domingo, 17 de diciembre de 2017 07:26
Opinión

MÁS CATALÁN QUE ESPAÑOL

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Guerradebanderas


"España es un Estado para todos los españoles; una Nación-Estado, para gran parte de la población, y sólo un Estado, y no una Nación, para minorías importantes" (Juan José Linz,1926-2013).


Los lectores de la primera entrega de esta serie de artículos sobre la autoidentificación de los catalanes publicada en este diario (Catalán, no español), recordarán que las cuentas no eran lineales. De los 2 millones de ciudadanos censados en el Principado que habrían votado 'si' el 1 de octubre a la secesión, según la Generalitat , el número de un millón y cuarto de catalanes 'exclusivos' se hubiera quedado corto. Asumíamos, según lo implícito en la 'Moreno question', que quienes se autoidentifican como 'sólo catalanes' únicamente podrían haber votado por el 'si' a la independencia ante el dilema binario del quedarse 'dentro o fuera'. Tal aseveración se hace desde presupuestos del 'sentido común' según los postulados de la escuela escocesa del mismo nombre y que tanto influyó en el autor de estas líneas en el tiempo de redacción de su tesis doctoral en la Universidad de Edimburgo (1983-86). El sentido común es el fundamento de la indagación científica.


¿De dónde habrían procedido, entonces, los 800.000 votos de diferencia que conformaron el 90% de 'síes' el 1 de octubre (36,6% del último censo electoral en Cataluña)? Sólo resta indagar la hipótesis más plausible. Y esta debería buscarse en el grupo de aquellos que se autoidentifican como 'más catalanes que españoles', buena parte de los cuales podrían haber mostrado una predisposición mayor a votar por la separación. Pese a mantener una implícita identidad española -pero menor, por comparación-, parece plausible buscar en el 21,5% de los ciudadanos 'mès catalans que espanyols' los antedichos 800.000 votos que se decantaron por la secesión el 1-O.


No se le debería escapar al lector que las cifras manejadas en estos artículos son 'oficiales' según las fuentes gubernamentales que las ponen a disposición del público. Algunas de las utilizadas, como las disponibles en la web por el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, han sido objeto de críticas por algunos investigadores con relación a aspectos metodológicos en el diseño de las muestras de sus encuestas y la recogidas de datos. Pero se incorporan en nuestros análisis de bona fide y sin prejuicios.


Cabría preguntarse por qué solamente 800.000 de los 'más catalanes que españoles' habrían apoyado la independencia el 1-O y no todos los 1,2 millones que en junio pasado se autoidentificaban de esa manera en el Baròmetre d’Opinió Política del CEO (REO 857). Parece de 'sentido común' que no todos ellos hubieran tenido el mismo grado de compromiso y militancia por-independentista como los 'sólo catalanes'. Pero quizá muchos de ellos podrían haber alcanzado un grado de motivación en línea con lo comentado en el anterior artículo sobre la 'ventana de oportunidad' ofrecida al nacionalismo secesionista por la Gran Recesión desatada en 2007-08. No pocos de los frustrados perdedores en la crisis económica habrían optado por una alternativa antisistémica que en otros países europeos han promovido los movimientos y partidos populistas. Tales alternativas han sido de carácter material y han estado generadas, en no pocos casos, por una aprehensión negativa de sus expectativas laborales y ascenso social. Una percepción que los 'viejos' partidos no han sabido contrarrestar.


Pero lo simbólico, y no sólo lo material, ha contado también en el comportamiento de los votantes catalanes. Como bien me ha hecho observar mi colega, Ángel Belzunegui, la movilización nacionalista en el terreno de lo simbólico, lo épico y lo estético ha sido eficaz. Sobre todo desde que Mariano Rajoy le dio un portazo al President Artur Mas en septiembre de 2012, ante el intento de este último de alcanzar un pacto fiscal que permitiese una mejor financiación autonómica en Cataluña, y que aproximase el nivel de dineros públicos al que disponen las comunidades forales vasca y navarra.


¿Qué tesis populista de las que se ofrecen en el Viejo Continente podría batir la narrativa ilusionante de construir algo inédito y proactivo como sería un nuevo estado? Y además más rico que la España atrasada y parásita (Espanya ens roba, ¿se acuerdan?). Tal aspiración nacional-populista ha enlazado, asimismo, con viejas reivindicaciones de sectores que pudieran no ser 'cien por cien' nacionalistas, pero andaban de la mano de la reivindicación secesionista. Ello explicaría la constante referencia a la construcción de la nueva República Catalana.


Permítame el lector ofrecer una indagación intuitiva de más largo alcance que se entronca tristemente con la experiencia de nuestra Guerra Civil. Hay sectores, no sólo entre los nacionalistas secesionistas catalanes, sino algunos otros de la izquierda española, que pretenden cancelar históricamente nuestra traumática experiencia fratricida y hasta borrar su ocurrencia. Sería como recomenzar la historia en 1939 con la continuidad de la legítima II República. Bien sabemos que lo contrafactual se queda en el dominio de los deseos, no en el de una dura realidad que esperamos no vuelva a producirse. Pero en el terreno simbólico, el nacionalismo catalán ha sabido recuperar y movilizar viejas aspiraciones que se daban por irremisiblemente perdidas y habrían cobrado ahora una apariencia posible.


Debe también considerarse que en el terreno simbólico, el Estado español opone a los símbolos independentistas algunos como una Monarquía secuela del franquismo (aunque sea plenamente constitucional, parlamentaria y democrática), la bandera española (de aquellos que ganaron la Guerra Civil, huelga apuntarlo) y, según lo visto durante el 1-O, la represión legítima del Estado de derecho, la cual se equipara torticeramente a aquella despótica de la pasada dictadura.


Las anteriores indagaciones pueden arrojar alguna razón interpretativa para comprender cómo y por qué algunos ciudadanos 'más catalanes que españoles' hayan podido abrazar la causa independentista el 1-O. Quizá para conseguirlo hayan tenido que auto mutilarse -perdón por la hipérbole- su menor adscripción identitaria española.


Continuará…



Artículo publicado originalmente en Catalunyapress

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