viernes, 22 de septiembre de 2017 06:20
Opinión

POPULISMOS, ¿CUÁLES?

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Manos


La segunda acepción recogida por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al populismo como la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”, subrayándose su sentido peyorativo. Tal explicación aclara poco respecto a una expresión que se utiliza a diestro y siniestro. Y es que hoy proliferan populistas situados en la derecha, el centro y la izquierda del espectro político, ya sean a nivel global, nacional o hasta local.


Tras la victoria de Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses se han intensificado los epítetos contra el populismo. No muy lejos geográficamente del país norteamericano, el presidente Daniel Ortega también ha sido tildado de populista después de su triunfo en las recientes elecciones nicaragüenses. Pese a su común denominación como populistas, ambos políticos no podrían estar más alejados ideológicamente entre sí.


La antigua Roma ha provisto de numerosos ejemplos de las categorías políticas experimentadas posteriormente por nuestra civilización occidental. Las conjuraciones del patricio Catilina ilustran un primer movimiento populista promovido por el rival de Cicerón y la ‘casta’ aristocrática, y que reivindicaba ampliar el poder de las asambleas plebeyas con capacidad para proponer iniciativas como la cancelación de las tabulae novae (deudas de los morosos y ciudadanos pobres).


En tiempos recientes, otro movimiento de gran arraigo popular lo impulsó Juan Domingo Perón en Argentina. Su carisma, reivindicado entre sus herederos más recientes (Kirchner), alcanzó altas cotas de popularidad. El peronismo pretendió auspiciar un espacio ideológico entre las grandes corrientes ideológicas del siglo XX. Evita, la esposa del general, lo expuso en las arengas a sus queridos descamisados contra “el capitalismo foráneo”, traficante de la soberanía argentina.


Perón, al igual que Getulio Vargas en Brasil o Lázaro Cárdenas en México fueron populistas que combatieron a las oligarquías de sus países. Como representantes de un populismo nacional encontraron su contrapunto, decenios más tarde, en un populismo de corte neoliberal que asumió en buena parte de América Latina las tesis globalizadoras del Consenso de Washington (1989). En Argentina, un político de matriz peronista como Carlos Menem adoptó fervientemente tales tesis en las antípodas de las políticas autárquicas y de sustitución de importaciones promovidas por el primer peronismo. Los postulados del populismo ilustran paradójicamente la dicotomía --y hasta la contradicción-- dentro de una misma ideología.


Desde hace algunos lustros, se hace referencia en Latinoamérica a una nueva hornada de populismos en el caso de los movimientos liderados por Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia. Serían estos últimos populismos de izquierda, aunque compartirían con sus homónimos de derecha la presencia de jefes o líderes fuertes con gran capacidad de movilización popular de las ‘masas’.


Hasta aquí el lector se habrá hecho una idea de algunas de las características o rasgos del fenómeno populista. Pero quizá permanecerán las dudas. Permítaseme echar mi cuarto a espadas en esta discusión con un ánimo clarificador. A mis estudiantes les ofrezco una definición general de las propuestas populistas como “aquellas que un buen número de ciudadanos quieren escuchar y eventualmente apoyan, aunque su realización sea políticamente inviable o no deseable”. Se dirá que semejante explicación es similar a la de ‘demagogia’, si bien esta última es un recurso retórico o instrumental para materializar ambiciones políticas, las cuales son generalizables a todo tipo de políticos y políticas, sean o no populistas. Además, si el 'populismo', según la acepción del diccionario de la Lengua Española reproducido en el comienzo de este artículo, trata de atraerse el favor de las clases populares y, por ende, el mayor número posible de votantes, todas las formaciones políticas en nuestras democracias cabrían ser consideradas como populistas. O sea que volveríamos a la casilla de partida en nuestro periplo conceptual si no aportásemos algún elemento adicional.


¿Qué mejor esclarecimiento que añadir adjetivos calificativos al sustantivo del populismo? En realidad tales adjetivos deberían cumplir su función resaltando específicamente las propiedades que se le atribuyen al populismo. Tomo prestado de mi colega y amigo, Cesáreo Rodríguez-Aquilera de Prat, su último análisis del triunfo electoral de Trump para ilustrar dicha propuesta explicativa. Escribe el politólogo barcelonés sobre el “triunfo del populismo reaccionario”, descripción que no puede describir mejor el tipo de populismo desplegado por el millonario neoyorquino. Su lema de campaña (Make America great again, “Haz que Estados Unidos sea grande otra vez”) expresa genuinamente, y con gran economía de palabras, el carácter reaccionario de su populismo. Cabe recordar que reaccionario es un término referido a ideologías o personas que aspiran a instaurar un estado de cosas anterior al presente. Y no es otra cosa lo que Trump ha ofrecido a los electores estadounidenses, es decir una reacción para recuperar lo que considera su grandeza perdida.


Naturalmente el calificativo de ‘reaccionario’ puede tener un significado denigratorio en diversos sectores sociales. De parecida manera calificar, por contraposición, como ‘revolucionario’ otros populismos que pretenden emular el asalto al Palacio de Invierno para conferir todo el poder a los consejos populares de los ‘soviets’, no gozarían de mejor prensa. Sea como fuere, acostumbrémonos a suplementar al populismo con calificativos tales como: ‘de derechas’, ‘de izquierdas’, ‘eurófobo’, ‘nacionalista’, ‘neoliberal’, ‘racista’, ‘reaccionario’, ‘religioso’, ‘revolucionario’ o ‘xenófobo’. Todos ellos componen un muestrario limitado pero susceptible de ser ampliado con nuevos matices y atributos. Para ello es conveniente estar a atentos a sus manifestaciones patológicas. Va en ello la propia condición humana como zoon politikón (animal cívico).

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