lunes, 18 de diciembre de 2017 15:52
Opinión

¿SOMOS TODOS IGUALES?

Rubén Olveira
Rubén Olveira

Oigo afirmar a algunos vecinos de mi barrio que si los políticos de los nuevos pequeños partidos ocuparan lugares en los medios gubernamentales, actuarían con la misma deshonestidad con que lo hacen muchos de los que hoy ocupan cargos estatales.

Oigo afirmar a algunos vecinos de mi barrio que si los políticos de los nuevos pequeños partidos ocuparan lugares en los medios gubernamentales, actuarían con la misma deshonestidad con que lo hacen muchos de los que hoy ocupan cargos estatales. Y me llama poderosamente la atención porque yo vivo en un barrio del extrarradio barcelonés en el que la mayoría de sus habitantes provienen de aquella clase obrera inmigrante de los años sesenta que cuando las encarnizadas luchas sindicales eran verdaderas y sus dirigentes no eran liberados, creyeron en su propio poderío y en un tiempo mejor que sin duda vendría, aunque los riesgos que corrían eran enormes al enfrentarse a las fuerzas de choque de aquella policía siempre a disposición de los patronos y de la dictadura.

Fueron épocas de serios conflictos en donde se destacaron personajes como un jesuita llamado Juan Nepomuceno García Nieto, en el Bajo Llobregat, entre otros dirigentes que ayudaron a guiar a un movimiento obrero con poca experiencia pero valiente a la hora de luchar.

Algunos de estos vecinos opinan que si las nuevas agrupaciones tuvieran oportunidad de alcanzar los cargos ocupados hoy por la casta política, sus miembros prevaricarían igual que muchos integrantes de ella, se aprovecharían también de fondos públicos y ejercerían el nepotismo, porque lo nuevos candidatos también tienen hermanos, primos, amigos, y tal vez, amiguitas y amiguitos.

El descrédito ganado por los actuales políticos, que cada día son noticia por haber presuntamente delinquido aprovechándose de sus cargos, es tan grande que algunas de estas personas que en otro tiempo creyeron en las luchas de su clase y participaron activamente en ellas no confían en la honestidad de ninguno de ellos, ni siquiera en los componentes de las nuevas formaciones, aunque la mayoría de estos candidatos no hayan pisado nunca un hemiciclo o cualquier otro lugar desde el que se gobierna. Igual que al soldadito de la mili se le presumía el valor, a estos postulantes sin estrenar se les presume la capacidad de delinquir.

Cuando una sociedad llega al convencimiento de que todos haríamos lo mismo si nos lo permitiera la ocasión, difícil lo tiene para volver a confiar y salir adelante.

Y lo que no se puede dejar de reconocer es que la desconfianza que una parte importante del pueblo siente hacia la clase política no es gratuita. Ese sentimiento de rechazo ha sido ganado día a día, paso a paso, por unos señores que desde sus puestos de gobierno han confundido el erario público con el suyo propio.

Por eso, lo que de ninguna manera se debe hacer es permitir que se crea que todo el mundo es igual, porque si esto fuera así, apaguemos y vayámonos. No debemos creerlo, aunque ya haya formaciones pequeñas que siempre se han arrimado al poder y otras mayoritarias, que aprovechando el tirón de nuevas formaciones, dejen caer que a lo mejor pactarían con ellas. Esta posibilidad a mí me resulta indignante, porque donde se meta cualquiera de estos desgastados grupos, llenarían -como hasta ahora- de basura todo lo que hoy todavía se nos muestra limpio, sin demagogia ni corrupción.

Sin duda, este tiempo que nos toca vivir es políticamente peligroso. Una hora en la que cualquier salvapatria puede utilizar la falta de fe en el sistema para encumbrarse y, con ánimo populista, intentar vendernos su moto.

Motos con banderitas; motos con heroicos pasados apócrifos, motos con culpables inventados para crear un enemigo común y echarle la culpa de todo; motos para distraernos y tirar la pelota fuera del campo. Y si no, que los lectores tomen nota de la actual intención de voto mayoritaria de nuestros desorientados vecinos gabachos. Intención que nos hace recordar con temor y desesperanza el devenir político de muchos pueblos europeos que en los prolegómenos de la segunda guerra mundial, debido al descrédito de sus mandatarios, apostaron por el fascismo como única salvación.

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