sábado, 19 de agosto de 2017 20:51
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UN MAL TRAGO

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Minutos antes de que este sábado comience a rodar el balón en el Camp Nou con motivo de la Final de Copa entre el Barcelona y el Athletic de Bilbao, previsiblemente el Rey Felipe VI pasará por el primer gran trago amargo en público de su reinado. Se espera una sonora pitada tanto al himno nacional como a su figura en los prolegómenos del partido. No supondrá una novedad.


Ya le sucedió a su padre en las anteriores ediciones protagonizadas por idénticos equipos en Madrid en 2012 y en Valencia en 2009. Tampoco sería la primera ocasión en la que se silbase el himno español en Barcelona con motivo de un encuentro de fútbol. Ya acaeció durante la dictadura de Primo de Rivera. En el descanso de un partido amistoso entre el Barcelona y el Júpiter, celebrado en el campo de Les Corts el 14 de junio de 1925, el público asistente pitó la Marcha Real. La Junta Militar lo consideró una ofensa. Cerró el campo, inhabilitó y multó a la directiva del Barcelona.


Al contrario que en 2009 y 2012, el debate ha estado bastante soslayado por la celebración de las elecciones del pasado 24 de mayo y por los resultados de las mismas. Pero algunos dirigentes como la ex presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, recurrentemente han abogado por tomar medidas similares a las de hace nueve décadas. Suspender la final de Copa si se pita al himno o a la bandera nacional. Algo con lo que estaría encantado Artur Mas, como inmejorable pistoletazo de salida para las plebiscitarias catalanas con las que amenaza para septiembre, y que recordemos, ya es posible en Francia. En el vecino país galo se puso de moda silbar la Marsellesa en la primera década del siglo. El entonces presidente Sarkozy decidió cortar por lo sano en 2008. Promulgó una ley por la que cualquier tipo de menosprecio hacia el himno derivaría en la suspensión automática del partido. Y parece que con éxito. Desde entonces no se han vivido episodios reseñables al otro lado los Pirineos. Por mucho que les pudiera apetecer a algunos no hay una ley en vigor similar en España.


Por tanto este sábado no habrá suspensión que valga. Una buena parte de los aficionados del Barca y del Athletic silbarán el himno y a Felipe VI no le quedará más remedio que exhibir paciencia y seny. Los aficionados presentes en el Camp Nou canalizarán algunas de las tensiones etno-territoriales que se vienen viviendo en España durante los últimos años. Bien silbarán, bien guardarán un respetuoso silencio. No será una novedad. La tradicional utilización del deporte como herramienta de integración nacional y/o vehículo aglutinador de valores ideológicos, es un fenómeno ampliamente analizado.


El fútbol nació en el momento de la construcción de los Estados-Nación. Desde sus comienzos participó en la construcción de las identidades comunes, reales o imaginadas. Su utilización como vector de las identidades nacionales permitió que los partidos se convirtieran en enfrentamientos rituales entre países que, como bien describía Kapuzcinski han generado incluso conflictos bélicos, como la denominada “Guerra del fútbol” entre Honduras y El Salvador. Pero Spain is different incluso para utilizar políticamente el deporte. Mientras que los demás países han optimizado propagandísticamente las victorias de sus combinados nacionales, la singularidad española ha residido tradicionalmente en la utilización del fútbol como fórmula de afirmación de las identidades periféricas enfrentadas al estado central.

En su momento, la dictadura de Franco fomentó la unificación del fútbol español, apoyándose en la selección nacional (el triunfo en el Campeonato de Europa de 1964, batiendo en la final a la Unión Soviética, se presentó como una victoria del Fascismo sobre el Comunismo) y el Real Madrid, como representantes del régimen en el exterior del país durante su periodo de aislamiento. Desde finales de los sesenta, los nacionalismos vasco y catalán comprendieron que el fútbol constituía uno de los mejores medios de expresión para sus reivindicaciones políticas. Consecuentemente los campos de fútbol del País Vasco y Cataluña se convirtieron en el único emplazamiento de la esfera pública donde, de facto, se permitían manifestaciones de identificación nacional vasca o catalana. El Camp Nou y San Mamés, entre otros, se poblaron de Senyeres e Ikurriñas todavía durante la dictadura.


A día de hoy, dentro de plural sociedad española también se encuentran todos esos aficionados que previsiblemente este sábado abuchearán el himno español y exhibirán banderas independentistas en el Camp Nou. Curiosamente el madrileño Bernabeu (equidistante entre Bilbao y Barcelona) no se encontraba (otra vez) disponible para albergar la “fiesta nacionalista”. Le pese a quien le pese, en el contexto español actual, marcado por fuertes divisiones etno-territoriales, los clubes de fútbol no solamente representan ciudades, sino también regiones, incluidas aquellas con conciencia de nación. Los campeonatos se convierten en campos simbólicos donde se reviven rivalidades históricas.


Partiendo de la base de que pitar cualquier himno o bandera no pasa por ser un acto correcto ni educado, por muy molesto que pudiera ser, no cabe duda de que hoy por hoy la libertad de expresión debe prevalecer sobre esa molestia. Puestos a recordar los preceptos del Código Penal relativos a los ultrajes a la bandera o al himno nacional, convendría tener una mayor amplitud de miras. No es sólo molestia, sino sonrojo o absoluta vergüenza (además de inconstitucional) lo que produce la insultante tolerancia con la que en este país todavía se permite, no sólo dentro de los estadios de fútbol sino también en la vía pública, la exhibición de banderas españolas pre-constitucionales. En países de reconocida tradición futbolística como Alemania o Brasil a nadie se le ocurre tentar a la suerte exhibiendo algún tipo de simbología pre-constitucional ante la certeza de dar con sus huesos en el calabozo. Por el contrario, aquí todavía es un tema tabú y hay barra libre.


Precisamente, los que más han hecho últimamente por la promoción de aquella tan manoseada marca España han sido nuestros deportistas, sin duda mucho mejores embajadores que nuestros políticos. Durante la última década han revertido esa especificidad española de la utilización simbólica del deporte exclusivamente a escala sub-estatal, para fomentar procesos identitarios más similares a los de otros muchos países. A sus éxitos debemos agradecer la recuperación del uso de la bandera española en la vía pública.


Subrayar el carácter nacional del estado español, no puede entenderse como menosprecio a la pervivencia de profundos ligámenes afectivos de los ciudadanos españoles a sus nacionalidades y regiones. Como sugiere el sociólogo madrileño Luis Moreno, ello se traduce en el hecho frecuente de que la adscripción dual de los ciudadanos a ambos ámbitos espaciales (estatal y autonómico) no sea excluyente de manera imperativa. Se produce así una congruencia espontánea y simultánea entre lo español y lo andaluz/catalán/vasco/etc. Congruencia que, una vez más, el fútbol nos puede ayudar a visualizar. No cabe mejor ejemplo ilustrativo que la sucesión de dos relevantes episodios de autoafirmación identitaria en Barcelona durante el segundo fin de semana de julio de 2010: a) a escala regional, la manifestación (10 de julio) contra la Sentencia del Tribunal Constitucional acerca del Estatuto de Cataluña; y b) a escala estatal, todas aquellas manifestaciones de exaltación nacional derivadas de la victoria de la Selección Española de fútbol en la final del Mundial de Sudáfrica (11 de julio), que inundaron las calles de la ciudad condal.


En definitiva, en España, durante lo que llevamos de siglo, ciertos resultados deportivos se han revelado como motores aglutinadores e impulsores de las identidades duales frente a las exclusivas. Particularmente relevantes fueron las victorias en las Eurocopas de 2008 y 2012 así como en el Mundial de 2010. Dichos triunfos alentaron la identificación con “la Roja” (término nada inocente) de la ciudadanía española, incluida la identificación dual de vascos y catalanes. Si una imagen vale más que mil palabras, ninguna podrá visualizar mejor el proceso autonómico de construcción nacional que la fotografía de los jugadores catalanes del Barcelona y de la selección española, Xavi Hernández y Carles Puyol levantando la Copa del Mundo en el césped de Johannesburgo, vistiendo la camiseta española, pero con la Senyera catalana anudada al cuello.

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