jueves, 14 de diciembre de 2017 11:14
Opinión

TEILHARD, TESTIGO DE GUERRA

Miquel Escudero
Miquel Escudero

Teihard


En aquella maldita Primera Guerra Mundial, con millones de desplazados y miles y miles de muertos, intervino también el paleontólogo y místico Pierre Teilhard de Chardin; ya estaba ordenado sacerdote y actuó como camillero. En el frente de batalla se apremió a vivir escribiendo y buscando solución a las dudas de su acción.


En 1965, diez años después de morir, se publicaron aquellos escritos suyos en el frente bélico. Los que confeccionó entre 1916 y 1917 están recogidos con el título La vida cósmica (Trotta). ¿Qué es lo que Teilhard vio en la brutal batalla de Verdún? Todo un mundo de sentimientos ante destrozos bárbaros, siempre injustificables y un afán de catarsis: “Esas horas más que humanas impregnan la vida de un tenaz perfume, definitivo, de exaltación y de iniciación, como si uno las hubiera pasado en lo absoluto”.


En estos cuadernos ideados por su autor para poner en orden sus propias visiones, no se halla una crónica de los avatares del campo de batalla, sino la búsqueda de “lo mejor de mi mirada sobre las cosas”. Y “un poco de lo Absoluto -decía el jesuita francés- que circula momentáneamente por mí ser va a quedar retenido, va a fijarse y a guardarme para la vida eterna”. O “que cada uno de nosotros, lo quiera o no, se sostiene por todas sus fibras materiales, orgánicas, psíquicas, a todo lo que le rodea”. Esto es, se veía formando parte de un sistema evolutivo y cósmico: un humildísimo átomo dispuesto a cumplir “la función imperceptible de un corazón tan vasto como el Universo”.


Si en un tiempo llegó a creer que ser menospreciado o desconocido era una “decepción intolerable”, Teilhard reconoció que ese era un miedo que paralizaba su acción personal y debía rechazarlo. La vida no le pertenecía y era consciente de ser “un punto imperceptible en el seno de la masa, no resuelta, de leyes y de relaciones que en definitiva yo no domino”. Esta convicción, contaba, le llevó a una humildad sin límites y a saberse atraído por Cristo hacia sí, cuando antes se movía al azar. El mal físico, soportado con humildad, decía, consume el mal moral, lo hace desaparecer. Es asombroso el proceso personal que se vierte en esas páginas, me conducen a lo escrito por Wittgenstein durante aquella misma contienda. Teilhard buscaba hacerse un interior más transparente a la luz cósmica que albergaba. 

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