martes, 17 de octubre de 2017 19:02
Opinión

UNA CUESTIÓN DE ÉTICA

Consol Prados
Consol Prados

Me gustaría por unos momentos que no nos fijáramos tanto en los nombres, como en los hechos. Uno de los casos: la convivencia de las preferentes con las tarjetas opacas y posteriormente el rescate millonario de entidades bancarias con dinero público. Insostenible ética, social y políticamente.

Me gustaría por unos momentos que no nos fijáramos tanto en los nombres, como en los hechos. Uno de los casos: la convivencia de las preferentes con las tarjetas opacas y posteriormente el rescate millonario de entidades bancarias con dinero público. Insostenible ética, social y políticamente. Para mí es la máxima expresión de la falta de respeto por los intereses generales. De falsas libertades individuales que se creen impunes y que no tienen ninguna perspectiva ni colectiva ni de futuro. Y a partir de ahí podríamos ir haciendo escalones, de diferentes intensidades, pero igualmente de prácticas que no valoran lo que nos es común. Porque el valor que le damos a las cosas, en este caso al colectivo y la alteridad, mide la importancia y la utilidad que tiene para cada uno de nosotros y que tiene como sociedad.

Estas prácticas al mismo tiempo provoca más desconfianza hacia lo público y comunitario, y esto sólo beneficia a intereses particulares pero no colectivos, mermando los principios de la democracia. Y eso es peligroso. Además, y en estos momentos, nos abofetean porque demuestran hasta qué punto era, o es todavía, esta falsa riqueza y como nos empobrece.

A la indignación que nos provoca los continuos casos de corrupción se suma el desconcierto de ver los grandes partidos tirarse los corruptos en la cara en vez de asumir el problema. Porque es un problema que nos afecta colectivamente, no por generalizado porque no lo es, sí porque daña aún más la política y la desprecia, y desvirtúa a tanta gente que trabaja por sus pueblos con voluntad de servicio. Es sólo la política la solución, precisamente.

No podemos negar que a lo largo del tiempo se ha avanzado en los controles democráticos y de transparencia y precisamente por eso hoy salen a la luz y actúa la justicia. Pero aún hay más, y no basta con pedir perdón.

El debate sobre un pacto político que haga frente a la corrupción me ha hecho recuperar unas acertadas y oportunas reflexiones de Victoria Camps, que leo en un libro escrito hace ya algunos años. Cuando habla de actuar según unos principios morales, hace hincapié en que no es sólo un "deber", sino un "querer", porque es una cuestión de voluntad, y no sólo de adhesión teórica a las normas. Y es por eso que pienso que más allá de las normas, son las organizaciones políticas las que más pueden hacer para este compromiso, por una verdadera voluntad de actuar con ética. Cada organización política debería tener un código ético de obligado cumplimiento. Es el primer paso para recuperar la complicidad con la ciudadanía y reivindicar la política porque es útil.

Si hay corruptelas es porque hay uno que intenta y otro que cae. Es relativamente fácil pedir nuevas normativas, o culpar a la legislación de las deficiencias del comportamiento individual o colectivo, y aquí me gusta Camps cuando dice que "la conciencia moral existe cuando desaparece la coacción externa".

Más allá de ajustar las medidas contra la corrupción, considero que hay también un relato sobre cómo recuperar -si lo hemos tenido alguna vez- el valor de colectivo, de interés público, de lo que nos es común ..., fundamental para una regeneración democrática imprescindible.

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