viernes, 22 de septiembre de 2017 06:19
Opinión

HOMBRES 'POYOYOS'

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Movilmetro


No importa sobre qué pueda hablarse en la conversación. Siempre apostillan a cualquier observación, comentario u opinión el latiguillo: "Pues yo creo…", "pues yo pienso…" o el más imperativo, "pues yo haría…". Pues yo, pues yo… Son los ‘poyoyos’ que reafirman su presencia antes otros interlocutores, importándoles poco el intercambio de ideas o pensamientos con otros humanos. Son personas autorreferenciales que consideran su existencia como el alfa y omega de su paso por el mundo. Son seres, en suma, que viven por y para ellos mismos, comunicándose con la ‘vida de los otros’ por razones prácticas y de conveniencia. Son ejemplo de un egoísmo homologable al común de las gentes, pero que en su caso alcanza proporciones desnaturalizadores fruto de una individualización y un ensimismamiento irresistibles.


No hace mucho, cuando se viajaba en el metro u otros medios de transporte público llamaban la atención el gran número de ávidas lectoras enfrascadas con sus libros, ahora devenidos soportes de lectura electrónica. Los títulos de los textos dejaban entrever una preferencia por la literatura, y en especial las novelas. Hoy la inmensa mayoría de los pasajeros viajeros se entretienen con sus móviles de variadas funciones y con una intensidad que olvidan las buenas costumbres, por ejemplo, de ceder el asiento a una persona mayor o con dificultades corpóreas. El poyoyo es su yo y su móvil. Y los es en modo intenso e innegociable.


El desarrollo económico de los últimos tiempos ha impulsado un tipo de individualismo, a menudo posesivo, como norma comportamental: el ciudadano es en sí mismo único propietario de sus destrezas y capacidades y, según su perspectiva, de ello no debe gran cosa a la sociedad. Además tales destrezas y competencias son mercancías que puede comprar y vender en un mercado libre de interferencias reguladoras. Para la concepción asocial del individualista posesivo, la sociedad es un constructo humano cuya única finalidad última es proteger a los individuos y sus propiedades, manteniendo el orden en las relaciones de intercambio entre las personas como propietarios. La sociedad queda reducida a la sociedad de mercado, donde la independencia personal prevalece sobre cualquier otra consideración. En vez de una militancia de hostilidad hacia el colectivo social, se prefiere una posición de autosuficiencia en clave personal con una evitación de obligaciones sociales


En tal marco asocial cuenta sobremanera la insaciable pulsión por el consumismo egoísta y la avaricia acaparadora, identificados ambos como inapelables motores de la existencia humana y principios guía de toda actividad económica. Según la seminal idea del consumismo conspicuo (conspicuous consumerism) conceptualizada por Thorstein Veblen (1857-1927), ya se señalaba que el capitalismo consumista en el que ahora nos vemos inmersos haría a los ciudadanos cautivos de la industria de la satisfacción individual inmediata.


La siguiente vuelta de turca en la vida de los poyosos, se nos dice, es su inescapable onanismo relacional. Con el acrónimo MGTOW (A Man Going His Own Way, u ‘hombre que van a la suya’) se quiere significar en inglés un fenómeno social originario en las sociedades anglosajonas promotoras de la mercantilización personal y referidas a un grupo o comunidad de hombres generalmente heterosexuales conectados a su cordón telemático y que han elegido una filosofía y estilo de vida que evita las relaciones románticas y, eventualmente, los compromisos legales de convivencia en pareja. Los MGTOW (pronúnciese MIG-tau) son poyoyos persuadidos de que son ellos mismos quienes tienen que fijar ‘soberanamente’ sus objetivos de vida. Y, claro está, tales propósitos deben formularse sin interferencias exteriores en nombre de un liberalismo emancipador. En lo que hace a sus relaciones de pareja prima el autointerés como norma instrumental de convivencia.


El Prof. Luis Garrido exponía no hace mucho en un esclarecedor artículo de opinión que la soledad estaba ganando adeptos en España, frente a quienes apuestan por una “relación libremente acordada”. Con un encomiable afán pedagógico mi colega y amigo sociólogo aseveraba que, según los datos de la EPA (Encuesta de Población Activa, II/2016), apenas un 19% del total de las españolas entre 20 y 34 años estaban casadas. De realizar una proyección estadística mecánica, y si continuase esta tendencia, en 2030 no habría ninguna española casada en estas edades: ¿sería ello una inapelable consecuencia del poyoyismo imperante, sobre todo masculino?


Naturalmente los científicos sociales hacemos uso -y en ocasiones abuso- de técnicas de proyecciones y regresiones estadísticas con fines de cientificidad para sostener empíricamente nuestras hipótesis. Además de su excelencia y elegancia explicativas nuestros empeños también suelen funcionan como profecías que se autocumplen. Es decir, son extrapolaciones hacia el futuro que aunque en apariencia pudieran parecer exageradas o hasta ‘falsas’, despiertan un interés en las gentes haciendo que se comporten en modo tal que se vuelvan ‘verdaderas’. Es como una fuerza persuasora que implica que las cosas vayan a suceder para que, finalmente, sucedan.


Para quien estas líneas redacta, la posibilidad de encontrar una pareja para compartir su vida personal y familiar en su juventud mediante una agencia matrimonial ‘online’ era cosa simplemente inimaginable. Según datos de hace un par años, más de la tercera parte de los matrimonios en Estados Unidos habían fructificado por medio de internet. No sólo las populares redes sociales, tales como Facebook, facilitaban contactos y encuentros sino, más específicamente, las agencias de contactos de la red habían experimentado una auténtica eclosión en los últimos tiempos. Raro es que en nuestros círculos familiares y de amistades no identifiquemos a parejas de jóvenes que convivan tras haberse ‘conocido’ por medio de internet.


En el caso de los hombres poyoyos, el desprestigio del amor es cada vez mayor, lo que se manifiesta en una mayor hostilidad hacia la formación familiar. Además sucede que aunque los jóvenes se identifican con valores igualitarios en mayor medida que sus progenitores, cuando aceptan vivir en pareja tienden a asumir un reparto desigual de las tareas de convivencia. Es ése un elemento crucial en el desarrollo futuro de nuestros sistemas sociales, particularmente en Estados del Bienestar mediterráneos como el nuestro. El asunto posee una enjundia decisiva para la cohesión y justicia social de nuestras sociedades, y que merecerá la atención de un próximo artículo de opinión. En el entretiempo, dediquemos alguna reflexión a la insoportable levedad del hombre poyoyo… 

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