viernes, 24 de febrero de 2017 07:04
Editorial

JUAN DOMINGO IGLESIAS Y EVA MONTERO

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Iglesias montero


Dicen los que han ganado en Vistalegre II que, el próximo sábado, sabremos definitivamente cómo quedan las portavocías y el puente de mando de Podemos para toda esta legislatura. En el Madrid parlamentario algunas de sus señorías, e incluso en los llamados despachos de poder, se especula mucho con el papel que Pablo Iglesias va a otorgar a su pareja sentimental Irene Montero en un futuro próximo en detrimento del "derrotado" Íñigo Errejón y también el del Shylock de la organización, el ambicioso Pablo Echenique.


Por pura lógica, casi todos pensamos que la Señora Montero está ahí, en el más puro "fundamentalismo podemita", por sus meritos personales y políticos. No hay más que contemplar las imágenes de ayer en el Parlamento para darse cuenta la dureza con la que trata a sus adversarios políticos y el apasionamiento con el que gesticula desde su escaño. Esas cosas nunca se heredan, ni se contagian, sino que nacen y mueren en la persona que desea protagonizarlas.


También está claro que Pablo Iglesias es el guía espiritual de Podemos, el Padre Prior de esa congregación de dirigentes populistas que quieren alcanzar el poder llevándose por delante a los que han denominado despectivamente como la casta, aprovechando su número de escaños y que la calle es un lugar extraordinario para presionar al gobierno de turno, pero también, todo hay que decirlo, que algunas televisiones han confundido el papel social de los medios de comunicación supeditándolo con al share y a la maldita cuenta de explotación.


Para ejercer tan mesiánico papel de líder carismático, el Señor Iglesias no ha necesitado a la Señora Montero para nada, y suyo, y solo suyo, ha sido el mérito de haber alcanzado el poder que actualmente ostenta.


No obstante, porque las personas tenemos memoria histórica y un punto de mala leche, durante los últimos días hemos recuperado en nuestro imaginario colectivo las figuras peronistas y luego justicialistas de los años cuarenta de Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón, y sin pretender confundir la historia como hizo ayer el diputado Rufián, las hemos colocado delante de la foto fija de Don Pablo y Doña Irene armando la bronca en el Parlamento español y no hemos podido, por menos, que imaginarnos aquellos viejos tiempos de abundancia de trigo en Argentina y hambre de pan en España, años aquellos donde la demagogia del general y la pasión de las masas por la actriz hicieron estragos, unas consecuencias que, a día de hoy, la patria de mi admirado Borges todavía no ha conseguido superar, sino seguir machaconamente repitiendo --últimamente con el ejemplo del matrimonio Kisnner, cuyas "proezas" ahora mismo, se están ventilando en los tribunales federales--. Y si eso es así, ¿quién nos asegura que esta nueva pareja parlamentaria no estará imitando a los Perón?

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