lunes, 11 de diciembre de 2017 03:23
Opinión

¿POLÍTICAS O POLÍTICOS?

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

No debe entenderse esta pregunta como una disyuntiva de género en nuestra vida política. Afortunadamente, y por comparación con un pasado no muy lejano, las españolas participan activamente en la vida interna de los partidos y al frente de responsabilidades institucionales. Sin caer en una equívoca complacencia, cabe contrastar favorablemente el porcentaje en torno al tercio de diputadas del total de escaños en el Congreso español con la media de una quinta parte de mujeres parlamentarias en todo el mundo. En apenas cuarenta años el salto numérico en los temas de género en España ha sido cuántico, aunque permanece el ‘techo de cristal’ para una efectiva paridad entre políticas y políticos.



Nuestra pregunta concierne al dilema suscitado por algunos observadores y comentaristas mediáticos con carácter previo a las pasadas elecciones del 24 de mayo. Se argumentaba entonces que los ciudadanos decidirían el sentido de su voto teniendo más en cuenta a las políticas y menos a los políticos. A la vista de los resultados producidos, convendría afinar el sentido de aquel augurio preelectoral. Incuestionablemente, la renovación de los representantes políticos en instituciones locales y Comunidades Autonómicas ha sido neta y contundente. Parece evidente, asimismo, que buena parte de los flamantes concejales y diputados autonómicos despliegan ahora su actividad tanteando el nivel de lo posible en la aplicación de sus manifiestos electorales. Sus políticas se anunciaban en la campaña electoral --y en no pocos casos-- como un compendio de intenciones y no tanto como una exposición detallada y minuciosa de actuaciones concretas. En realidad lo que se dirimía en la liza electoral eran otros factores, entre los cuales el de mayor peso correspondía a la integridad de los políticos.



No debe extrañar que para un alto número de electores haya primado la elección de caras nuevas. Tal opción resultaba más atractiva frente a las ‘conocidas’ propuestas recogidas en los programas de las formaciones del establishment político. Además, ello ha sido congruente con el nivel hartazgo de buena parte del electorado español con la corrupción e imposturas desplegadas por los partidos de gobierno en los últimos lustros. ¿Cabría colegir de tal comportamiento electoral que muchos españoles se han desideologizado y ya no creen en los programas políticos, sean liberales, cristianodemócratas o socialdemócratas? La respuesta se inclina hacia el ‘no’ si observamos, por comparación, lo que ocurre en otros países europeos. Espero, tampoco debería desatenderse como una mera pregunta retórica.



En tiempos recientes, se ha asistido en España a una intensificación insospechada de casos de corrupción y chalaneo protagonizados por militantes de los partidos más importantes desde la época de la Transición. Ninguna grey partidaria se libra de haber acogido a ‘ovejas negras’, las cuales han mostrado sin pudor las proporciones de las malas prácticas políticas en la España del tercer milenio. En la última consulta electoral, como ya se apuntó en los comicios europeos del 25 de mayo de 2014, las propuestas de cambios en las políticas han quedado difuminadas por la envergadura de la obscenidad de los corruptos. Una obscenidad expuesta incesantemente --día sí, día no-- por los medios de comunicación social.



El cariz de las elecciones municipales y autonómicas ha girado en torno a lo que politólogos anglosajones denominan como single issue politics, o contiendas electorales concentradas en un asunto primordial. El repudio de buena parte de los ciudadanos hacia la indecencia de miembros destacados de la clase política les habría motivado a romper --¿transitoriamente?-- con lo ya conocido, y a otorgar sus votos a nuevas formaciones y rostros políticos. Como sugiere alguna escuela de pensamiento económico formalista, en la interacción entre principales y agentes, buena parte de estos últimos habrían distorsionado irremisiblemente la confianza de aquellos para realizar las políticas preferidas por la ciudadanía. Las conductas corruptas de un número siempre creciente de agentes políticos habrían invalidado las mejoras de las políticas propuestas por los principales. Todo indica que la tendencia continuará a no ser que se generen escenarios alternativos.



El primero de dichos escenarios afecta a la capacidad de los representantes institucionales por visibilizar los deseos de los ciudadanos en cambios tangibles de las políticas. A tal fin, deberán demostrar no sólo su fuerza innovadora y un entendimiento entre ellos mismos superador de eventuales desencuentros. Pondrá a prueba, también, la capacidad de aguante de los protagonistas noveles ante las persistentes campañas de acoso y derribo mediáticas, buena parte de las cuales serán azuzadas por los intereses políticos en concurrencia. Dicha tarea requiere desterrar la bisoñez y ejercitar el temple, virtudes ambas que algunas formaciones han optimizado en su labor previa de oposición. Ahora deben revalidarla desde sus cargos de gobierno y en posiciones institucionales.



El segundo escenario concierne a la capacidad que demuestren los partidos castigados electoralmente para detener la creciente desafección ciudadana hacia sus políticas y ganar la confianza en el ‘factor humano’ de sus candidatos. Para ello parece ineludible el establecimiento de códigos de ejemplaridad entre su militancia. Pese a su dificultad, sería aconsejable que se ‘desbloqueasen’ sus listas electorales en las que con frecuencia encuentran amparo corrompibles y corruptos. De mantenerse el marco de cooptación interna partidaria ya conocido, serán los ‘trepadores’ y ‘arribistas’ quienes continúen maximizando su habilidad para medrar políticamente.



Como sucedió tras la muerte del General Franco, nada impide que los partidos --viejos y nuevos-- afronten una nueva etapa de renovación. Objetivo de ella sería relanzar la convivencia democrática en España, asegurando la salvaguarda de los derechos humanos, la promoción del Estado del Bienestar y la constitucionalización del estado federal plural. Para un programa tal, ambas son imprescindibles: políticas y políticos. Tanto monta, monta tanto.


Luis Moreno



Profesor de investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC).

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