lunes, 11 de diciembre de 2017 18:19
Opinión

LAS NIÑAS DE BOKO HARAM YA ESTÁN EN CASA

Carmen P. Flores
Carmen P. Flores
Directora de Pressdigital

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Boko


La esperanza es lo último que se pierde. Con esa ilusión van sucediendo los días esperando que se cumplan los deseos o que el tiempo, verdadero marcador de nuestras vidas, nos haga más llevadera la decepción que nos invade por el sueño no cumplido.


"La esperanza y el temor son inseparables y no hay temor sin esperanza, ni esperanza sin temor", decía François de La Rochefoucauld, escritor francés del siglo XVII. Después de más de dos años, los asesinos de Boko Haram han dejado libres a unas veinte "niñas" de las más de doscientas que secuestraron cuando estaban en sus escuelas y que viven en la más despreciable esclavitud.


Se fueron con la inocencia de la niñez y volvieron con la tristeza de haber sido utilizadas como esclavas sexuales de unos indeseables que les arrebataron la inocencia por la fuerza, apartándolas de un mundo en el que se sentían protegidas y, como un mal sueño, despertaron en un infierno sin saber qué habían hecho para merecer eso.


La crueldad vivida durante estos años en manos de esos criminales ha dejado huellas en sus cuerpos y mentes. Han dado el salto de niñas a mujeres de la manera más ignominiosa, que es como saltar al vacío sin estar preparada.


Las imágenes que nos ofrecían las televisiones del reencuentro de las jóvenes con sus familiares no dejaban duda de lo que han debido sufrir. Sus caras denotaban tristeza, padecimiento y resignación. Algunas de ellas venían con sus hijos en brazos, fruto de las violaciones sufridas. Otras, estaban embarazadas a la espera de esos hijos a los que querrán, seguramente, pero que les recordarán que su existencia no ha sido querida, sino fruto de las violaciones.


¿Qué futuro les espera? Más de una, como decían sus padres, volverán al colegio para seguir estudiando yasí recuperar el tiempo perdido. Prepararse para luchar con una buena formación para que los salvajes de Boko Haram desaparezcan, no solo de sus vidas, sino de esos países donde sus acciones criminales se cobran cada día las vidas de miles de personas y la libertad de las que siguen viviendo con el miedo de que puedan ser las próximas que pasen por las armas.


El mundo civilizado no debe seguir mirando para otro lado mientras siguen dejando que asesinos campen a sus anchas, y la muerte sea la única compañera que tengan mujeres, hombres y niños. "Los cobardes mueren muchas veces antes de morir", decía Mahatma Gandhi. 

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