martes, 24 de octubre de 2017 13:31
Opinión

FRANCIA ENSIMISMADA

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Cuando todo parecía listo para la llegada de la extrema derecha al poder (regional) en Francia, el electorado galo ha frenado las ínfulas xenófobas y “patriotas” de Marine Le Pen y sus huestes del Front National (FN) En la segunda vuelta de las elecciones regionales celebradas el domingo 13 de diciembre, un 10% de electores adicionales se movilizó para votar. La gran mayoría de estos votantes, que se habían quedado en casa siete días antes, dieron su voto a los candidatos mejor situados para desbancar a los vencedores en la primera vuelta del FN.


Destaca entre otras consideraciones previas la petición pública realizada por Manuel Valls, primer ministro socialista, para que sus simpatizantes votasen a los candidatos del centro y la derecha tradicionales en aquellas regiones en las que los nacionalistas extremistas habían triunfado en la primera ronda del ballotage. El primer ministro, de origen español, llego incluso a hablar de “guerra civil” en los días precedentes al segundo y decisivo voto, declaraciones que pudieran parecer excesivas pero que, indudablemente, movilizaron al voto anti-nacionalista radical. En realidad habría que cualificar semejante denominación de “nacionalista”, porque en Francia el nacionalismo estatalista activo está presente en casi todas las formaciones políticas. Se trata de un sentimiento alimentado por una visión republicana de autoafirmación, fruto de la Revolución de 1789, y reflejada en la proclama contemporánea de la grandeur.


La “grandeza” es una noción que promocionó activamente el general Charles De Gaulle tras la Segunda Guerra Mundial. Hace referencia a la aspiración de mantener el rango internacional de Francia como superpoder, un sentimiento similar a lo que piensan de su propio país al otro lado del Canal de la Mancha los partidarios de que el Reino Unido abandone la UE.


Tal aspiración está sustentada no sólo en la convicción de ser “un grande nation”, sino en la disuasión de su Force de frappe, o fuerza nuclear. Recuérdese que, en 1960 se efectuó la primera prueba nuclear que convirtió a Francia en una potencia nuclear. Con posterioridad otras pruebas se sucedieron en diversas colonias francesas situadas en las antípodas del Pacífico, siendo en 1996 la última que se detonó. Además de submarinos nucleares balísticos, los cazabombarderos Mirage podrían transportar dispositivos nucleares hasta zonas actuales de conflicto, como por ejemplo el territorio controlado por el Daesh en Siria.


Lejos de una posición ensimismada, Francia mantuvo tras la Segunda Guerra Mundial una actitud claramente europeísta y fue, junto con Alemania, el gran país inductor del proceso de Europeización, ahora plasmado en nuestras instituciones de la Unión Europea. Algunos observadores hablaron en los años 60, 70 y 80 de un protagonismo excesivo de Francia en la evolución política de la Comunidad Económica Europea. Incluso se comentaba --aunque no públicamente-- que la CEE era y sería lo que Francia quisiera. Tales ideas estaban muy alejadas de las visiones de dos de los grandes impulsores de la unidad continental contemporánea.


Y es que los franceses Robert Schumann (1886-1963) y Jean Monnet (1888-1979) concebían un futuro en común de las naciones europeas en el que las grandes decisiones se tomasen a nivel continental. Visualizaban un entramado institucional que no fuese la mera formalización de una permanente tratativa intergubernamental en la que los actores políticos nacionales se perpetuasen como protagonistas exclusivos de la Europa unida. Sus análisis eran conscientes de los peligros que entrañaba a largo plazo el secuestro político de la Europeización por parte de los estados miembros, circunstancia que ha ganado terreno político en los últimos tiempos de incertidumbre e inseguridad generados por las turbulencias económicas, las guerras en Oriente Medio y el desplazamiento masivo de emigrantes.


Aún inintencionadamente, los nacionalismos --con y sin estado-- han proporcionado a los diversos populismos europeos una munición política efectiva para predicar el euroescepticismo, dada la persistencia de sus actitudes chovinistas opuestas a una cosmovisión europeísta. Ello explica, en no poca medida, el ascenso de formaciones como el FN.

En el imaginario de Marine Le Pen sobresale el deseo por regresar a la grandeur de una Francia dominadora políticamente en Europa frente al empuje económico de Alemania, su gran adversario continental. En realidad el concepto de una Europa unida asquea al FN. El propio Manuel Valls advirtió en la campaña electoral que los nacionalistas de extrema derecha quieren hacer salir a Francia de la Unión Europea, abandonando el euro y, por ende, la política agrícola común que tantos beneficios reporta al sector primario francés.


Frontalmente opuesta a dar la bienvenida a los inmigrantes en Francia, tan necesarios para la propia supervivencia del Modelo Social Europeo, Marine Le Pen insiste en que ellos no son franceses y que constituyen una amenaza para la supervivencia del país galo. El relativo éxito electoral del FN se explica, por tanto, en una espuria identificación entre inmigración, terrorismo y pérdida de las esencias nacionales francesas. Tal cóctel de marketing político ha tenido un indudable impacto en una variada muestra de electores, incluidos aquellos que votaban fielmente a los comunistas en las periferias de Paris o Marsella, no hace tanto tiempo. El trasvase de las propias dificultades socieconómicas francesas al “adversario exterior”, así retratado en el colectivo de inmigrantes y refugiados extracomunitarios, es un demagógico pero efectivo reclamo electoral.


Tras su intento frustrado por asumir cuotas de poder regional, el Frente Nacional continuará su pugna por erigirse en una fuerza determinante en la política francesa de cara a las presidenciales de 2017. Su éxito o fracaso dependerá en gran medida de la capacidad de las fuerzas de centro-derecha, lideradas en la última consulta por Nicolas Sarkozy, así como de los todavía políticamente “vivos” socialistas, por relanzar el proyecto europeo de Monnet y Schumann. No es bueno que Francia se encierre en el ensimismamiento de su desazón nacional. Europa necesita su liderazgo y aportación para hacer realidad la aspiración de los padres fundadores del proceso de Europeización de hacer del Viejo Continente una “…unión política cada vez más estrecha”. 

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