martes, 17 de octubre de 2017 11:44
Editorial

EL PSC HA PERDIDO UN TORNILLO

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Llevo varios días escuchando voces. Algunas, muy susurrantes y adictivas, sobre la deriva que algunos dirigentes socialistas de Catalunya han protagonizado en el último Consell Nacional del partido que dirige Miquel Iceta y que Catalunya Press resumió informativamente de forma muy precisa avanzándose a su competencia más directa.


Personalmente, no me apetece ya nada escribir en clave socialista porque, cada vez que lo hago, me cabreo más de la cuenta con impresentables como el alcalde sociata de Viladecans, pero después de engullirme en una sola sentada la entrevista del primer secretario socialista en El Periódico y el artículo en el mismo diario de Quim Coll, no he podido aguantarme más y he decidido ponerme delante del ordenador para escribir algunas líneas sobre la dimensión desconocida que está adquiriendo la línea oficial de un partido que, federado al PSOE, cada día que pasa pide más a gritos que Ferraz vuelva a sus orígenes y ponga sede con su marca histórica en Catalunya.


Siempre he tenido a mi amigo Iceta como un político con la cabeza muy bien amueblada, pero tras leerle sus últimas propuestas canadienses en el diario de Zeta, creo sinceramente que algo ha comenzado a deteriorarse en su alma de socialista de toda la vida.


Debe de resultar duro ver cómo tus compañeros de Santa Coloma o del Baix del Llobregat especialmente conspiran cada día para moverte de sitio la mesa del despacho, pero tirarse a estas alturas de la película al Lago Ontario para mantener la silla, demuestra que o que el coco ya no te da para muchos pensamientos internacionalistas, o que los que te rodean --¡ay, Miquel, los amiguetes!-- te han metido tanto miedo en el cuerpo, que solo puedes representar el papel de veleta de campanario en Nicaragua Street para poder seguir disfrutando del condumio.


Definitivamente, este PSC ha perdido un tornillo de forma singular desde que su sector más elitista y soberanista, versus carguista, devino en aproximarse al soberanismo de conveniencia de Artur Mas. En ese momento y ante el horizonte de la nueva Ítaca, todos los socialistas de conveniencia –entiéndase, los Maragall, Comín, Geli, Nadal, Tura o Castells-- deberían haberse llevado consigo a los del "sí pero no" que se quedaron calentitos en sus alcaldías por miedo a perder sus cargos y, con ellos, las siglas con el apéndice de renovado o renovador. Y el PSOE por su parte, y en paralelo, dejarse de tantas maniobras de camuflaje y rendir cuentas electorales con sus siglas que no tienen nada de deshonroso y con las que se puede pactar con cualquier grupo de la izquierda, incluidos los desafectos una vez concluidos cualquier tipo de comicios. O sea, cada uno en su casa y el socialismo, en la de todos.


Por no hacerlo, ambas partes están mintiéndonos a los catalanes y, por supuesto, engañándose a sí mismos. Porque el razonamiento es muy sencillo: en cualquier hipotético nuevo estado, siempre habrá siglas como el PSC que son tan legítimas y elegibles como las del PSOE, que también recoge votos. Lo de transversalidad, en los tiempos que corren,hay que dejárselo para su exhaustivo estudio, sin subvención pública posible, a la Fundación Trias Fargas o a su rival la Rafael Campanals, que ambas son refugio de eruditos y eminentes conocedores de la sabiduría política, que seguro encuentran la forma de explicarnos el fenómeno haciéndolo compatible con el independentismo, para mayor satisfacción de la renovada Convergència o de la actual ejecutiva del PSC.

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