lunes, 21 de agosto de 2017 15:46
Opinión

Mi señora no lee porque lo digo yo

Carmen  Freixa
Carmen  Freixa

Exactamente así lo verbalizó el macho que se presentó con sus dos hijos y su mujer en una biblioteca pública de la ciudad de Terrassa. La ciudad es anécdota. El hecho es lo que nos debe preocupar porque suceden situaciones similares en cualquier ciudad de Europa.

Exactamente así lo verbalizó el macho que se presentó con sus dos hijos y su mujer en una biblioteca pública de la ciudad de Terrassa. La ciudad es anécdota. El hecho es lo que nos debe preocupar porque suceden situaciones similares en cualquier ciudad de Europa.

Él se acercó al mostrador de la biblioteca para solicitar el carné de la misma para él y sus hijos. La profesional de atención al público le preguntó, lógicamente, a la mujer si iba a querer que se lo hiciera también a ella. La mujer solo esbozó una media sonrisa y él respondió que sólo para sus hijos y él. Ella, con un gran sentido de la defensa de los derechos humanos, y yo añadiría con un mucho de perspectiva de género, volvió a dirigirse a la mujer para pedirle si quería hacérselo también ella. No hubo posibilidad de respuesta. Él, el macho, la puso de un empujón disimulado detrás de él y encarándose con la profesional le espetó que sólo para él y sus hijos. Esta es la realidad cotidiana de estas mujeres que el patriarcado árabe somete en nombre de una religión, que, como todas las religiones, solo busca reducir a las mujeres a una ciudadanía subrogada.

Harta de oír que las feministas europeas estamos exagerando como cuando nació "Ni putas, ni sumisas" o hicimos la campaña #burkamutila, creo que va siendo hora que señalemos qué hay, no ya debajo del burka, si no debajo de todos estos signos externos, supuestamente religiosos, que cubren, desdibujándolas, a muchas mujeres y que son, en realidad, la marca de un orden patriarcal que se esconde detrás de invocaciones religiosas. Marca que apela a las raíces culturales de los países árabes que abandonaron ellas o sus familias para que las más jóvenes que piensen en rebelarse y ser ellas mismas sepan que para ser aceptadas por ese eufemismo patriarcal de "los suyos" deben someterse a las exigencias de quienes vigilan a su comunidad.

Estas mujeres tienen la desgracia de haber recalado en un país en el que, a diferencia de Francia, se confunde la religión con la cultura y se subsumen los derechos humanos a una supuesta libertad religiosa que siempre tiene el efecto colateral de la sumisión de las mujeres al orden patriarcal. Así que estos machos y sus vigilantes a sueldo deben están muy contentos porque los obispogallardones consideran que los cuerpos de las mujeres españolas son úteros sobre los que pueden legislar para que incuben mucha mano de obra barata que una vez nacida se pretende que no tenga los derechos que a sangre conquistó la generación de yayasflautas frente a la dictadura y porque en PPEspaña se llama adoctrinar a leerse y defender los Derechos Humanos y liberar a enseñar el catecismo y poner, como en sus países, al gobierno de rodillas ante el coro de plañideras obispales que viven de nuestros impuestos

Decía Foucault, que el poder más eficaz es el que se apoya en símbolos y nos pasa casi desapercibido su funcionamiento. Es el que nos parece "lo natural" y que impide a la gente ver que hay otras formas de vivir, ser y estar. Por eso ella solo leerá lo que su macho le indique y no podrá ir a la biblioteca fuera a ser que se topara con libros que le dijeran que lo que su comunidad patriarcal llama cultura y religión no es más que el orden patriarcal que también padecen las europeas en la PPEspaña. Y si servicios públicos no lo remedian, no podrá aprender nuestro idioma que igual escucha y lee que las mujeres en este país han decidido defender como sus abuelas y madres sus derechos. Desconocerá que hay otras realidades porque como propietarias de nuestros cuerpos, dueñas de nuestras vidas y ciudadanas europeas le decimos cada día a los obispogallardones:

¡Sacad vuestros rosarios y vuestros burkas de nuestros derechos de ciudadanas del mundo!
¡Dejad de llamar religión al sexismo! Y, no lo olvidéis, leo, follo y decido cuando quiero ser madre ¡porque lo digo yo!

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