lunes, 25 de septiembre de 2017 13:31
Opinión

RUSIA EN SIRIA: ¿LA VISTA PUESTA EN UCRANIA Y EUROPA?

Nicolás de Pedro
Nicolás de Pedro

Rusia desembarca en Siria. El nivel y los objetivos de su presencia militar aún es incierto, pero el Kremlin parece decidido a jugar un papel destacado en la nueva fase de la guerra que se está configurando estos días en Siria. El agravamiento de la crisis de refugiados o, más bien, su reciente impacto en el territorio de la Unión Europea, tendrá una probable respuesta militar euroatlántica con el objetivo de debilitar tanto al autodenominado Estado Islámico (EI) como al régimen de Bashar al Assad. Esta intervención, aún por perfilar, puede propiciar algún tipo de solución en el rompecabezas sirio que implique -al menos en el cálculo dominante estos días en el mundo occidental- una Siria post-Asad fragmentada, pero con unos niveles mínimos de estabilidad. Y ante un escenario así, Moscú no quiere quedar fuera de juego ni dejar pasar la oportunidad que representa con respecto a la crisis de Ucrania y su enfrentamiento con Occidente.


La relación del Kremlin con los Asad es longeva y, en tiempos recientes, Moscú ha sido, junto con Irán, el principal asidero del régimen de Damasco tanto en términos diplomáticos como de suministro de armamento y asesores. En septiembre de 2013, es decir, en el contexto previo a la intervención militar rusa en Ucrania-, el Kremlin ya dio una importante bombona de oxígeno a Bashar al Assad con su plan para la destrucción del arsenal químico del régimen sirio. Esta propuesta rusa contribuyó a que se no se produjera entonces el anunciado ataque aéreo liderado por EEUU. Conviene recordar que la suspensión de aquella operación fue resultado, sobre todo, de las propias dudas de la administración Obama, en los cálculos de la que Rusia no jugaba, en absoluto, un papel destacado.


Entonces, como ahora, Moscú intentaba evitar la caída de su principal interlocutor en el mundo árabe. Desde la perspectiva del Kremlin, Occidente recurre sistemáticamente, al cambio de regímenes ya sea por intervención directa (Libia) o por "inducción estratégica" (revoluciones de colores, primaveras árabes) con fines geopolíticas enmascaradas bajo una narrativa de promoción de la democracia y los derechos humanos. Una percepción que alimenta un clima cercano a la paranoia en un Kremlin con mentalidad de "fortaleza sitiada" y tendencia a interpretar cualquier evento en clave conspirativa.


Con relación a Siria, uno de los agravios que suele citar Moscú es el de Libia y la utilización de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU (marzo de 2011) --que establecía una zona de exclusión aérea y apelaba por primera vez y explícitamente al principio de responsabilidad de protegerse para hacer caer el régimen de Gadafi. Sin embargo, Rusia puede ser más flexible de lo esperado: no se debe dar por hecho, y esta idea es central, que Moscú no estaría dispuesta, según las circunstancias, a negociar una salida del propio Asad. Los intereses rusos en Siria son limitados (base de avituallamiento de Tartús). Quizás el Kremlin quiere ampliarlos, pero no parece la opción más factible ni la más probable dados los escasos incentivos para una intervención de más calado. Lo que quiere Moscú es tener voz en la toma de esta decisión y, muy probablemente, plantear un marco de negociación más amplio que incluya Ucrania-Crimea y la cuestión de las sanciones. Y para disponer de la carta siria en esta partida, una presencia que consolide la disminuida porción de territorio bajo control del régimen de Asad -y, sobre todo, que dificulte ataques occidentales sobre bases de la aviación siria mediante el despliegue de sistemas antiaéreos- puede ser suficiente.


De momento, la narrativa del Kremlin gira en torno a la "amenaza común" que representan la EI y el terrorismo en general. Enfoque que obvia el hecho de que es Asad y no el EI --por muy repugnante que nos resulte-- el principal generador de refugiados en Siria. Pero es una narrativa que encaja con los objetivos del Kremlin, es decir, legitimar su intervención en Siria y buscar un vector sobre el que vehicular su acercamiento en Occidente. Le resulta útil, además, en otros escenarios como el Cáucaso -obviando vulneraciones masivas de derechos humanos- o Tayikistán -convirtiéndose la actual ruptura del orden de posguerra de 1997 por parte del régimen de Emomali Rajmón en un problema de terrorismo islamista -. Pero es Ucrania y lo que representa -el reconocimiento explícito de su esfera de influencia en el espacio postsoviético- lo que mueve la intervención rusa.


A diferencia de la UE, la diplomacia rusa en general, y el Kremlin en particular, se sienten cómodos en contextos de crisis y tienden a interpretarlos en clave de oportunidad. Así, por ejemplo, todo lo que contribuya a agudizar las divisiones en el seno de la Unión Europea co-ayuda al objetivo del Kremlin de romper el frágil consenso comunitario en torno a las sanciones y su posible renovación en enero de 2016. Desde la perspectiva de Moscú, se abre la ventana de oportunidad para un gran acuerdo que propicie una cierta reconciliación o acomodo con Occidente.


En Ucrania, por primera vez desde la firma de los acuerdos de Minsk II en febrero de 2015, el alto el fuego parece estar cumpliéndose. Situación que, a menos que se produzca un colapso del Gobierno de Kiev -otra de las hipótesis que baraja Moscú-, puede anticipar una posible congelación del conflicto en Donbas en un escenario similar al de Transnistria en Moldavia. A lo que hay que sumar la reciente lucha de poder dentro del gobierno títere de Donetsk en el que se puede interpretar como un movimiento del Kremlin para ejercer un control más férreo sobre la insurgencia rusa, ya que algunas voces locales habían planteado un posible referéndum de anexión de este territorio y Lugansk a la Federación Rusa. Pero el Kremlin no contempla esta posibilidad, que la alejaría de su objetivo de cabecera, el cual no es otro que el control estratégico de Ucrania o, al menos, la capacidad de bloquear su política exterior.


El respeto del alto el fuego y los sucesos en Donetsk refuerzan la hipótesis de que Rusia podría estar buscando un gran acuerdo con su desembarco en Siria. Si es así, no tardaremos en saberlo. De forma indirecta, podremos confirmarlo con las entrevistas con expertos europeos afines al pensamiento del Kremlin que inundarán los medios rusos (Sputnik, Russia Today) en los próximos días en que se defienda la idea de "la amenaza común" y de "la oportunidad que ofrece Siria" para superar la ruptura ocasionada por la crisis ucraniana. Dada la tendencia europea a la auto-flagelo y a asumir la imagen de un Putin fuerte e invulnerable, conviene que la UE, ante una posible negociación, no pierda de vista que es la debilidad -causada por la caída de los precios del petróleo, el efecto de las sanciones y las incertidumbres de la economía china- y no la fortaleza y la confianza lo que impulsa esta urgencia de Moscú.



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