sábado, 21 de octubre de 2017 08:59
Opinión

La peor crisis de España es su gobierno

Joan Mena
Joan Mena

De las tres crisis que recorren en estos momentos España (socioeconómica, territorial y democrática) hay un nexo común que las alimenta, las engorda y está a punto de convertirse en estructurales: el gobierno del PP. Es un gobierno que fomenta las desigualdades con sus políticas sociales y económicas, que agrava el agotamiento territorial y del modelo de estado con su ansia recentralizadora y que entiende las instituciones como una mera palanca para defender los intereses económicos suyos y de sus amigos, cuando no el enriquecimiento ilegal.

De las tres crisis que recorren en estos momentos España (socioeconómica, territorial y democrática) hay un nexo común que las alimenta, las engorda y está a punto de convertirse en estructurales: el gobierno del PP. Es un gobierno que fomenta las desigualdades con sus políticas sociales y económicas, que agrava el agotamiento territorial y del modelo de estado con su ansia recentralizadora y que entiende las instituciones como una mera palanca para defender los intereses económicos suyos y de sus amigos, cuando no el enriquecimiento ilegal.


La crisis socioeconómica que recorre la Europa neoliberal, pero que tiene unas afectaciones especiales en España, se agravó e institucionalizar con la modificación del artículo 135 de la Constitución, pactada de espaldas al pueblo por el bipartidismo decrépito que representan PP y PSOE. Una modificación que nos hace ser un pueblo esclavo de los intereses de la banca, arrodillado ante los poderes económicos y subsidiario de la deuda y illegítima. El gobierno de Mariano Rajoy es responsable, por sus decisiones políticas, de cómo la crisis socioeconómica se está cebando con las clases populares de España. En cuanto a la crisis territorial, el gobierno del PP también es el pirómano que tirando cada vez más gasolina al fuego para que no se apague la llama. En vez de salir del agotamiento del modelo de estado del 78 cediendo la palabra a quien es legítimo propietario de la soberanía, el pueblo, el PP (y con el PSOE como comparsa seguidista necesaria) se enreda en un magma de impugnaciones, inconstitucionalidades y otros subterfugios jurídicos con el único objetivo de disfrazar lo que es la voluntad política de limitar la soberanía popular.


¿Y qué decir de la crisis democrática que también recorre España como un fantasma? La corrupción estructural del sistema bipartidista evidencia, un día tras otro, como la putrefacción recorre las venas del PP como un virus que ya se ha convertido en la pandemia que presumíamos dentro del partido de gobierno. El de Mariano Rajoy es un partido salpicado de corrupción hasta las cejas: Gürtel, Bárcenas, Palma Arena, Oporto, Rasputín o la reciente Operación Púnica no son más que síntomas de este modus operandi. En el marco de esta misma operación Púnica, que recorre uno de los núcleos de poder más ligados históricamente al PP como es el municipalismo madrileño, ya se han arrestado 38 personas, y 14 han sido imputadas por delitos de corrupción. Y mientras esto ocurre, lo único que se le ocurre al presidente Rajoy es pedir perdón desde el senado, la cámara territorial que blinda la mayoría absolutísima del PP. No lo tendrá, nuestro perdón. La corrupción no se debe perdonar, hay que perseguir, se castigará y se debe legislar para erradicarla de nuestra vida pública. No hacer esto es ser cómplice necesario. Y Rajoy no actuará de esta manera porque está paralizado por el miedo a que Bárcenas, Acebes o Francisco Granados tiren de la manta y evidencien quién es la X de la corrupción en can PP.


En este escenario, lo que hay es construir un frente de izquierdas y democrático al conjunto del estado que expulse al PP de todos los gobiernos, que derribe definitivamente el bipartidismo monárquico, que trabaje políticamente para concretar la ruptura democrática cada vez más necesaria y que se construya en torno a los pilares de la regeneración democrática, el derecho a decidir todo y la aplicación de políticas redistributivas. Sólo con esta ruptura democrática tendremos el proceso constituyente que necesita Cataluña y que también necesita España. Y para ganar todo ello nos hace falta una herramienta fundamental: la confluencia de las izquierdas.

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