martes, 17 de octubre de 2017 09:59
Opinión

CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA

Clemente Polo
Clemente Polo
Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Autónoma de Barcelona


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                                                                                                Manifestantes independentistas con la pancarta "Espanya ens roba".


Aunque los argumentos económicos a favor de la secesión han perdido peso frente a eslóganes estrictamente políticos, hay que reconocer el papel fundamental que han jugado durante los últimos años. El manifiesto fundacional de la Assemblea Nacional Catalana afirma sin rubor alguno que “el Estado no apoya a los habitantes de Cataluña y perjudica seriamente sus posibilidades de mantener o incrementar su nivel de vida y bienestar social que la capacidad productiva e intelectual del país permitiría, disminuyendo y limitando conscientemente las potencialidades de nuestro desarrollo económico y social”. Es la acusación más grave que puede hacerse contra un Estado: perjudicar deliberadamente a más de 7 millones de ciudadanos.


Los independentistas han empleado el eslogan “Espanya ens roba” para denunciar los 16.000 millones de impuestos, supuestamente detraídos a los catalanes por la perversa Administración Central: 44 millones de euros que el AVE se lleva de Sants a Atocha cada día. Estos sacos viajeros comparten con los llamados ‘països catalans’ –territorios cuya independencia de España y Francia reclaman ERC y CUP– una cualidad: la invisibilidad. Nadie los ha visto, salvo algún iluminado como el Sr. Salvadó, secretario de Hacienda del gobierno de la Generalitat hasta hace unos días, que afirmaba recientemente que la Agencia Tributaria Catalana reduciría la brecha deficitaria con la recuperación de “15.000 ó 16.000 millones de euros que corresponden al expolio fiscal”.


CATALUÑA, UNA ECONOMÍA PRÓSPERA Y ABIERTA



En contra de lo que afirman los independentistas, la verdad es que Cataluña empezó a despegar económicamente después de las reformas político-administrativas acometidas al finalizar la Guerra de Sucesión en 1714. La expansión manufacturera e industrial que convirtió Cataluña en “la fábrica de España” en los siglos XVIII y XIX fue posible gracias al acceso al mercado nacional, protegido con aranceles y otras barreras hasta 1986-1992. Como resultado de ello, el PIB per cápita de los catalanes creció sin pausa y superó en más del 50% la media española entre 1900 y 1960. Todavía en 2016, el PIB per cápita de los catalanes es el 19,27 % superior al de los españoles y el 23,0% mayor que el del resto de españoles. Y según Eurostat, es el 6 % superior a la media de de la UE en 2015. No está nada mal para tratarse de una economía que, según los dirigentes de la ANC y los líderes políticos independentistas, ha estado sometida al expolio sistemático del Estado español desde 1714.


La CA de Cataluña es a comienzos del siglo XXI una economía abierta y sus principales mercados son el resto de España (RDE) y el resto de la UE (RUE). Según el IDESCAT, Cataluña exportó 42.878,8 millones de bienes al RUE y 22.281,8 millones al resto del mundo (RDM). Aunque IDESCAT no publica cifras comparables para el RDE, sí proporciona el saldo de la balanza de bienes y servicios que arrojó un superávit de 14.111 millones en 2016, equivalente al 6,66 % del PIB. No es una cifra inusual: su valor medio entre 2000 y 2016 ascendió a 14.821,7 millones y el superávit acumulado en los últimos 17 años fue de 251.969 millones, 1,19 veces el PIB de Cataluña en 2016.


RIESGOS POLÍTICOS Y SALIDA DE LA UE


El entorno socio-político en que se encontrarían las empresas radicadas en Cataluña, si los partidos secesionistas declararan unilateralmente la independencia (DUI) y se iniciara el proceso constituyente esbozado en la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la república, podría calificarse como de alto riesgo. La conjunción de inestabilidad política, inseguridad jurídica e incertidumbre económica constituye un cóctel explosivo que afectaría negativamente a la actividad empresarial y a las entidades financieras localizadas en Cataluña, y ocasionaría graves perjuicios económicos a los catalanes.


La inestabilidad política y la inseguridad jurídica resultan inherentes en cualquier proceso de desintegración e inicio de un proceso constituyente. En Cataluña, la nueva república quedaría en manos de los líderes de ERC que contarían con el apoyo inestimable de su socio preferente: la CUP, un conglomerado de movimientos anticapitalistas y anticlericales, partidarios de abadonar la UE y la Eurozona. Aunque la mayoría de independentistas preferirían quedarse en la UE, esta posibilidad es de todo punto inverosímil. Todos los líderes de la UE les han advertido reiteradamente que si Cataluña se independiza quedará excluida de la UE y los Tratados dejarían de aplicarse desde ese mismo instante. Aducen que son ciudadanos europeos, ignorando que sólo lo son por ser precisamente españoles.


Aunque faltos de respaldo jurídico o político desde la comunidad internacional, los independentistas minimizan o desprecian las dificultades que encontrarán para ser reconocidos e incorporarse a organismos supranacionales. En el caso de la UE, lo consideran un mero trámite. Nada más lejos de la realidad. El proceso de adhesión exigirá iniciar unas negociaciones prolongadas y prolijas, y conseguir el apoyo de todos los Estados miembros, incluida España. ¿Saben cuanto tiempo se ha tardado en negociar el acuerdo comercial CETA entre la UE y Canadá? 7 años y es un mero tratado comercial. Los independentista harían bien en empezar a reconocer que la república de PuigCupqueras quedará excluida de la UE y de la eurozona durante bastantes años.


EL PESO DE LAS EXPORTACIONES AL RDE Y AL RUE


La información que proporcionan las tablas input-output de Cataluña para 2005 y 2011 (IDESCAT, 2011 y 2015) permiten estimar el peso de las exportaciones al RDE y al resto del mundo en la economía catalana y cuantificar los efectos de una posible reducción de las exportaciones. Los resultados para 2011 incluidos en el Cuadro 1 muestran el peso de las exportaciones con tres modelos. El primero sólo tiene en cuenta que para producir las exportaciones se requiere producir bienes intermedios; el segundo incluye el efecto que las rentas generadas en la producción tienen en el consumo privado (CON); y el tercero, incluye además los efectos sobre la inversión (CON+INV). Por ejemplo, empleando el tercer modelo, las exportaciones al RDE explican el 38,11% de la producción, el 35,19% del Valor añadido bruto y el 35,37% del empleo. En el caso del RDM, las cifras son 37,10, 32,95 y 33,52 por ciento, respectivamente. Estas cifras sugieren que la caída de las exportaciones a los dos mercados principales, RDE y RUE (65,8 % de las exportaciones al extranjero) podría tener efectos letales sobre la economía catalana.


Consecuencias economicas independencia cuadro1



Los procesos de desintegración vividos en Centroeuropa indican que las caídas de los flujos comerciales entre los nuevos estados rondan el 50%. El Cuadro 2 muestra, a modo de ejemplo, el impacto sobre el valor añadido bruto de caídas de las exportaciones al RDE en el intervalo 30-70 por ciento y al RUE en el intervalo 5-25 por ciento empleando el modelo intermedio. Los resultados indican que una caída del 50% de las exportaciones al RDE y del 15% al RUE reduciría el VAB en el 16,5%. Los resultados sobre el empleo son del mismo orden de magnitud. Conviene subrayar que esta cifra representa el valor medio para la economía pero la contracción sería mucho mayor en los sectores exportadores (agricultura, industria y servicios privados). Pocas empresas podrían sobrevivir a un shock de esta magnitud. Obsérvese, además, que el impacto sería incluso mayor al incluir los efectos sobre la inversión.


Consecuencias economicas independencia cuadro2

Resulta evidente que una caída de este orden de magnitud en el valor añadido y la ocupación afectaría asimismo a la recaudación por cotizaciones sociales e impuestos sobre la renta de las personas físicas y jurídicas, y en última instancia al gasto público. Las promesas de mejorar con cargo al ‘dividendo fiscal de la independencia’ las infraestructuras y los servicios públicos y elevar las pensiones quedarían en papel mojado. El impacto de una caída en las compras públicas constituiría un shock adicional que tampoco está contemplado en el modelo.


Por último, a los efectos que acabo de cuantificar se tendrían que sumar otros impactos cuyas consecuencias no resulta posible cuantificar con el modelo. Me refiero a los cambios en las sedes de las entidades financieras catalanas, a la previsible salida de capitales, a la subida de la prima de riesgo de la deuda catalana, al aumento del coste de la financiación para las empresas, a la caída de la inversión extranjera, y, finalmente, a la deslocalización de las actividades productivas fuera de Cataluña. Si el gobierno de la Generalitat se viera obligado a introducir una nueva moneda, como probablemente tendría que hacer si Cataluña queda excluida de la UE durante varios años, algunos de los efectos mencionados se magnificarían, y el peso de las deudas contraídas en euros podría resultar letal para muchas empresas.


En pocas palabras, la independencia de Cataluña tendrá efectos muy negativos para el bienestar de los catalanes, y también sobre el bienestar del conjunto de los españoles. Nadie puede descartar que la prosperidad regrese a Cataluña algún día, pero hay pocas dudas de que la transición será dura, larga y tal vez irreversible. Hay mucho que perder y nada a ganar. 

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