lunes, 1 de mayo de 2017 00:31
Opinión

EN EL 25 ANIVERSARIO DEL TRATADO DE MAASTRICHT

Fernando Guirao
Fernando Guirao

Unineuropea


Hace unos días se cumplían 25 años de la firma del Tratado de Unión Europea en la ciudad holandesa de Maastricht, el 7 de febrero de 1992. La entrada en vigor de dicho tratado, el 1 de noviembre de 1993, creó la Unión Europea actual. La historia del Tratado de Maastricht refleja lo mejor y lo peor de la integración europea. El aspecto más positivo fue que supuso la creación de una moneda y una ciudadanía comunes mediante las cuales la nueva Alemania surgida de la caída del muro se comprometía a seguir íntimamente ligada a sus socios comunitarios y, a su vez, los socios comunitarios de la República Federal se comprometían a adaptar la casa común europea a las nuevas circunstancias de la postguerra fría. Además, se creó, en un contexto de guerra en los Balcanes, el germen de una política exterior y de seguridad comunes. En definitiva, el Tratado de Maastricht proyectaba un futuro en el que los ciudadanos de la Unión compartiríamos intereses, riesgos y valores. No parece que hoy podamos decir lo mismo, ¿qué ha pasado?


El parto de Maastricht no fue fácil. La moneda común se diseñó bajo la amenaza de la rápida subida de los tipos de interés decididos en Alemania para acomodar los costes de la reunificación. Como la moneda europea —se llamaría ‘euro’ a partir de diciembre de 1995— no se pudo diseñar mejor, algunos arguyeron que el proyecto se perfeccionaría a posteriori. Que nada se hizo al respecto lo descubriría la opinión pública cuando la crisis financiera, vía Grecia, puso en jaque la existencia misma del euro en 2010-12. Los dirigentes de los países acostumbrados a ajustes periódicos vía devaluación (como España) se comprometieron a llevar a cabo las reformas institucionales que habrían de acelerar la convergencia real, más allá de la nominal, de sus economías y sociedades. Si se intentó fue con escasa convicción y menor acierto. Aún hoy la opinión pública española no ha merecido una explicación que permita delimitar responsabilidades al respecto.


El proceso de ratificación del Tratado de Maastricht alertó de que algo iba mal. El texto original fue rechazado en referéndum en Dinamarca (2 de junio de 1992), aunque por un estrechísimo margen, y aprobado en un segundo referéndum (18 de mayo de 1993), tras la incorporación de las principales reivindicaciones danesas, junto al opt-out negociado en su día por el gobierno británico. Tras un plácido referéndum en Irlanda (18 de junio de 1992) vino el francés (20 de septiembre de 1992), mucho más tumultuoso, a pesar del aprobado raspado (51,4%) que mereció ya que fue precedido de la primera fase de la crisis del Sistema Monetario Europeo (SME).


La liberalización de los movimientos de capital, decidida en junio de 1988 y en vigor a partir de julio de 1990, permitió a los mercados testar la fiabilidad de los criterios de convergencia que establecían, entre otras cosas, que la moneda de un futuro miembro de la Unión Monetaria Europea no podía abandonar la banda de fluctuación del SME durante un mínimo de dos años antes del examen de ingreso. El suspenso fue tan general que se ampliaron las bandas de fluctuación de ±2,25% a ±15% de manera que todos los Estados que se mantuvieran en el mecanismo de tipo de cambio del SME pudieran cumplir el citado criterio. Esta fue la primera de las varias trampas que jalonaron el proceso.


El caso es que los mercados suspendieron a todos los países que más han sufrido en la crisis actual: España, Irlanda, Italia y Portugal, además de Dinamarca, Finlandia, el Reino Unido y Suecia. Alertados, Dinamarca y el Reino Unido decidieron no participar en la unión monetaria (Suecia tampoco tras su adhesión en enero de 1995), mientras que Finlandia llevó a cabo un colosal cambio de modelo productivo que le permitió aceptar la lógica de la unión monetaria tras su adhesión en 1995. Por el contrario, los gobiernos de España, Irlanda, Italia y Portugal entendieron el mensaje de los mercados como una invitación a desprenderse de sus políticas cambiarias y monetarias respectivas y atarse a la alemana.


La idea parecía ser que la renuncia a la moneda y, por tanto, a su devaluación externa, obligaría a los agentes sociales a disciplinarse en aras de evitar la temida devaluación interna. Dicho de otro modo, la incapacidad de mejorar la productividad por vías que no fueran la de la contención salarial llevó a dichos gobiernos a imponer a sus sociedades una rígida restricción externa en aras de una convergencia real. El resultado ya lo conocemos: la mejora de la financiación aportada por la unión monetaria europea sirvió para olvidar todo espíritu reformista y financiar enormes desequilibrios acompañados por una pérdida de productividad relativa en todos los sectores de nuestra economía.


¿Qué nos enseña la historia de la negociación del Tratado de Maastricht, de su ratificación e implementación? Primero, que la europeización de Alemania iniciada por el Tratado de París de 1951 llegaba a su fin y que ‘más Europa’ conllevaría necesariamente una progresiva germanización que hacía falta saber gestionar. Segundo, que la narrativa sobre la historia de la integración europea —un relato épico de progreso ineluctable— había conseguido desactivar las mínimas precauciones que las poblaciones europeas deberían de ejercer ante decisiones que tanto les afectan. Y tercero, que la post-verdad, es decir, aquella situación donde se apela a la emoción para evitar explicar la realidad objetiva, no se inventó en la Gran Bretaña anterior al Brexit ni en Estados Unidos antes de las últimas elecciones, sino en la Europa comunitaria de 1991-92, con la Comisión Europea y los gobiernos de España, Francia e Italia a la cabeza, cuando se prometieron bienaventuranzas sin fin y sin coste a la ciudadanía europea. Preservar las conquistas presentes y mejorar el futuro nunca puede hacerse por arte de birlibirloque y a coste cero. ¡No permitan que les vuelvan a engañar!


Fernando Guirao, catedrático Jean Monnet de Historia del Departamento de Economía y Empresa de la UPF. 

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