lunes, 23 de octubre de 2017 17:05
Opinión

LA IMPUNIDAD

Ferran Gallego
Ferran Gallego

Stefan Zweig iniciaba El mundo de ayer, el confortable espacio en que se desarrolló la vida de una familia acomodada de la Viena de antes de 1914, indicando que una sola palabra podía resumir el sentimiento de aquellos años: la seguridad

Stefan Zweig iniciaba El mundo de ayer, el confortable espacio en que se desarrolló la vida de una familia acomodada de la Viena de antes de 1914, indicando que una sola palabra podía resumir el sentimiento de aquellos años: la seguridad. Observando las condiciones del conflicto en que se ha sumido el PSC, que ha debido soportar, en sorprendente sucesión, una tormenta de desautorizaciones por su ambigüedad y una de avalancha de reproches por la claridad de sus planteamientos, uno puede pensar que los parlamentarios que han roto la disciplina de voto el pasado 16 de enero podían resumir los recuerdos de sus tiempos en el PSC con una sola palabra: la impunidad.

En el fondo, la sorpresa que puede haber generado en todos los observadores ese subarriendo del "derecho a decidir" que firmaron los tres diputados no se debe tanto al hecho de que votaran con independencia de los acuerdos tomados en una votación solicitada por ellos mismos, como a que la dirección del partido y del grupo parlamentario haya decidido tomar alguna decisión al respecto. Lo que estas tres personas y el coro que los apoya consideran el respeto a la pluralidad no es más que su contrario, pero les tenían, nos tenían, muy mal acostumbrados. Se tenía la idea de que puede considerarse útil una votación del máximo órgano de un partido que pasa a ser sólo indicativa, especialmente cuando se pierde. Se tenía la idea de que la pluralidad del PSC no se encuentra en la síntesis de posiciones, sino en la yuxtaposición de proyectos. Se tenía la idea de que responder con una sanción a un voto en contra de una decisión, voto realizado en ocasión no sólo importante, sino solemnizada por la profunda carga simbólica de su sentido y escenificación, volvería a abrirse paso un privilegio que se empeñan en confundir con la libertad. Un privilegio ejercido tantas veces en contra de la opinión mayoritaria del partido en el que se milita y que permite la ocupación de cargos públicos. Un privilegio ejercido contra el resultado de una votación en la que se ha participado sin indicar que no se respetaría su veredicto. Un privilegio que no es derecho, porque vulnera los derechos de quienes han puesto en ese lugar a esos tres diputados y rompe el proceso de toma de decisiones políticas de una manera que, de no resolverse algún día, llevaría al PSC ?y a cualquier formación política del Parlament- a la inoperancia, a la pérdida de representatividad y a la marginación.

Las palabras y los gestos de quienes han actuado de este modo muestran a las claras hasta qué punto ese sentido de la impunidad, esa palabra con la que se sintetiza cómo se ha vivido en el PSC en estos tiempos de cólera, ha desguazado cualquier impresión de liderazgo que asegure la recuperación de un proyecto, los derechos de la militancia y la posibilidad de escapar a las trampas que no deja de tender el nacionalismo. Su reclamación de querer ser fieles a su conciencia confunde sin descanso aquellas ocasiones en las que puede preservarse una opción personal -en la que un partido no puede entrar en conflicto con creencias íntimas de sus militantes- con una cuestión que se presenta nada menos que como aquello que define el espacio a ocupar por todos y cada uno de los partidos políticos catalanes en este momento. Su exigencia de que no se tomen medidas administrativas, sino políticas, parecen achacar a su actitud la exclusiva calidad política de una decisión, mientras atribuyen a sus consecuencias un carácter meramente administrativo. Como si la sanción por romper la disciplina de voto en una cuestión crucial fuera un asunto de trámite. Vamos, como si se estuviera reclamando a cualquiera de los tres que pagaran las cuotas atrasadas. Sus palabras han demostrado, finalmente, que, cautivo y desarmado el sentido común de la izquierda, las fuerzas nacionalistas han alcanzado sus últimos objetivos. Lo único que puede romper al PSC es la cuestión de la consulta, mientras nada, ninguna otra cuestión que tenga que ver, por ejemplo, con los recortes de servicios sociales, produce el menor problema de conciencia o reclamación de la libertad de voto por algún diputado de Esquerra Republicana que se interrogue sobre el sustantivo de su denominación.

Existe, claro está, un último factor en el que habrá que empezar a entrar en estas semanas de debate, y que quizás permita descubrir dónde se encuentran otros asuntos de la pluralidad del PSC. La gestión del tripartito, en cuya desgraciada trayectoria se encuentran los resultados electorales que han llevado al socialismo catalán a su mínima expresión parlamentaria y social desde la Transición, algo tendrá que ver con los problemas de credibilidad del partido. Y algo tendrá que ver aquella gestión tan escasamente brillante de quienes claman que están contra la corriente del partido, aunque naden a favor de la marea nacionalista que empapa las tertulias, los artículos y las declaraciones con apariencia informativa de los medios de comunicación. Estuve a punto de morir en la zona de urgencias de un hospital público de Catalunya, aquejado de una grave isquemia de colon que fue mal diagnosticada, entre otras cosas porque se tardó más de 24 horas en hacer una prueba adecuada, aunque costosa. Eran los tiempos en que el tripartito decía preservar la calidad de la sanidad pública, en que decía garantizar los servicios de urgencias, cuando tu vida o tu muerte dependen del precio de un escáner.

Estoy vivo porque abandoné el centro y se me atendió en una clínica privada, cuyo tratamiento tuve el privilegio ?sí, el privilegio- de poderme costear. Quizás debería haber hecho lo que tan poco acostumbrados estamos a realizar: demandar al hospital y al Servicio Catalán de la Salud, exigiendo a sus máximos cargos que asumieran la responsabilidad derivada de una gestión sanitaria que podía llevar a un desastre como el sufrido.

Podía haberme referido a cuestiones generales, hacer un análisis exhaustivo de la gestión de determinados dirigentes socialistas en el descrédito del único gobierno de izquierdas que ha tenido nuestro país en treinta años. He preferido señalar esta cuestión personal, quizás contaminado por una política en la que lo que lo personal, lo individual, sólo pasa a ser sacralizado, sólo tiene importancia, sólo sale en los periódicos, cuando les pasa a algunos. En nuestra particular feria de vanidades que ciertos personajes públicos llaman pluralidad, los demás son silencio.

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