lunes, 23 de octubre de 2017 13:45
Opinión

SYRIZA Y LA EUROPEIZACIÓN

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

No por esperada ha sido menos oportuna. Se aventuraba que la victoria electoral de los 'radicales' izquierdistas de Syriza sería un desastre para la Europa y, muy especialmente, para su unión económica y monetaria (UEM). Apenas transcurridas unas horas se afinan las observaciones y no pocos comentarios mediáticos aminoran los augurios catastrofistas.

No por esperada ha sido menos oportuna. Se aventuraba que la victoria electoral de los 'radicales' izquierdistas de Syriza sería un desastre para la Europa y, muy especialmente, para su unión económica y monetaria (UEM). Apenas transcurridas unas horas se afinan las observaciones y no pocos comentarios mediáticos aminoran los augurios catastrofistas.

Ciertamente, cabe una interpretación menos desesperanzada sobre las desventuras futuras del euro y del proyecto político europeo, como consecuencia del grito de rechazo a la austeridad permanente expresado por los electores griegos. En realidad, los efectos del éxito de Syriza bien podrían contribuir a hacer posible la aspiración --recogida en el propio preámbulo del constitutivo Tratado de Roma de 1957-- en pos de "una unión sin cesar más estrecha entre los países europeos". A tal aspiración se refiere el propio concepto de Europeización. Si bien éste adolece de precisión normativa, además de ser polisémico y sujeto a diversas acepciones, su naturaleza dinámica apunta inexorablemente a una erosión de la soberanía individualizada de los Estados miembros de la Unión Europea y al gradual desarrollo de instituciones y políticas comunes continentales.

Una lectura lineal de los resultados electorales griegos indicaría una reafirmación de los intereses particularistas griegos vis-à-vis las necesidades comunes europeas. Empero, sus efectos pueden contribuir a reforzar el entendimiento de Europa como una casa común y a defender, por encima de cualquier otra consideración, el Modelo Social Europeo (MSE) en pugna dramática por sobrevivir ante el empuje articulado por la remercantilización individualista anglo-norteamericana y el emergente neoesclavismo asiático.

El primero de tales modelos alternativos proclama una creencia en los mercados competitivos reforzados por el comercio global y la movilidad irrestricta de capitales. Ello implica una limitación de lo público y la remercantilización de sus servicios, así como una individualización de los riesgos sociales. El mantra neoliberal insiste en que lo público es el problema y el mercado es la solución. El segundo modelo propugna un uso y abuso del dumping económico y social como recurso extra para el crecimiento económico. Más que a la propiedad física de las personas, el patrón desarrollista del neoesclavismo se refiere a la capacidad de controlarlas como artefactos para generar beneficios materiales.

No se le escapa al lector la percepción de que los resultados de las elecciones griegas atañe no sólo a las relaciones internas europeas sino al conjunto del (des) orden económico global. Respecto a este último se observa la aplicación de criterios divergentes en las transacciones financieras internacionales, a menudo influidos por las opiniones de las agencias de calificación de riesgo. Sus dictámenes suelen ser actos reflejos de la 'lógica' de los grandes centros financieros de Wall St. y la City londinense. Ante el posible impago de la deuda griega, por ejemplo, se vaticina la desaparición del euro, moneda incómoda para las plazas financieras antedichas, y en especial para el dólar estadounidense y la libra esterlina, componentes también junto al yen japonés de la 'cesta de monedas' para los derechos especiales de giro establecidos por el FMI.

Lo anterior no debe hacernos confundir respecto a las actuaciones de aquellos gobiernos responsables del mal estado de sus cuentas, como ha sido el caso de los griegos en el tránsito al tercer milenio. Ocultación de datos y manipulación de las cuentas nacionales constituyeron desaguisados que otros gobiernos europeos no han podido --justamente-- aceptar sin más. Según el 'dogma alemán' alimentado por algunos prestigiosos analistas, los países PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España), deberían adoptar su diagnóstico haciendo bajar los salarios y procurando mayor competitividad a sus economías. La oculta justificación moral de tales observaciones --es decir lo que no se confiesa abiertamente-- es que los mediterráneos deben de penar por sus pecados dispendiosos (nótese la sinonimia en el credo cristiano entre 'deuda' y 'pecado', Evangelio de San Mateo 6:12). Sin embargo, los propios alemanes occidentales no aplicaron el mismo Diktat a sus hermanos de la RDA cuando en 1990 decidieron comprar sus marcos sin valor y reconstruir prácticamente desde cero un país que había cometido el 'pecado mortal' del comunismo anticapitalista. El rescate pagado desde 1989 por integrar a la economía de un país de apenas 17 millones de habitantes le ha costado a la nueva Alemania tres trillones de euros (millones de millones), una cantidad equivalente a la suma de la deuda pública soberana de los países PIGS (España, Grecia, Italia y Portugal).

Las cifras son ilustrativas e inapelables en su magnitud: la deuda pública soberana griega alcanza ya el 175 por ciento de su PIB. Parece difícil que el país heleno pudiera repagarla en base a su riqueza nacional y sus posibilidades de crecimiento económico. No basta que sus esfuerzos hayan posibilitado desde 2008 rebajar a la mitad el tipo de interés de su deuda. Además de los enormes costes sociales que tales operaciones de saneamiento financiero han conllevado para su ciudadanía, Grecia necesita de la solidaridad de los países hermanos europeos. Una solidaridad directa y pragmática como la que diligentemente realizó el gobierno británico y su central Bank of England para evitar el descalabro de la economía de Escocia (un país con la mitad de la población de Grecia). El Tesoro británico, tras el crack de 2007, inyecto la cantidad de 300 millardos de libras esterlinas como capitales y garantías de rescate bancario, equivalentes en 2012 a toda la deuda soberana helena.

En la Unión Europea, los precedentes de conductas solidarias bancarias no inducen al optimismo. Recuérdese que en mayo de 2010, y a fin de que el Fondo Monetario Internacional procediese a facilitar a Grecia el mayor paquete de préstamos de su historia, Alemania, Francia y Holanda se comprometieron a que sus bancos no se desharían de deuda helena. Al poco de aprobarse el plan de ayuda para una Grecia en bancarrota, las entidades financieras de sus tres socios europeos corrieron para deshacerse de los títulos de deuda agravando aún más la crisis griega. Ahora los voraces y maximizadores bancos deberían haber aprendido la lección tras las últimas decisiones de las instituciones comunitarias y del Banco Central Europeo, las cuales se han encaminado a reforzar la arquitectura económica y monetaria europea. Y es que más allá de los avances en la consolidación fiscal y la aplicación de reformas estructurales, la solidaridad entre los europeos es la condición necesaria y suficiente para estrechar la unión política. La europeización y nuestro común modelo civilizatorio están en juego.

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