lunes, 23 de octubre de 2017 07:59
Opinión

¿COMIENZA LO MALO CON LA DEFLACIÓN?

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Alude el título shakesperiano de la última novela de Javier Marías ('Así empieza lo malo') a la constatación de que lo peor puede haberse superado en una situación que aún se considera desfavorable. Además, aunque semejante tránsito se evalúa favorablemente por comparación, no de ello puede colegirse que la nueva fase sea buena intrínsecamente.

Alude el título shakesperiano de la última novela de Javier Marías ('Así empieza lo malo') a la constatación de que lo peor puede haberse superado en una situación que aún se considera desfavorable. Además, aunque semejante tránsito se evalúa favorablemente por comparación, no de ello puede colegirse que la nueva fase sea buena intrínsecamente.

La alegoría viene a cuento de la crisis económica desatada globalmente a consecuencia de la licuación financiera iniciada el martes 'negro' del 27 de febrero de 2007, tras la quiebra de las hipotecas subprime estadounidenses y la fuerte caída de la bolsa de Nueva York. La grieta (crack) provocada por el hundimiento de las dos grandes entidades hipotecarias estadounidenses (Fannie Mae y Freddie Mac), fue consecuencia de una desregulación de las operaciones financieras en EEUU que indujo no solo a prácticas abusivas de los operadores sino a actuaciones palmariamente criminales de directivos financieros.

Recuérdese que muchos créditos subprime se titularizaron; es decir, se transformaron en valores susceptibles de ser negociados en mercados secundarios. Al pasarse las entidades unas a otras los riesgos inherentes de estas titulaciones 'infectadas', se contaminó todo el sistema financiero norteamericano y, por ende, mundial. El elevado riesgo de impago de los deudores de los activos fue el principal riesgo que ocultó la titulización (securitization). A fines de 2011, el Tesoro estadounidense había inyectado dinero público que se aproximaba a los 200.000 millones de dólares para cubrir los créditos de las hipotecarias semipúblicas Fannie Mae y Freddie Mac.

Los efectos más dramáticos del crack financiero de 2007 se reflejaron en la crisis del euro. Como segunda moneda más negociada internacionalmente tras el dólar estadounidense, el euro estuvo durante 2010-12 en trance de romperse por la especulación provocada tras las dificultades de las endeudadas economías de Irlanda, Portugal y Grecia, las cuales tuvieron que ser intervenidas, y el temor a un posible contagio que se extendiese a otros países como España, Italia, Bélgica o, incluso, Francia. Con la actuación persuasiva del Banco Central Europeo, el euro superó lo peor pero entró en una etapa donde lo 'malo' no ha desaparecido. En este contexto financiero, la decisión tomada el pasado 15 de enero por el Banco Nacional Suiza desvinculado el franco suizo del euro ilustra las dificultades de articular un modelo de ajuste no deflacionario.

Quizá las autoridades monetarias suizas tratan ahora de evitar efectos negativos para su economía tras haber mantenido un cambio mínimo entre el euro y el franco suizo, moneda refugio por excelencia de capitales especuladores y variopintas fortunas internacionales. Y es que la tradicional fortaleza del franco suizo ha sido perjudicial para la propia competitividad de la industria suiza. En el conjunto de la economía europea, y como apuntaba sagazmente el economista Paul Krugman en su artículo del New York Times (17.01.2015) la restricción monetaria bien podría derivar en un total dislate (utter folly).

Los lodos del ajuste draconiano perseguidos con las políticas de austeridad han traído unos barros inservibles para forjar el hormigón del nuevo ciclo económico en el presente (des) orden global. Así, la preocupación mayor en los tiempos que corren es cómo combatir las fuerzas de la deflación que amenazan con atenazar a la crisis no sólo en el Viejo Continente sino en Japón y, posiblemente, en China. Por paradójico que pueda parecer, y como a menudo sucede en la casuística de los eventos históricos, las experiencias del pasado pueden ofrecer lecciones para intentar superar una situación mala como la presente y poder alcanzar eventualmente la ansiada bondad económica futura.

La antigua civilización romana, referente civilizatorio del devenir posterior occidental, sufrió crisis capitalistas como la del crash de 1929 o del inacabado crack de 2007. Tráiganse a colación las circunstancias suscitadas en la época de los emperadores Augusto (63 a. C - 14 d. C.) y Tiberio (14 d. C ? 37 d. C.), según la crónica historiográfica de Tácito recreada contemporáneamente por el maestro de periodistas, Indro Montanelli, en su celebrada Storia di Roma (1957). Cuando el emperador Augusto volvió victorioso de Egipto acarreó consigo un inmenso tesoro que puso en circulación para reanimar un comercio languideciente. Tal abundancia de liquidez en los mercados estimuló el endeudamiento, la inflación y los precios se dispararon a unos niveles nunca vistos.

Con la llegada de Tiberio al poder se interrumpió drásticamente esa espiral y se actuó con políticas encaminadas a reabsorber la moneda circulante. Aquellos que se habían endeudado, persuadidos de que la inflación permanecería alta, se encontraron faltos de liquidez e intentaron retirar sus depósitos de los bancos, lo que generó un pánico generalizado. Muchos inmuebles y pequeñas propiedades, cargadas de deudas, no pudieron hacer frente a sus pagos y se pusieron a la venta haciendo florecer a los usureros. Los precios se derrumbaron terriblemente y el Imperio entró en una situación agónica. Al final Tiberio cedió y, rindiéndose a la idea de que la deflación no es más sana que la inflación, puso a disposición de los bancos cien mil millones para que volviesen a ponerlos en circulación, y con la orden de prestarlos por tres años sin intereses. El resultado de este cambio de política fue la revitalización de la economía mediante la recuperación de un elemento económico frecuentemente orillado por los especialistas financieros: la confianza.

Es precisamente la recuperación del nivel de confianza de los consumidores el gran objetivo a conseguir para evitar caer en una situación de deflación. Expertos de diversas persuasiones políticas y asunciones epistemológicas concuerdan que la deflación bien podría acarrear en el futuro próximo un retorno desde lo malo a lo peor. El ejemplo del Japón, en una situación de parálisis desde hace varios lustros es un ejemplo paradigmático de 'malas prácticas' al respecto. En España, y por primera vez en su historia reciente, los precios han caído un 1 por ciento en 2014, dato que alimenta los negros presagios deflacionarios. De proseguir dicha tendencia en el conjunto de la Unión Europea, la coyuntura económica sólo podría empeorar. Resta comprobar si 'Super-Mario' Draghi decidirá actuar tan contundentemente como ya lo hizo en septiembre de 2012. En aquella ocasión sus declaraciones sirvieron por si solas para ahuyentar los efectos patológicos de la especulación contra el euro. Ahora se necesitarán algo más que palabras y, posiblemente, habrá que poner en marcha las rotativas impresoras de euros.

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