viernes, 20 de octubre de 2017 10:55
Opinión

CAUSAS DEL ENFRENTAMIENTO EN EL PARTIDO SOCIALISTA

Antonio Antón
Antonio Antón

Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Sanchez diaz


El enfrentamiento en el Partido socialista se produce por los intereses contrapuestos y las respuestas diferentes ante su prolongado declive representativo y electoral de dos grupos de poder, representados por Sánchez y los barones territoriales.


La desafección ciudadana hacia el Partido socialista se inicia frente a los ajustes, la reforma laboral y los recortes sociales del Gobierno de Zapatero, en mayo y junio de 2010; a partir de entonces se inicia todo un proceso de indignación cívica y un ciclo de la protesta social, simbolizado por el movimiento 15-M, las mareas ciudadanas y las grandes (y pequeñas) movilizaciones populares. Todas las iniciativas de justificación (‘comunicación’) de esa estrategia y de cambio de liderazgo van fracasando. En las elecciones generales de 2011, con la gestión de Zapatero y el ‘nuevo’ liderazgo de Rubalcaba ya pierden 4,3 millones de votos. 


Las elecciones europeas de 2014 demuestran su impotencia para recuperar credibilidad social. El nuevo liderazgo de Sánchez (joven y no contaminado directamente por la gestión gubernamental anterior) no permite tampoco remontar la tendencia y pierde otro millón y medio más el 20-D-2015. Suman casi seis millones, la mitad de su electorado de 2008, al comienzo de la crisis. El 26-J-2016 tampoco da esperanzas de recuperación. Por último, las recientes elecciones gallegas y vascas afianzan su debacle e irrelevancia.


La responsabilidad del continuado declive representativo no es (solo) por el ‘liderazgo’: por un lado, Felipe González, Almunia, Rubalcaba, ligados directamente al poder establecido, fueron desplazados por los electores; por otro lado, Zapatero (en sus comienzos), así como Borrell y Sánchez, que no han llegado a gobernar, han sido algo autónomos y renovadores, y han terminado siendo echados por las élites partidistas ‘felipistas’; por tanto, la solución Susana Díaz, aparte de representar lo más derechista, centralista, jerárquico y caduco del PSOE, tampoco va a ser la solución. El problema no es de ‘comunicación’; es de contenido del discurso y, sobre todo, de sus prácticas. Los camuflajes retóricos y la fuerza de su aparato mediático (grupo Prisa…) son insuficientes para recuperar credibilidad social.


Fundamentalmente, la causa de fondo de su desplome está en su estrategia y su gestión, cada vez más alejada de las necesidades y demandas populares. Históricamente, el papel de la socialdemocracia ha sido ambivalente. Pero en este proceso de crisis sistémica y graves efectos sociales para la mayoría ciudadana, sus aparatos más relevantes se han decantado por el poder establecido y la austeridad y han incumplido sus compromisos democráticos y sociales. No representan una mejora para el bienestar de las capas populares, ni siquiera para la articulación territorial de la diversidad nacional. No son capaces de salir de la crisis de identidad y de proyecto. Y no hay rectificación, ni gestión, ni discurso alternativo, solo algo de retórica amable sin credibilidad para la gente progresista, joven y urbana.


No vale utilizar el victimismo socialista por una supuesta agresividad de Unidos Podemos (dejando aparte algunos sectarismos y salidas de tono) o por su deseo (legítimo) de adelantar al PSOE de forma democrática. Esta posición victimista es falsa. Por una parte, esconde las causas de fondo de su crisis y agotamiento, ya expresadas en la urnas en las elecciones generales de diciembre del año 2011 –la desafección de 4,3 millones de personas- (y antes y después en las calles, plazas y centros de trabajo), cuando Podemos todavía no existía. Por otra parte, elude (o justifica como ‘todo vale’) que su estrategia de acoso y acorralamiento contra Podemos (en colaboración con la derecha y los poderes fácticos) ha sido de una dimensión completamente desproporcionada y abiertamente antidemocrática y sectaria. Y apenas hay atisbos (unitarios) de cambio de actitud, todavía menos en la Comisión gestora.


Ese declive del PSOE es más grave en el plano comparativo. Por un lado el PP, a pesar de su pronunciado descenso electoral respecto del año 2011 y su marco de corrupción, el 26-J ha mantenido e incrementado su distancia. Por otro lado, se consolida la capacidad representativa e institucional de Unidos Podemos y las convergencias en un nivel similar al suyo propio. La crisis socialista tiene profundas raíces políticas y estratégicas que siguen sin resolver. Pero sus efectos de pérdida de poder institucional y político son muy duros para un partido de poder y ‘ganador’.


Una parte del diagnóstico está clara para su dirección: insuficiente credibilidad y liderazgo para representar un proyecto de cambio progresista. El objetivo común es frenar esa sangría de desafección electoral, reforzar un proyecto autónomo (de la derecha y de Unidos Podemos) y ‘ganar’ poder institucional. Ahí es cuando vienen las insuficiencias de diagnóstico, los errores estratégicos y su sustitución por soluciones falsas, así como la agria división por distintas respuestas de liderazgo. No hay relato ni reconsideración estratégica y de alianzas para frenar la dinámica regresiva y autoritaria del poder liberal conservador y garantizar unas políticas al servicio de la gente, con un Gobierno de progreso equilibrado.


Esa ausencia de rectificación de la orientación de fondo y el consiguiente bloqueo de su representatividad les lleva a un callejón sin salida respecto de su objetivo de recuperación política e institucional. Una vez fracasado el reparto de responsabilidades hacia el ‘enemigo’ externo (Unidos Podemos y convergencias), cada bando busca chivos expiatorios internos (el otro bando) para presentarse como salvación ante la defenestración del otro grupo dirigente. La dinámica cainita se refuerza, sin aportar ninguna solución, más allá del deseo de ‘ganar’ con un proyecto autónomo.


Las diferencias de los dos bloques internos son, sobre todo, corporativas o de poder. En la práctica siguen existiendo dos opciones: apoyar la gobernabilidad del continuismo, de la mano del PP (y Ciudadanos); o apostar por el cambio real, aunque negociado, con Unidos Podemos (y las fuerzas nacionalistas). El NO de Sánchez a Rajoy, aparte de su evidente justeza, tenía un objetivo instrumental: ir con esa bandera a unas nuevas elecciones en las que lograr un mayor desgaste de su competidor directo (Unidos Podemos y aliados) y un mayor reequilibrio a su favor (distintas fuentes hablaban de lograr al menos cien diputados frente a cincuenta). Solo que esa hipótesis, después del espectáculo ofrecido, es todavía más incierta y choca con la ‘responsabilidad’ de evitar la prolongación de la incertidumbre de la ‘gobernabilidad’ y la aventura del probable desplome electoral.


Sánchez ha topado con los intereses de los poderosos. Su plan, aunque podría haber resultado eficaz para su estabilidad, era demasiado sutil y arriesgado. Además, tras estas semanas de pelea interna, con exposición pública en el Comité Federal de todos los viejos defectos sectarios y corporativos de la vieja política, así como la actitud antidemocrática de la mayoría de dirigentes de ambos bandos, la hipótesis ‘ganadora’ de Sánchez para las próximas elecciones generales se evapora. Solo quedaba, de forma descarnada, el objetivo de su continuidad dirigente, sin ningún valor añadido para el nuevo grupo mayoritario del PSOE.


Su relato del NO pierde fuelle: es insuficiente para debilitar al PP y no va acompañado de la estrategia de cambio real y las fuerzas unitarias suficientes para completar una alternativa realista. La defensa del NO se queda a mitad de camino, en tierra de nadie, ni de parte de los poderosos, que ya piensan en recomponer las derechas, ni de las fuerzas alternativas. Podría tener más apoyo en su base militante, incluso ser capaz de resistir esta transición y volver a aspirar a ganar las próximas primarias y Congreso (¿dentro de un año?) pero a condición de completar el segundo paso: la alternativa de un proyecto de progreso, unitario y compartido con Unidos Podemos y aliados. Pero es a lo que hasta ahora se opone frontalmente poniendo por delante un proyecto continuista bajo su hegemonía absoluta, con la recomposición del bipartidismo (imperfecto) y la subordinación o debilitamiento de Unidos Podemos.


Sin embargo, esa ensoñación está fuera ya de la historia, es irreal y solo conduce a su fracaso. Así, solo queda una motivación: sostener su liderazgo precario, con una base social limitada, sin soluciones para la gente ni utilidad para los poderosos. Al parecer de los críticos, Sánchez arriesga al PSOE a un papel subordinado respecto de la derecha ahora o todavía más dependiente después de ‘sus’ elecciones generales. Para los barones, la abstención actual, negociada, vendría a paliar el riesgo del descenso electoral y político, la mayor hegemonía de la derecha, el posible sorpasso de Unidos Podemos y, por tanto, su menor relevancia y utilidad para el poder establecido. Es el relato para ‘persuadir’ sobre la abstención.


En consecuencia, el plan de Sánchez no convence al aparato político e institucional socialista. Por un lado, no frena a Unidos Podemos y aliados, ni contribuye al cierre de la dinámica de cambio sustantivo y representativo. Por otro lado, no garantiza una remontada socialista, un proyecto formal y retóricamente autónomo aunque dentro del consenso constitucional, centralista y neoliberal y, salvo algunas parcelas de poder territorial, subordinado a la derecha.


La pugna, en definitiva, se queda en algunos reajustes de poder y liderazgo. Por supuesto, sangrientos, manipuladores y dependientes del poder institucional, económico y mediático, pero sin una conexión con una trayectoria de progreso. La respuesta vuelve a ser comunicación y liderazgo, sin reorientación ni regeneración. Para ellos la decisión clave es, sobre todo, quién y cómo gestiona el poder remanente, asegura una recuperación electoral y garantiza la estabilidad institucional. No hay grandes diferencias estratégicas y políticas.


Todavía no hay un resquebrajamiento significativo sobre sus objetivos básicos: ‘ganar’, debilitar a Podemos, renovar el bipartidismo, garantizar la ‘gobernabilidad’ y reacomodarse ante la estrategia liberal-conservadora-socialdemócrata. No hay nada de refundación política, reelaboración de nuevo discurso o dinámica transformadora. La solución a la crisis sistémica no puede venir del interior del PSOE.


Las derechas (PP con un Ciudadanos subalterno) tienen unos intereses y un discurso claro y consiguen una base social importante que no alcanza a la mayoría ciudadana. El electorado progresista podría ser mayoritario. Dentro de su ambivalencia, la dirección del PSOE reniega de una alternativa de progreso. El cambio será más lento y difícil, ya que debe madurar más la crisis de un PSOE socioliberal, subalterno de la derecha. No obstante, la legitimidad de la derecha es muy insuficiente y su dominio institucional limitado. Aunque ahora el PP salve la investidura de Rajoy, no hay que descartar una crisis institucional o de gobernabilidad a medio plazo, incluso como oportunidad instrumental para el propio PSOE (y Ciudadanos), en un ambiente cívico de oposición social y política a su gestión regresiva. Es el miedo de la dirección del PP. Volverían a aparecer, incluso en el contexto de las elecciones municipales y autonómicas de 2019 (o antes), parecidos dilemas sobre el cambio de Gobierno.


Pero, sobre todo, la construcción de una alternativa debe reposar en el desarrollo de un proyecto de cambio frente a la derecha, con un nuevo ciclo de defensa de políticas progresivas, basado en la participación popular y, por tanto, en el arraigo e iniciativa de la representación política alternativa.


Existen precedentes de ruptura de estructuras de poder partidista e institucional (escisión del PNV con EA, en el año 1986), aparentemente homogéneas y sin muchas diferencias iniciales de contenido político. Pero luego han cristalizado en la división total de grupos de poder y sus dirigentes han tenido que justificarse y legitimarse con un nuevo discurso diferenciado. Su evolución depende de que tenga éxito para ganar posiciones políticas e institucionales. Es difícil que el actual PSOE y el grupo de Sánchez llegue a esos extremos, incluso que gane y gire hacia la izquierda (como el laborismo británico de Corbyn) o se constituya una fracción significativa por la izquierda (al estilo francés o alemán). Lo que sí existe en una parte significativa de su afiliación descontenta con esta deriva de su dirección, cuya reflexión y actitud debe madurar, facilitando puentes tras una propuesta unitaria de progreso. 

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