miércoles, 18 de octubre de 2017 07:42
Opinión

LOS HERMANOS MARISTAS

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Lo que está pasando en Barcelona con uno de los colegios de los Maristas es horrible y merece una investigación a fondo. En los colegios religiosos o laicos la represión que impuso a la sociedad española la dictadura de Franco ha dado pie a abusos inconfesables que han acabado causando un daño irreparable a la docencia en su conjunto y a las órdenes religiosas que han montado colegios de pago para generar los recursos necesarios con los que financiar otras actividades, bien en el propio país o también en horizontes lejanos, donde la labor misionera se ha ido desarrollando con reconocida heroicidad y sacrificios personales en los que numerosos religiosos han perdido la vida por tratar de socorrer a sus desvalidos fieles y alumnos. Trayectoria poco conocida en la que son un ejemplo los Hermanos Maristas.


A mí, estos Hermanos me enseñaron desde los seis años muchas cosas que luego en la vida me han sido muy útiles. Especialmente el respeto a las ideas de mi prójimo, en unos tiempos en que la libertad no existía en España. Recuerdo con cariño al Hermano Francisco, que se dormía en las clases de la tarde y que era todo bondad. Al Hermano Víctor, que se remangaba la sotana para jugar al fútbol en el patio con todos nosotros y al que le regateábamos metiéndole la pelota entre sus faldones. Al Hermano Bernardo, que me hizo amar las matemáticas y la música desde muy pequeño, y a muchos otros, cuyos nombres siento no poder recordar.


Mis padres, con muchas dificultades, pagaban cada mes el mejor colegio de mi Ourense natal, el de los Hermanos Maristas, que competía entonces con brillantez con los Salesianos o las Carmelitas y las Josefinas que también enseñaban a las niñas ricas de mi pueblo. Entonces, la enseñanza no era mixta y con ello, entiendo yo, echaba raíces entre nosotros, sin saberlo, alguno de los males que hoy nos escandalizan tanto: el machismo, el abuso sexual (hijo predilecto de la represión religiosa) y hasta la falta de ética en la política, porque entonces ya se decía aquello de que "quien tiene un buen padrino se bautiza".


Leo los periódicos y veo que en este febrero tropical nadie perdona a los miembros de la Orden de San Marcelino José Benito Champagnat Chirat, porque lo que ha pasado en Sants es muy gordo y lo empaña todo. Yo. como exalumno de los Maristas, quiero hacerlo, aunque me quede solo, para dejar constancia de que mi amor por los demás me lo enseñaron mis padres y estos Hermanos docentes que ahora están expuestos al escándalo público porque unos degenerados han olvidado la regla más sagrada que inculcó a la Orden su fundador, Marcelino Champagnat.


Lo hago, sobre todo, con la convicción de que, como yo, hay muchos niños de más de medio mundo que me imagino todavía se sienten muy orgullosos de la educación que han recibido de los Hermanos. Lo cual no impide que me solidarice con las victimas que han sufrido estos abusos injustificables y exija que la justicia actúe con todo rigor contra los que sean culpables, pero no generalizando contra una Orden que lleva tantos años demostrando en varios continentes que la mayoría de sus miembros, son lo que son, porque tienen una vocación religiosa que les obliga a cuidar de los niños por encima de cualquier otra cosa. Seamos justos, por favor, con los Hermanos Maristas.

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