domingo, 22 de octubre de 2017 23:18
Opinión

LA PLUMA

Andres Madrid
Andres Madrid

Después de releer mi conseja de ayer, una vez publicada, observo la ausencia de un final razonable y algún que otro error gramatical involuntario.

Suspiro, me sonrojo, miro mi pluma estilográfica, olvidada y cubierta de polvo como el arpa de Becquer, y reniego mil veces de esta nueva manera de escribir marcada por la puñetera maquinilla que decide por su cuenta sobre las reglas básicas de la escritura. Marca como erróneas cuantas palabras desconoce y da por buenas tildes inexistentes. Nuestra escritura se decide ahora en las tripas de un aparato fabricado en lejanas tierras y que lleva grabado en su memoria un diccionario absurdo cuajado de fantasías taiwanesas.

El resultado, lamentable. Marcada por la velocidad con que vivimos y morimos, nuestra escritura se convierte en un proceso ajeno a la necesaria reflexión; como los últimos modelos de coche diseñados por un ordenador carece de personalidad y uno ha de fijarse bien en el emblema para saber de que marca se trata.

Mientras, la pluma, paciente y silenciosa, espera un apagón para que alimentemos su tripa con tinta de la buena y pueda deslizarse por el papel al ritmo acompasado del pensamiento humano, mucho más razonable que las prisas impuestas por la puñetera maquinilla.

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