindo por ellas y, sobre todo, por todas las mujeres que hoy sobreviven en un mundo tan injusto y desigual!

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