martes, 24 de octubre de 2017 11:41
Opinión

Próxima batalla, ¿la universidad?

Ermengol Gassiot
Ermengol Gassiot

Secretario General de CGT Catalunya

Lo expliqué en el aula de primero del grado. Las caras iniciales fueron de sorpresa porque estaba empezando la clase y no hablaba de la evolución humana, que es lo que decía el temario que tenía que tratar. En poco rato dejaron paso a indignación. Y no pude continuar la clase. Los ánimos de los estudiantes ya no estaban para oír hablar de homínidos africanos del Plioceno. Sus mentes se situaban mucho más cerca, en el tiempo y en la geografía.

Lo expliqué en el aula de primero del grado. Las caras iniciales fueron de sorpresa porque estaba empezando la clase y no hablaba de la evolución humana, que es lo que decía el temario que tenía que tratar. En poco rato dejaron paso a indignación. Y no pude continuar la clase. Los ánimos de los estudiantes ya no estaban para oír hablar de homínidos africanos del Plioceno. Sus mentes se situaban mucho más cerca, en el tiempo y en la geografía. Dos días más tarde, me encontré a casi todos a la charla que se realizó en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona para hablar de la Estrategia Universitaria 2015 y del próximo cambio de planes de estudio. Una especie de Bolonia 2.0.

El horizonte de la universidad pública se ha oscurecido. De hecho, ya hace años que es más bien negro, con los recortes que han expulsado una buena parte del profesorado joven, con un Plan Bolonia que se aprobó a porrazos y ahora se aplica sin ningún recurso, y con una privatización abierta y no escondida de la docencia y la investigación. Aunque parecía difícil, ahora es aún más oscuro el panorama. Esta semana la CGT en la UAB ha hecho público el contenido del decreto que ha preparado el ministro Wert y que pondrá en marcha un nuevo plan de estudios. Más allá de los grandes titulares, esta reforma devaluará los estudios de grado, más cortos y de carácter más generalista y trasladará la especialización en el máster, que pasará a durar un año más.

Con una matrícula entre un dos y tres veces más cara que la del grado, un año más de máster supondrá una auténtica barrera para que estudiantes de clases populares puedan completar sus estudios. En el mejor de los casos se les reservarán unos estudios generalistas y cortos. Y punto. Y todo ello contando con que se mantenga la actual programación de másters públicos, escenario que todos sabemos que es ciencia ficción. De hecho, durante los últimos años la oferta de másters oficiales o públicos no ha parado de disminuir, mientras que la de másters privados o propios ha aumentado de manera continuada. La mayoría de estos másters les ofrecen las mismas universidades ya menudo con el mismo profesorado. Sin embargo, los segundos pueden valer el doble, o el triple, o aún más. La matrícula de algunos másters privados de las universidades públicas cuesta más de 12.000 ? al año.

Se puede entender que a las universidades les interese tener másters privados. Y que a una parte del profesorado participar. Unos y otros reciben unos ingresos extra que complementan las aportaciones públicas y los salarios respectivamente. Las universidades encuentran fuentes alternativas de financiación en una época de recortes. Algunos profesores / as incrementan notoriamente sus sueldos. La víctima de todo es la educación. En primer lugar porque se impone y se normaliza una dualidad de actividades públicas y privadas, no siempre fáciles de discernir, bajo la apariencia de un servicio público. Su esquema es similar al de la sanidad en algunos puntos. En segundo lugar, de imponerse la propuesta del ministro, la educación universitaria será aún más prohibitiva para amplios sectores de la población, especialmente los estudios de especialización. En este sentido, nos acercaremos más al deseo que ya hace unos años una ex rectora de mi universidad verbalizó cuando, en una negociación sindical, se le escapó decir "yo lo que quiero son estudiantes como los de la Pompeu" mientras explicaba que la función social de la universidad tenía unos límites. Crudamente exponía que, para ella que nos hablaba como rectora, eran preferibles alumnos procedentes de familias del Eixample o Sant Gervasi que de Bahía o Barberá del Vallés. Todo una declaración política de aquellas que poca gente se atreve a plantear en público.

Si no lo evitamos, posiblemente el nuevo decreto del ministro Wert pasará sin pena ni gloria aunque sus efectos no. Los rectores universitarios conocen el contenido y rasgos generales la avalan. Y guardan silencio. Como el gobierno catalán, que también calla, como la oposición. La lección de la lucha contra el Plan Bolonia, del curso 2008-2009 aún dura. Enseñar las cartas demasiado pronto incrementa el riesgo de toparse con facultades cerradas, huelgas y protestas. La alternativa es mantener el silencio y la cortina de humo mientras, los mismos rectores, nos dan instrucciones a facultades y departamentos para que nos pongamos manos a la obra. Que empezamos a diseñar como reconvertir el grado y como definiremos la nueva oferta docente.

En el lado opuesto, nosotros tenemos que hacer lo contrario. Tenemos que abrir puertas y ventanas e iluminar el escenario donde se decide el futuro de una parte de la educación pública, la universitaria, y la investigación. Que se hable. Que todo el mundo conozca que pretenden y que nos jugamos. Que el debate es entre una educación como negocio y una educación al servicio de la mayoría de la población.

Y, una vez hecho esto, tendremos que presentar batalla. No sólo en las aulas. Habrá que salir a la calle. Tendremos que buscar las complicidades para que no sólo lo hacemos los y las universitarias, ya que la lucha por la educación es una lucha por el futuro. Y, ya puestos, podemos aprovechar para aprender de algunos errores del pasado y no limitarnos a defender lo que hay ahora. La universidad pública, tal y como es, no nos gusta. Puestos a tener que entrar en conflicto, nosotros optaremos por ir más allá de su defensa y aspiraremos a cambiarla.

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