sábado, 23 de septiembre de 2017 11:17
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CINCO CLAVES PARA ANALIZAR LAS ELECCIONES EN TURQUÍA

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Son unos comicios excepcionales. Por un lado, porque estas elecciones ge­nerales se celebran cuatro meses después de las anteriores al no haberse logrado formar un gobierno de coalición con una mayoría parlamentaria suficiente. Por el otro, porque se desarrollarán en el peor clima de violencia y ten­sión social de la última década. Cuando el próximo domingo, y los días posterio­res, analicemos los resultados tendremos que tener en cuenta estas cinco claves:


Los votantes turcos habían encargado al Partido de la Justicia y el Desa­rrollo (AKP) que formase gobierno pero no le extendieron un cheque en blanco. La distancia con el segundo partido era de más de quince puntos. Sin embargo, al no alcanzar la mayoría absoluta (obtuvieron 258 escaños y el 40,87% de votos, lejos de los 276 que le habrían permitido gobernar en solitario), el AKP estaba obligado a formar un gobierno de coalición o, cuanto menos, un gobierno en minoría con apoyos parlamentarios. Además, los electores quisieron limitar las aspiraciones del Presidente Erdoğan para aprobar una nueva constitución que transformara Turquía en un sistema presidencialista. Para hacerlo hubiera necesi­tado al menos 330 diputados afines. También quisieron que el Partido Democrá­tico del Pueblo (HDP), que es una expresión del nacionalismo kurdo pero que ha sabido abrirse espacio entre otros sectores de la sociedad, estuviera representado en el Parlamento. Parte de sus votantes lo hicieron por convicción y otros con el convencimiento de que era la forma más efectiva para frenar las aspiraciones de Erdoğan de acumular todavía más poder.


El avance electoral responde a una apuesta de Erdoğan. Se habían iniciado negociaciones para intentar articular una gran coalición con el principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP). Una opción que todos los resortes del establishment económico en Turquía habían promovido en aras de la estabilidad y la conciliación. En muchos círculos se acusa al propio Erdoğan de haber hecho descarrilar estas negociaciones y de haberlo deseado desde el princi­pio. Sobre todo por cálculos electorales ya que los días posteriores a las elecciones se publicó una encuesta de IPSOS según la cual el AKP podría haber añadido un 4% de votos si los electores hubieran sabido de antemano el resultado final. Un margen que no abría el camino a una nueva constitución pero sí permitía un gobierno en solitario y la consolidación de facto de un sistema presidencial. Sobre el Primer Ministro, Ahmet Davutoğlu, circulan informaciones contradictorias. Se­gún algunas fuentes, él habría preferido la “gran coalición” no sólo por convicción

sino para afirmar su autoridad frente al Presidente. Otras fuentes, en cambio, des­mienten esta interpretación y creen que Davutoğlu no ha hecho otra cosa que res­ponder al deseo mayoritario de su partido. En todo caso, tanto si el resultado de domingo es una victoria (un gobierno con mayoría absoluta) como si es un fracaso (bajar del 40% de votos), lo será de Erdoğan, ya que suya ha sido la apuesta.


El contexto ha cambiado, y también lo ha hecho la campaña electoral. Hace cuatro meses se hablaba, sobre todo, de corrupción, de las ambiciones presiden­cialistas de Erdoğan y, en cierta medida, de la situación económica. Éste último punto se utilizaba de forma dispar por parte del partido del gobierno, que afirma­ba que eran la única garantía para que el país siguiera creciendo, y los de la opo­sición, que alertaban de una desaceleración de la economía y del aumento de las desigualdades en el país. De cara a las elecciones de noviembre las cuestiones de seguridad han copado la agenda. Los dos grandes atentados contra concentracio­nes pacifistas que ha sufrido Turquía en los últimos meses (el de Suruç en julio y el de Ankara en octubre) tenían como objetivo, sea quien sea su artífice, desestabili­zar el país y propiciar una escala de la violencia. El asesinato de dos policías turcos por parte del PKK como represalia por la política turca en Siria desató un espiral de violencia que resucitó los fantasmas de un pasado que muchos turcos creían enterrado. Los meses posteriores a las elecciones han estado salpicados por con­tinuos ataques contra las fuerzas de seguridad, por los bombardeos turcos contra las bases del PKK en el norte de Iraq y por un repunte en la violencia urbana.


Las aspiraciones de los líderes de la oposición no responden, necesaria­mente, a las de sus bases. Aparentemente el líder del principal partido de la oposición, Kemal Kılıçdaroğlu, y buena parte de los cuadros del partido veían con buenos ojos la posibilidad de formar una gran coalición. No deja de ser extraño que un partido tan importante, lleve más de veinticinco años sin ejercer el poder. En cambio, una parte de las bases no está convencida y aún menos tras el atentado de Ankara, en el que murieron varios miembros de las juventudes del partido. Su­cede exactamente lo opuesto en el MHP, el partido de derecha nacionalista turca. Su líder Devlet Bahçeli puso tres condiciones estrictas para formar gobierno con el AKP: terminar el proceso de paz con el PKK, el retorno de Erdoğan a sus fun­ciones constitucionales y reactivar los casos de corrupción contra dirigentes del AKP y sus familiares. No está nada claro que Erdoğan esté dispuesto a asumirlas ahora más que en junio. Por lo tanto, se especula con que el partido las suavizara en aras de la “seguridad nacional” y, sin declararlo abiertamente, respondería así a la voluntad de algunos miembros de este partido de tocar poder. En cambio, el liderazgo del partido pro-kurdo HDP y sus bases están en plena consonancia: el voto por esta lista es un voto inequívocamente contra Erdoğan.


Son unas elecciones trascendentes. Los turcos con su voto y los políticos a través de las negociaciones posteriores van a escoger mucho más que un gobier­no. Marcarán el rumbo que seguirá Turquía a partir de ahora. No sólo estarán limitando o ampliando el poder de Erdoğan, también se expresarán sobre cómo gestionar la actual espiral de violencia entre las fuerzas de seguridad del estado y el PKK; sobre si debe reorientarse la política exterior, en general, y especialmente en relación a Siria; si se alejan o se acercan a la Unión Europea; y, sobre todo, si estas elecciones sembrarán la semilla de la reconciliación o supondrán más pola­rización y tensión social.

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