martes, 24 de octubre de 2017 09:47
Opinión

USA, TIERRA DE PISTOLEROS

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

"Parece haberse tratado de alguien que iba conduciendo su vehículo y ha disparado al azar”, comentó el sheriff del condado. El resultado fue la muerte de siete personas -incluido un niño de ocho años- justo en el lugar donde se encontraban y sin ningún motivo o razón aparente. O sea, matar por matar. El suceso acaecido el pasado sábado día 20 en el estado de Michigan se suma a tantos otros que han convulsionado a la sociedad estadounidense en los últimos tiempos, y que desconciertan especialmente en otros países occidentales muy influidos por la cultura y los modelos de vida que se promocionan desde el país norteamericano. 


No puede hablarse de que el suceso se haya producido debido a condiciones ambientales especiales en torno al trágico incidente. Kalamazoo es una ciudad en el suroeste del estado de Michigan con una población de unos 75.000 habitantes y sede de la Western Michigan University. Es decir una urbe normal en un territorio normal del Medio Oeste estadounidense y donde, por ejemplo, la célebre compañía fabricante de guitarras Gibson estableció su primera sede comercial. Está situado no lejos del Lago Michigan y apenas a dos horas de coche de Flint, ciudad natal del cineasta Michael Moore, famoso por su película “Bowling for Columbine”. El filme de Moore obtuvo en 2002 el Oscar al mejor documental. Trataba de la masacre efectuada en 1999 por dos jóvenes escolares en la High School del mismo nombre junto a la ciudad de Denver. En aquella ocasión murieron 15 personas y 24 resultaron heridas, incluidos quienes perpetraron el ataque empleando un variopinto arsenal de armas de fuego, las cuales dispusieron a su antojo sin mayor control legal o familiar.


Si la acción asesina de Columbine estremeció a la sociedad estadounidense y al mundo entero por la frialdad en el cálculo de sus protagonistas y su precisa ejecución, la de ahora en Kalamazoo deja estupefactos a no pocos ciudadanos que aspiran a vivir llevando a cabo sus acostumbradas rutinas con una mínima garantía de paz y de seguridad. Los sociólogos tendemos a rebuscar en el medio social donde se producen estos hechos las posibles causas que expliquen lo que es “inexplicable”. Siempre existe, como no podía ser menos, una sociogénesis en las conductas de los asesinos sociópatas. Empero, las escuelas académicas de matriz comportamental cargan las tintas en las carencias psicológicas y las enfermedades mentales de los criminales implicados.


Naturalmente que existe una faz dañina de la sociedad humana, resultado del daño perseguido, y el cual suele ser tenido por necesario por quienes lo ejercen o lo legitiman. Pero el caso de Kalamazoo atañe al sinsentido de matar sin ninguna otra motivación o intencionalidad perseguida. ¿Cuántas de las 14,000 muertes por arma de fuego en USA durante 2015 fueron intencionales? Se intuye que la respuesta de nuestros lectores apuntaría a que así lo fueron en una mayoría de casos, aunque se puntualizaría que se produjeron por reacciones incontroladas o ‘calentones’ en discusiones o peleas. Lo que parece incuestionable es que las armas ejecutoras estaban en la práctica totalidad de los casos al alcance de la mano de los causantes de las muertes. Aquí reside un determinante en el crecimiento de la violencia letal por armas de fuego en los Estados Unidos de Norteamérica, que parece imparable. Las estadísticas hablan por sí mismas.


Entre 1968 y 2011 han muerte en EE.UU. por armas de fuego un millón cuatrocientas mil personas (Fuente: Politifact). Tal cifra contrastaba con el millón doscientas mil estadounidenses que perdieron la vida en todos las contiendas bélicas en las que se vio inmerso el país norteamericano desde su Guerra de Independencia hasta el último conflicto en Iraq.


En 2011 murieron por arma de fuego --aunque no fueran homicidios-- más de 32.000 personas, cantidad de fallecimientos equivalentes al número de personas que murieron en accidentes de coche el año pasado. Sin duda el aspecto más tenebroso e impactante de las muertes por arma de fuego en EE.UU. es su carácter “grupal”. En 2015 hubo 772 tiroteos masivos en las que resultaron muertas o heridas 2.345 personas (Fuente: Mass Shooting Tracker). No existen datos oficiales al respecto, pero se calcula que hay un total de trescientos millones de armas repartidas en el conjunto de los hogares estadounidenses. La población según el último censo poblacional de 2010 era de 309 millones, por lo que el ratio alcanzaba prácticamente a un arma por habitante, fuese de la edad que fuese.


El derecho a poseer armas en Estados Unidos se plasmó en la Segunda Enmienda a la Constitución de 1787 y ampara el derecho de los individuos a tener armas. Fue implementada en 1791 cuando existía en el país norteamericano un extendido resquemor a que las autoridades confiscasen las armas, como lo habían hecho los representantes de la administración colonial británica en el inicio de la Guerra de Independencia. Desde entonces han sido varios los intentos en el Congreso estadounidense por regular la producción, ventas y propiedad de armas, facultad que la propia Segunda Enmienda otorga al gobierno estadounidense. En tiempos recientes la poderosa NRA (National Rifle Association) ha neutralizado mediante su activo lobbying cualquier intento de los congresistas para limitar el uso de las armas. Recuérdese que tras la balacera en la escuela primaria de Sandy Hook en diciembre de 2012, a resultas de la cual murieron 28 personas, la NRA aumentó en 5 millones el número de sus miembros.


Es USA tierra de pistoleros, así representada en los populares western producidos por Hollywood y que han entretenido a generaciones de espectadores en todo el mundo. Lo que el séptimo arte mitificó en sus películas como legítimo derecho a la defensa de los industriosos colonizadores del oeste norteamericano, se ha convertido en una horrenda crónica de violencia y muerte. Una crónica que no debe dejarse al azar de los acontecimientos.



Luis Moreno es Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de “Trienio de mudanzas, 2013-15”

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