miércoles, 18 de octubre de 2017 22:14
Opinión

EL PRECARIADO

Consol Prados
Consol Prados

Los datos de paro registrado en el mes de noviembre son un incentivo para el optimismo después de tres meses consecutivos de subidas y comparado con toda la serie histórica desde 1996 de este mismo mes. Pero es un optimismo tímido si tenemos en cuenta que aún hay más de 4 millones de parados en España y más de medio millón en Cataluña, en cuanto a personas inscritas en los servicios de empleo, que es diferente al total de población activa desocupada.


Pero la cuestión ya no son las grandes cifras cuantitativas, sino la calidad del mercado laboral, para que al fin es lo que nos habla de modelo económico y como este condiciona el modelo social. La preocupación es que la precariedad del mercado laboral ya no es coyuntural de un momento económico difícil, sino que consolida un sistema social desigual y cada vez más estructural, y hay que decir que la Reforma Laboral ayuda. Con las actuales condiciones se produce una nueva fragmentación de clase, que no sustituye a las anteriores, sino que se superponen.


Hay que seguir a Guy Standing cuando habla de esta nueva clase social, o más bien situación social, que es el precariado: una nueva manera de vivir y la primera vez en la historia que pierde derechos sistemáticamente. Hay diferentes factores que lo provocan, como la apertura del mercado global que cuadruplica la mano de obra, la revolución tecnológica, la imposición del pensamiento liberal económico, o la destrucción del sistema de redistribución de la renta (aumenta la renta nacional dirigida el capital y disminuye el presupuesto de las prestaciones). Cuando vemos reducidas las prestaciones sociales no es otra cosa que la sustitución de un sistema de derechos por un sistema vinculado a los recursos, y la diferencia es bastante sustancial, entre derechos garantizados y recursos.


Si el trabajo es lo que ha estructurado nuestra organización, esta nueva situación de trabajo y no trabajo y qué tipo de trabajo, es evidente que condiciona la manera de vivir: vidas diluidas por la incertidumbre crónica. No volveremos a los tiempos del antiguo proletariado con trabajo estable a largo plazo y prestaciones garantizadas (en este sentido se pierde poder y narrativa). Habría que ver cómo se garantiza que sean vidas dignas.


Los colectivos que forman esta nueva situación social son variados, no es tampoco el lumpen de nuestras ciudades, a pesar de que cuentan con riesgos para serlo. Son familias e hijos de clases trabajadoras, son minorías (como los inmigrantes), son gente preparada en la universidad con la promesa de un futuro que no tienen.


De todo ello se desprenden consecuencias, riesgos, problemáticas y oportunidades, como todo en la vida. Y hago una lista rápida: cómo redistribuir las seguridades, la organización del tiempo, el acceso al espacio público (en un sentido amplio y democrático), la educación (no mercantilista), la redistribución de la renta ... Y es evidente que también tiene consecuencias en el mapa político. Por eso no debería extrañarnos la mutación y volatilidad de las opciones electorales y la aparición de nuevas formaciones que intentan recoger la frustración de estas vidas de frontera.

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