miércoles, 18 de octubre de 2017 20:28
Opinión

TIERRA DE PITOS

Joan Ferran
Joan Ferran

Este año hace más de una década que una exposición titulada "Cataluña tierra de acogida" recorrió trece comunidades autónomas españolas y más de treinta y cinco ciudades. Más de tres mil personas la vieron y cerca de un sesenta por ciento de las mismas afirmaron haber mejorado la opinión que tenían interiorizada, respecto a Cataluña y los catalanes, antes de la visita. El enunciado de la comentada exposición ha hecho fortuna con el paso del tiempo y ha estado a menudo en boca de políticos, analistas y conferenciantes varios cuando han intentado glosar los aspectos más bondadosos del país. Y es cierto, la sociedad catalana ha sido casi siempre una sociedad abierta a los recién llegados y también altamente tolerante con los diferentes. Sería bueno que así siguiera siendo por los siglos de los siglos ... Amén. Pero también es cierto que últimamente la atmósfera del país se ha enrarecido. La crisis, el paro, la falta de sensibilidad social de gobiernos, bancos y administraciones ha soltado una especie de vapor tóxico que lo envenena todo. Por si fuera poco la corrupción y la falta de "saber hacer" de alguna gente con responsabilidades políticas, mediáticas y sociales han hecho el resto. Observen que un montón de palabras fuera de tono, y alguna que otra actitud prepotente, también han contribuido al malestar generalizado. Quizás es por todo ello ypor ese aire enrarecido y fétido que, inconscientemente, hemos decidido convertirse en una 'tierra de pitidos' aparcando otras consideraciones.


Aquí parece que todo el mundo silba a todo el mundo. Ya sé que las expresiones de rechazo, los abucheos y el ruido forman parte de los rituales de la libertad de expresión. Son las armas que los humildes emplean para pedir lo que consideran justo y les es negado. No será un servidor de ustedes que quiera limitar la sonoridad y la fiesta del pueblo que vive enojado. No. Nada más lejos de esa intención. Quizá precisamente por eso me rebelo contra la banalización del silbato y el abucheo como hace poco tiempo lo hice respecto a los símbolos, las banderas o las analogías gratuitas referidas al nazismo.


Decía antes que aquí parece que todo el mundo silba a todo el mundo, porque silbar es gratis y no deviene castigado penalmente. Silbar no hace daño, dicen, a pesar de que sus efectos secundarios pueden tener consecuencias perniciosas. Repasemos: aquí se pita a los Borbones en el Liceo, a Mas en la entrega del trofeo Conde de Godó, en Montmeló y en la Universidad de Vic ... ¿Más? En el himno español en el campeonato del mundo de natación, a Ramoncin el Camp Nou ... También hubo por Puigcercós en Arenys de Munt, por Montilla y Duran ... En el Barça en el campo de El Español y viceversa en el campo del Barça ... Uf! Un exceso todo.


Antoni Bassas tiene razón cuando escribe y explica que silbar los himnos de los demás es de mala educación y contiene un efecto bumerán. Sí, como también es un agravio quemar banderas, ensuciar símbolos o decir que alguien es un bote de mierda. Todo esto es dinamita. Lo es porque todo origina una espiral que sabemos donde comienza pero no dónde puede acabar. Una espiral que sólo sirve para encabritarse al personal haciéndole derramar bilis y exabruptos.

Cuenta la Wikipedia que algunas culturas del mundo sostienen que silbar trae mala suerte o puede atraer espíritus malignos. Esperamos que no sea verdad en nuestra casa.


Sirve para algo silbar y silbar hasta la extenuación? Los dichos y refranes de nuestro país contienen un montón de sabiduría popular obtenida mediante experiencias acumuladas. Así nuestros abuelos en el campo, fijándose en la costumbre que había de silbar a la hora de beber a los animales, en especial los burros y mulesque eran muy tozudos, decían: "Ya puedes silbar ya, que si el asno no quiere beber ...."


Con este dicho se referían irónicamente a las personas muy tercas sin indicios de querer cambiar. De éstas, en nuestras élites, hay un montón. Mientras jugamos a ser una 'Tierra de Pitos ellos permanecerán indiferentes y nosotros enfrentados. Al tiempo.

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