martes, 12 de diciembre de 2017 03:20
Editorial

BRUSELAS, NO GRACIAS

Manuel Fernando González
Manuel Fernando González

A Coruña, 1952

Carles Puigdemont participa en la manifestaciu00f3n de Bruselas

Puigdemont en la manifestación de Bruselas/@JuntsXCat


La capital de la Unión Europea se ha mostrado legalmente hostil a uno de sus países miembros porque ha sido incapaz de separar sus dos condiciones urbanas. Una, la de capital de flamencos, belgas y valones, que tienen su propia idiosincrasia, muy respetable, pero... suya. Y dos, la de capital europea en la que debiera, pero no es así, admitir como propias el conjunto de leyes de todos sus estados miembros y no ser refugio de trileros políticos catalanes y leguleyos flamencos que se arriman a su jardín para pisotear los derechos y las leyes de los que no somos belgas.


Además de tener una restauración atroz, un clima inhóspito y un aeropuerto que deja colgado a los pasajeros que llegan con dos horas de adelanto a coger su avión, no se me ocurre ningún otro atractivo para volver a pisar una ciudad que odia todo lo español y solo recuerda de España al Duque de Alba y a los tercios de Flandes para poder así regodearse y de paso regalarle al traidor Puigdemont una de sus inmortales óperas que, por cierto, no se escenifica en ninguno de los grandes templos de la Ópera en Europa, ni al otro lado del Atlántico y tampoco forma parte del repertorio habitual de los grandes divos del Bel Canto.


De todas formas, siento estos días una gran lástima por los pobres, belgas que han convertido su capital en una especie de Santuario de Montserrat a donde acuden, en fervoroso pero muy ruidoso peregrinaje, los fieles de la Mare del Procés, que han logrado el más difícil todavía: poner de los nervios a los miembros más templados del gobierno de la UE, que están de los independentistas catalanes hasta lo que le cuelga al Manneken Pis en la parte de abajo.


Solo un escenario semejante supera esta maldición independentista: la programación de TV3, que nos martiriza a cada instante con las campañas de los presos, la república inconclusa, y los mítines de los buenos catalanes. No sé hacia qué lado mira la Junta Electoral, pero esta campaña solo la aguanta Miquel Iceta, que defiende encarnizadamente la libertad de expresión de los colegas de Sant Joan Despí pero se olvida de los periodistas que nos vamos a sentar en el banquillo la próxima semana por criticar la lamentable actuación pública de los que militan en su partido el PSC.


Miquel, amigo de tantos años, esta vez has traspasado la línea roja del afecto, y mi voto no caerá en las urnas socialistas. Sois pura demagogia: Hay que predicar dando ejemplo, y en una materia como lo es la libertad de expresión, todos los periodistas somos iguales.


Bruselas, no gracias. Se la regalo toda y para ellos solos, a Puigdemont y a los suyos. A ver si domicilian allí y se quedan para siempre.



Artículo publicado originalmente en catalunyapress.es

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