miércoles, 13 de diciembre de 2017 00:50
Opinión

CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR II

Javier Barranco Saiz
Javier Barranco Saiz

Continuando con la breve historia del Estado del Bienestar, nos encontramos con que la crisis económica implica una crisis institucional que, además de decepcionar a la ciudadanía, le hace ver una realidad inasumible hasta entonces: que el Estado deja de ser el garante solícito y gratuito de todos los servicios sociales, hasta el momento proporcionados por él.

Continuando con la breve historia del Estado del Bienestar, nos encontramos con que la crisis económica implica una crisis institucional que, además de decepcionar a la ciudadanía, le hace ver una realidad inasumible hasta entonces: que el Estado deja de ser el garante solícito y gratuito de todos los servicios sociales, hasta el momento proporcionados por él.

En esta nueva concepción, el Estado ya no va a ser el proveedor único de recursos para fines sociales, sino que las empresas deberán aportar fondos para este fin, siendo una serie de organizaciones privadas, lucrativas o no, las que se ocupen de administrarlos.

A esta limitación presupuestaria de los Estados debe añadirse la pérdida de su capacidad de actuación territorial como consecuencia de una serie de factores supranacionales originados por la globalización de la Economía.

Por otro lado, se produce un incremento en el grado de sensibilidad de los ciudadanos hacia los temas relacionados con la solidaridad hacia los más desfavorecidos, por lo que aumentan en número e influencia las Entidades no Lucrativas privadas que ocupan, con gran eficacia, los espacios que los Estados abandonan.

Estas entidades necesitan recursos para desarrollar su actividad; recursos que van a provenir de sus propios asociados y simpatizantes, de las Administraciones Públicas que, en ocasiones, les remuneran por gestionar los servicios sociales y de las empresas.

Estas últimas detectan un nuevo ámbito que puede beneficiar muy positivamente a su imagen pública, a su reputación, ante un mercado y unos inversores que han cambiado sus valores como consecuencia de las recientes crisis y escándalos económicos, y se suben al tren de la solidaridad.

Empiezan a considerar, como un componente importante de su estrategia empresarial, todo lo relacionado con el desarrollo de la Sociedad, el patrocinio de actos culturales y deportivos, el apoyo a las personas discapacitadas o desfavorecidas por otras causas y todo aquello que les permita presentarse ante su comunidad como un "ciudadano corporativo".

Nace así el Marketing Social Corporativo, la Acción Social Empresarial, los Mecenazgos y Patrocinios, o la denominada, como exponente máximo y recopilador de la Ética Empresarial, Responsabilidad Social Corporativa a la que, últimamente y de forma un tanto significativa, se le está eliminando el apellido de Social para dejarla simplemente como Responsabilidad Empresarial.

Se puede resumir, para finalizar, que el actual panorama del Mercado Social está constituido por los siguientes componentes:
- Las Administraciones Públicas que reducen al mínimo sus prestaciones sociales, prefiriendo "subcontratar" con instituciones privadas, que son especialistas en trabajar con determinados colectivos, la gestión de los servicios.


- Unos ciudadanos desencantados con las Instituciones Públicas, que son cada vez más solidarios y que se integran y apoyan con su dinero o su tiempo disponible a las ONGs.

- Un Tercer Sector constituido por estas Entidades No Lucrativas, más prestigiado y potente que en el pasado, y que se convierte en el protagonista de la gestión social.


- Unas empresas que, presionadas por sus clientes e inversores, desean asociar su imagen corporativa a actividades o a entidades solidarias aportando recursos y experiencia en la gestión.


En este nuevo panorama tiene especial significado lo expresado, en su día, por el profesor Peces Barba en "Humanismo y Solidaridad Social": "La caridad producía beneficencia y la solidaridad produce servicios sociales".

No obstante, hay que ser realistas y llegar a la conclusión de que, al igual que está sucediendo con la mayor parte de los paradigmas sociales y económicos cuya transformación, después de la crisis que acontece, será significativa, el concepto de Estado de Bienestar que hemos conocido pasará, para desgracia, principalmente, de los colectivos más desfavorecidos, a ser un recuerdo que, con el paso del tiempo, las nuevas generaciones calificarán de utópica ilusión.

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