sábado, 16 de diciembre de 2017 04:34
Opinión

Charlie Hebdo, libre expresión y sentido común

Antonio Carlos Pereira Menaut
Antonio Carlos Pereira Menaut

Prof. de Derecho Constitucional, USC

Con razón decía Alvaro d'Ors ?de cuyo nacimiento celebraremos el centenario este año?, que vivimos en una época de vulgarismo jurídico. Y eso se traduce en que se pierden los matices jurídicos: o ley, o nada; o derecho subjetivo, o nada, y así sucesivamente. Las primeras víctimas son el sentido común, la razonabilidad y la proporcionalidad, pues aunque éstas de momento son admitidas, e incluso ensalzadas, lo son con un formalismo mecánico que las seca.

Con razón decía Alvaro d'Ors ?de cuyo nacimiento celebraremos el centenario este año?, que vivimos en una época de vulgarismo jurídico. Y eso se traduce en que se pierden los matices jurídicos: o ley, o nada; o derecho subjetivo, o nada, y así sucesivamente. Las primeras víctimas son el sentido común, la razonabilidad y la proporcionalidad, pues aunque éstas de momento son admitidas, e incluso ensalzadas, lo son con un formalismo mecánico que las seca. La verdadera mentalidad jurídica es flexible, aprecia los distintos grises, y tiene mucho sentido de la equidad y de la proporción, que son sentidos de la realidad.

Con motivo del durísimo atentado a Charlie Hebdo se está debatiendo en Europa si el derecho de libre expresión incluye el derecho a insultar y provocar. Si literalmente es "a provocar", en el derecho español no lo veo fácil; baste recordar los arts. 18 y 20 de la Constitución; sin olvidar que, incluso en Estados Unidos, el juez Holmes dijo en 1919 que no se puede gritar "¡fuego!" en un teatro abarrotado ("Schenck v US"). Muchas voces en toda la UE defienden ahora que el derecho a provocar, ejercido por Charlie Hebdo y otros, está incluido en la importantísima libertad de expresión, y corren ríos de tinta por las amenazas a ella.

Personalmente, esas preocupaciones, aunque lógicas en estos momentos, me hacen recordar otra reciente combinación: histeria por el ébola y olvido de la tuberculosis, que sigue matando muchísima más gente. Pocas de las voces preocupadas por el supuesto derecho a provocar muestran una comparable preocupación por los muchos recortes que la libre expresión sufre en nuestros países a diario. Insultar a la policía ?cosa normal desde que el mundo es mundo, incluso bajo la dictadura Franquista?, podría ser sancionable con multas no mucho menores que algunos sueldos mensuales de hoy. No pocas restricciones a la libre expresión están echando raíces, como las diversas "fobias" (sin excluir la Islamofobia en el Reino Unido), la española apología del terrorismo y, en general, todo el "hate speech" y la corrección política; a todo lo cual ?lo que faltaba? viene a sumarse ahora el temor a expresarse por un teléfono móvil. A estas alturas los ejemplos son miles, pues varias de esas restricciones penetran ya en el sistema educativo y hasta en nuestro lenguaje, habiéndose convertido, indirectamente, en una especie de "thought policing" más eficiente que la "policía de las palabras" que se dice que proponía Confucio. En 2004, el pastor luterano Ake Green, por desaprobar en sus sermones la homosexualidad, aunque sin incitar a nada, fue condenado a un mes de cárcel bajo la ley sueca de "hate speech" (si bien él recurrió con éxito). Cualquier día nos prohibirán a los profesores criticar la unidad de España, la austeridad, o la Comisión Europea; o ?lo que es peor aun que el simple prohibir?, incluirán todo eso en el pack de la corrección política o del "hate speech" (p. ej., imagínense "incitar al odio al BCE, al Six Pack, al MEDE, la Comisión y Angela Merkel bajo multa de X euros").

Tengamos sentido de la realidad. Con el desgraciado motivo de Charlie Hebdo estamos debatiendo si la libre expresión abarca hasta los terrenos más lejanos y discutibles, mientras se nos escapa en el día a día. Es como preguntarnos si existe el derecho a meter el dedo en el ojo, olvidando que hacemos agua en derechos mucho más relevantes para la vida real de una democracia constitucional. El ciudadano medio no pasa su tiempo estudiando "El Arte de Injuriar" de Borges para averiguar cómo golpear donde más duele a un colectivo religioso, pero puede que vaya a una manifestación contra la austeridad, o bien, en el fragor de los preferentistas defraudados, se le puede calentar la boca e insultar a la policía, que no hay duda de que en ese caso está sirviendo a una causa injusta.

Creo que tal vez haya que ir asumiendo que vivimos en una exdemocracia cada vez menos liberal y constitucional, y lo que está en juego no es tanto ese discutible derecho a provocar a una religión (que también lo está, sin duda), como la libre expresión cotidiana. (Nota: España no sería propiamente "ex", porque quien nunca ha completado la ida, no puede estar de vuelta).

COMENTAR


Más opinión
Opinadores
Pressdigital
redaccion@pressdigital.es
Powered by Bigpress
RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. EDITADO POR ORNA COMUNICACIÓN SL
Mapa Web Condiciones de uso Consejo editorial version mobil