miércoles, 25 de noviembre de 2020 20:29
Editorial

EL FARISEO Y EL PAPA

Manuel Fernando González Iglesias
Manuel Fernando González Iglesias

A Coruña, 1952

Siguiendo la estela evangélica de que los hombres de Dios con los que se tienen que mezclar es con los pecadores y no con las personas de bien, o sea con la mayoría de la gente, el Presidente del Gobierno de España cogió un avión y se fue al Vaticano para mejorar su imagen de ateo irredento y anticlerical manifiesto. La historia nos dice que el general Franco ganó una guerra civil, que podría haber perdido si no colocara al frente de su ejército el símbolo de una Cruzada católica contra sus enemigos republicanos. Y ese saber de las cosas evidentes, porque son históricas, ha situado a Sánchez en el centro de una disyuntiva peligrosa: ¿le interesa al líder socialista mantener esa imagen pública de hostil descreído en un país en el que malviven y sufren una pandemia millones de católicos  de misa o de sencilla oración nocturna?. Pues, parece ser que no.


Por la foto oficial del encuentro en la que se puede ver al matrimonio presidencial y al jesuita Francisco posando para la posteridad puede deducirse que hay dos formas de entender la visita: Una, la de la pareja contenta y feliz. Y dos : la del Papa, tenso y serio, al que se le supone  aguantando el protocolo.




Vaticano



Los medios de comunicación españoles han escrito poco sobre la parte secreta de las conversaciones, especialmente sobre la reunión de Sánchez con el Secretario de las Relaciones con los Estados,  Paul Gallagher, en la que tuvo que hablarse sí o sí de lo mal que están las cosas en las relaciones bilaterales Santa Sede-Reino de España, por mucho que en verano se hayan tomado un café de afecto el Ministro, Salvador Illa, y mi cura favorito, el Cardenal Arzobispo de Barcelona, Juan José Omella. La disonancia es tan evidente y pública que algo había que hacer para corregir este error estratégico de la Moncloa.


Los que hemos mirado, una y otra vez la foto oficial no dejamos de observar que la sonrisa del Presidente del Gobierno español es falsa, farisaica por más señas. La de su esposa, institucional. Y conociendo al personaje se le nota satisfecho, como si añadiera una muesca más a su cinturón político de fariseo oficial del Reino. Necesitaba la foto y con ella ganar, como siempre, el tiempo útil que va desde un fin alcanzado a un propósito de poder que, como siempre, será a corto plazo.

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