viernes, 22 de septiembre de 2017 06:18
Opinión

TRUMP, PRESIDENTE DE LA FRUSTRACIÓN

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Donald trump op


De nuevo la sorpresa. Cuando buena parte de los medios de comunicación, los dirigentes y los ciudadanos de los países del hemisferio occidental estaban convencidos de una victoria de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales USA, los resultados les han llevado la contraria. Fue como otra puesta en práctica del ‘efecto demostración’, mediante el cual los votantes deciden comportarse en manera diversa a lo que se espera de ellos; una forma de conducta electoral que se ha repetido en los últimos tiempos.


Así ha sucedido especialmente en lo que afecta a elecciones de tipo binario, como las presidenciales estadounidenses, o los referéndums. Los casos del Brexit o de la ratificación del Acuerdo de Paz en Colombia han ilustrado recientemente resultados también inesperados para muchos observadores políticos. Estos últimos deberían estar curados de salud ante semejantes giros ‘imprevistos’ en los comportamientos demoscópicos ciudadanos. Y es que suele olvidarse el axioma de que dos más dos no suman siempre cuatro en el mundo de las ciencias sociales y humanas.


Verdad es que la elección fue muy competida, lo que reflejan los porcentajes de votos populares obtenidos por los candidatos: Trump, 47, 7% y Clinton, 47,5% (a la hora de escribir estas líneas). La diferencia entre el número de compromisarios estatales tampoco fue muy grande, aunque no dejó lugar a dudas. Pero hay varias reglas que sí se cumplieron haciendo posible la incuestionable victoria del millonario neoyorquino.


Entre ellas valga individuar el emblemático triunfo de Trump en Ohio. En este estado, y desde 1960, siempre ha ganado el candidato elegido finalmente presidente. Así ha sucedido también 28 veces de las 30 elecciones disputadas durante los últimos 120 años. Se ha llegado a afirmar, por tanto, que quien gana en Ohio gana en el conjunto de los Estados Unidos. En el caso del éxito de Trump se ha convalidado dicha presunción validando algunas previsiones de conducta electoral.


La composición social y demográfica de Ohio, sin embargo, no es completamente representativa de todo USA. Precisamente dos de las desviaciones en la estructura social del estado del Medio Oeste han sido clave para entender el triunfo del candidato republicano. La primera tiene que ver con el mayor número de votantes blancos que han conformado tradicionalmente la supremacía de los WASP (White-Anglo-Saxon-Protestant, Blancos Anglosajones Protestantes) en el país norteamericano.


Los blancos caucásicos --como así se les denomina en EE.UU.-- conforman una mayoría poblacional de aproximadamente dos terceras partes (excluyendo a los hispanos de raza blanca), aunque sólo la mitad son protestantes. Se dice que el declive WASP contrasta con el aumento de los hispanos, tres cuartas partes de los cuales son católicos, y que en 2012 alcanzaban un porcentaje del 17% de la población censada. De manera nítida el voto hispano fue para la Clinton, pero no es menos cierto que en estas elecciones las preferencias mayoritarias de los WASP han quedando bien patentes con la elección de un blanco de madre escocesa y abuelos paternos alemanes.


El segundo aspecto en el que la estructura social de Ohio difiere de la media nacional es el de su menor número de electores con educación superior. Corrobora ello que una mayoría de votantes de la Norteamérica profunda, generalmente residentes en pequeñas ciudades y medios rurales, han apoyado decisivamente a Trump. Respecto a estos electores, los “lobbies” e intereses organizados de las ideas conservadoras estadounidenses han pertrechado culturalmente un discurso reduccionista sobre ‘ganadores y perdedores’ que ensalza el ‘logro personal’ como expresión del ‘sueño americano’ (American Dream) en la pugna individual por la riqueza y la libertad de elección, aspiraciones a las que todo el mundo tiene derecho. Un discurso que, se arguye, estaba originariamente en el código de conducta de los ex colonizadores europeos de USA y que Trump ha sabido instigar muy efectivamente


Ambos grupos sociales mencionados en el caso de Ohio han ilustrado un sentimiento más general y extendido en EE.UU. que explica en gran medida el triunfo de Trump: la frustración. Se trata una frustración subliminalmente aludida en el eslogan de la campaña de candidato republicano: “Make America Strong Again” (Haz de nuevo fuerte a los Estados Unidos). No deja de ser significativo el apoyo a Trump de otro estado del Medio Oeste, como Michigan, cuya capital, Detroit, fue otrora centro mundial de la industria automovilística.


La rampante crisis socioeconómica de ese populoso estado ha sido retratada implacablemente por uno de sus nativos, el cineasta Michael Moore. Allí, Trump ha insistido en sus promesas como abanderado en la (re)creación de nuevos empleos manufactureros para las bajas clases medias WASP. La frustración y hasta la revancha étnica de amplios segmentos del votante medio ‘blanco’ contra las minorías raciales, así como la articulación electoral de su odio a todo lo que representa el gobierno ‘aristocrático’ de las elites en Washington DC, están en el fuerte elemento de frustración que ha posibilitado el triunfo de Donald Trump.


La victoria presidencial ha tenido su correlato en los triunfos de los candidatos republicanos en la paralela elección de senadores para renovar un tercio de la cámara alta, así como de todos los representantes de la cámara baja. Ello podría traducirse en una nueva edición de la estrategia del arramble, o de la política del ‘ganador todo se lleva’ (“winner-takes-all politics”) de pasadas administraciones. Con un poder legislativo también en manos del viejo partido de Abraham Lincoln, es bastante probable una orientación más hacia la derecha del poderoso Tribunal Supremo, el cual aguardaba el resultado de las elecciones presidencial para proceder a la sustitución del conservador juez Antonin Scalia, fallecido hace unos meses.


Más adelante analizaremos las implicaciones de los resultados de las elecciones presidenciales y legislativas para los propios Estados Unidos (¿se mantendrá el Obamacare, programa de sanidad de vocación universalista?; ¿se construirá el muro de separación entre USA y México para frenar a los inmigrantes?), así como para el resto del mundo (¿se estrecharán las relaciones diplomáticas con la Rusia de Putin frente a la consolidación de la UE?; ¿se materializará el fuerte incremento en el gasto militar para luchar contra el islamismo terrorista?). Habrá que dar tiempo al tiempo.

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