martes, 21 de noviembre de 2017 10:55
Opinión

Tras el circo electoral

Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad - Cas Madrid
Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad - Cas Madrid

Definitivamente voy a vender todas mis acciones de los institutos y gabinetes de prospección electoral porque tienen la misma capacidad de predicción que los juegos de dados o las apuestas en bolsa: intuiciones y azar. O quizá peor aún, su techo analítico llega hasta donde cubren los deseos de sus clientes, ya sean estos partidos políticos, grupos mediáticos (los sondeos de Prisa) y el propio Estado a través del CIS. Sobre todo da la sensación de que viven con la brújula cognitiva enloquecida ante los procesos de cambio de tendencia electoral. ¡Es que no han acertado ni una!

Definitivamente voy a vender todas mis acciones de los institutos y gabinetes de prospección electoral porque tienen la misma capacidad de predicción que los juegos de dados o las apuestas en bolsa: intuiciones y azar. O quizá peor aún, su techo analítico llega hasta donde cubren los deseos de sus clientes, ya sean estos partidos políticos, grupos mediáticos (los sondeos de Prisa) y el propio Estado a través del CIS. Sobre todo da la sensación de que viven con la brújula cognitiva enloquecida ante los procesos de cambio de tendencia electoral. ¡Es que no han acertado ni una! Se ha hablado en estos medios, muy recientemente, apenas hace un par de semanas, del empate técnico PPSOE en torno al 31%, de la nueva fortaleza del bipartidismo, de la ampliación del euroescepticismo, de la expansión de UPyD, del escaño único para Podemos, del aumento sin precedentes de la abstención, etc. Lo dicho, ni una.


Por otra parte, hay que subrayar el efecto de coyuntura de este tipo de elecciones europeas: sin listón electoral mínimo (del 5% en generales y locales), con circunscripción única y por tanto mucho más representativas que el resto, con una abstención que casi siempre roza el 50% (y que por cierto no es solo voto inmovilizado del PP) y donde esa miseria de los liderazgos de partido es quizá menos relevante excepto en aquellos que solo se presentan en estas. Para hacer un análisis de más largo aliento, habría que fijarse más en las municipales, no solo en términos específicos de localidades y municipios, sino sobre todo en el sumatorio final de votos, porque hasta ahora han constituido un buen indicador de los cambios de ciclo electoral. El PSOE de Zapatero del 2004 no ganó por la movilización de los atentados de Atocha, ya había ganado por poco en las elecciones municipales veinte meses antes, lo mismo cabe decir en las últimas elecciones municipales por parte del PP antes del nuevo 20N del 2011.


Y no obstante todo lo anterior, sí que cabe constatar un vuelco, lo que luego podría constatarse como un cambio de ciclo electoral: el PSOE queda como un partido andalucista o del sur (la mitad de los votos los ha obtenido allí) y es minoritario en lugares como Madrid (menos del 20%) y Cataluña (están a otras cosas, pero llegó a ser principal fuerza electoral y ahora es tercero). El PP inaugura una situación lógica, esto es, pierde electores... pero es que hasta ahora venía siendo una anomalía salvaje en el panorama electoral occidental, con tasas de lealtad de voto cercanas al 80% que convocaban a los yanquis republicanos a comprender y asimilar el fenómeno para emularlo. La lucha de clases sigue, no obstante, y cabe fijarse si no en los porcentajes del PP en Salamanca, Chamberí o Retiro, superiores al 60%.
Y en cuanto a Podemos, por más que unos y otros, ellos mismos, agiten el espantajo de partido antisistema y por más que su propaganda poselectoral clame, con un lenguaje pseudoradical, por superar el bipartidismo o la postración de ser una colonia alemana (demagogia que roza la pornografía política) o de aspirar al cielo por asalto mediante las urnas, ha nacido con plena vocación institucionalizada. Felices de conocerse en las instituciones, donde se juega lo que llaman "política real" en comparación con su etapa anterior asamblearia-de calle y de lo que quedan resabios simbólicos, han logrado desbancar por entero al inmovilismo de IU. Su éxito sobrevenido anticipa, en principio, tres cosas:
Uno, todo lo que hemos contemplado de los sistemas de partidos políticos les asemeja cada vez más a tigres de papel; estructuras que resultan mucho más débiles y ridículas de lo hasta ahora imaginado. En muy pocas palabras, pueden desaparecer.


Dos, Podemos ya tiene capital político, contante y sonante con solo un diputado menos que IU y 1.238.000 votos. Con capacidad por tanto para negociar de tú a tú con el Partido Comunista: matrimonio de conveniencia que ya se había frustrado por la incomparecencia de IU pero que ahora puede llegar a buen puerto.


Y tres, fascinante es también comprobar cómo Podemos quiebra los varios laboratorios de la multitud (menuda "merienda de negris") de los partidos x y en red, de su neolenguaje incomprensible que alberga una apuesta rutinaria por la institucionalización de todo, en especial de sí mismos, en pugna por conseguir la interlocución privilegiada del Estado: "Dios, que buenos vasallos, si oviesse buen señor". Y todo lo ha conseguido a través de desparpajo, populismo catódico y vida tradicional de partido, tradicional al menos si lo comparamos con las memeces de las wikipolíticas de estos últimos.


Para mí lo más grave, sin embargo, no se destila en el circo electoral sino más bien en lo que este éxito supone en los movimientos sociales a partir o que parten del 15M, o que incluso lo discuten. Por más que insistan en el sarcasmo de que no representan el 15M, desde Podemos se han desplegado unos dispositivos de mímesis que cualquiera mínimamente enterado sabía entender. Ya se sabe que en estos niveles de política-marketing lo que se niega a viva voz consiste en gran medida en lo que se afirma. (A este respecto he escuchado en la facultad, para que se entienda hasta qué punto un medio como este estimula la estulticia, que Pablo I. se lleva una gran parte del voto de las madres de perros-flautas o afines que ven en aquel una idealización de sus hijos-hijas. Sin comentarios). Un éxito así supone la epifanía simbólica de la escisión definitiva de tales movimientos y que en gran medida ya estaba en su origen, contradicciones siempre enmascaradas (supuesta superación de la dicotomía reforma-revolución) pero nunca resueltas.

Si a los más listos, intelectualizados, elitistas y cosmopolitas de los movimientos, si a los enterados de la "verdad evolutiva de las cosas de la política" (sabiduría realista que machaconamente insiste en que este es el momento y no otro, que debe haber representación, hay que ocupar las instituciones, pacífica y electoralmente, o que la política está en todos lados y también, sobre todo, en las instituciones), en suma, si a los oportunos de primera hora (los de segunda ya son oportunistas) para convertirse en plataforma electoral les va tan bien y tienen éxito, ¿qué nos queda a los demás, estúpidos e ignorantes de los vientos de la historia y que no hacemos otra cosa que jugar eternamente al juego de la patata asambleario? Podemos, en este sentido, actúa como una fórmula parapolítica que acepta el conflicto político pero lo reformula como una competición entre partidos y/o actores autorizados que, dentro del espacio de la representatividad, aspiran a ocupar (temporalmente) el poder ejecutivo. Ocurre que, a través de este modelo de la competición agonística que, como en una manifestación deportiva, se rige por determinadas normas aceptadas por todos, se muestra un modelo a seguir como contraejemplo pragmático y realista, pero en realidad despolitizado, que puede ser usado para cuestionar y deslegitimar como obsoletos e inútiles los mínimos espacios políticos difícilmente construidos y que no entraban en esa competición, espacios donde toda invención política ha sido y es una dificultosa ruptura subjetiva.


Semejante irrupción de Podemos también puede ser entendida, yo al menos me apunto a esta, a un adiós definitivo entre pretendidos camaradas, semejante al que se planteó en la oposición demócrata entre los bloques de izquierda que además de ser antifranquistas eran anticapitalistas, y los socialdemócratas de nuevo cuño que solo eran demócratas y no hacían ascos a formar el ala izquierda del capital (y que iban desde el PSOE-PSP hasta ORT y otros pasando por supuesto por el PCE). Considero que no se les puede perdonar la ansiedad del hecho de convertir en moneda intercambiable en términos políticos considerados legítimos (esto es, en contabilidad de votos) y de aquellos que consideran ser testigos fundamentales acerca de cuál es la "verdadera política": aquella que de manera consciente traiciona la pretendida infantilidad del 15M, o el utopismo de todo movimiento social, para superarla de forma dialéctica en aras de la supuesta integración transformadora. Se debe añadir que, por otra parte, es incontrovertiblemente cierto que ningún entrismo ha transformado otra cosa que a los que entraban y nunca a las instituciones receptoras. Si se siguen los ejemplos de los partidos históricos que antes he incluido se entenderá de qué hablo. Que conste que no se trata de una mera cuestión de traiciones y rendiciones personales (algunas habrá) que achacan esta deriva a los actos malintencionados pero siempre voluntarios de los actores en la arena política. Hay que insistir en el carácter involuntario, inconsciente si se quiere, de cómo las buenas intenciones electorales e incluso críticas, se desvirtúan en puro ciudadanismo en aras de la practicidad competitiva que entiende que la política también está, ante todo, en las instituciones políticas. Más bien hay que insistir en que el verdadero acto político (la intervención) no es cualquier cosa que funcione en el contexto de las relaciones existentes, sino precisamente aquello que modifica el contexto que determina el funcionamiento de las cosas. La verdadera política se ha situado exactamente en el campo contrario: es el arte de lo imposible, es cambiar los parámetros de lo que se considera "posible" en la constelación existente en el momento.


Apostaré por esto mismo, la política está en otro sitio, el que construimos a través de mecanismos colectivos y autogestionados, aquellos que crean otra cosa, otro pensamiento, otra práctica, organizada y perdurable, que controla sus propios tiempos y su débil proceso instituyente, suene o no ridículo a la contabilidad electoral; porque lo que en realidad ha movido la historia es la multiplicación del conflicto social a pesar de sus techos tanto materiales como simbólicos, y no hay mayor conflicto que el que se dirime en los escenarios no previstos de la acción colectiva. Y por último, solo cabe contestar con cabreo y desprecio añadidos ante los que juegan en el escenario de la representación con la semántica vacía de la supuesta horizontalidad. Pues sí, nos queda el elogio de las minorías no representadas y no representativas.

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