viernes, 22 de septiembre de 2017 17:25
Opinión

DE LAS SIETE ESQUINAS A LOS ONCE PATIOS

Edmundo Font
Edmundo Font

Pablo Neruda no registra el hecho bochornoso, pero de alcurnia Rimbaudiana, en ninguna página de sus memorias; el compinche de su aventura, tampoco. El poeta Ramón Martínez Ocaranza, oriundo de Jiquílpan (1915), oculta deliberadamente la noche pasada en prisión con el célebre premio Nobel de literatura chileno.


Tal vez por eso las malas lenguas consignan versiones diversas, más una especie de chisme literario que una anécdota precisa y sobre todo comprometedora para quien se desempeñaba como miembro del servicio exterior de su país. Pablo Neruda ya venía de haber vivido un bautizo de fuego, y no sólo diplomático, en Rangún, Birmania; y en Colombo, en la antigua Ceylán (recordemos que su bella amante de piel "azul", Josie Bliss, estuvo a punto de cumplir la promesa que guardaba en forma de cuchillo bajo la almohada si Neruda la abandonaba), pero eso había ocurrido 20 años antes de lo sucedido en Michoacán. No quisiera echar leña al fuego, pero la cancelación del Exequatur número 24 que lo acreditaba como cónsul general en México lleva una nota que cancela el nombramiento, firmada en julio de 1944, que dice: "El señor Ricardo Reyes (Pablo Neruda) regresó a Chile hace varios meses" y la firma el entonces embajador Schake, dirigiéndola al Canciller Ezequiel Padilla.


Algunas malas lenguas investidas de historiadores narran el episodio de la noche de las luminarias rotas, más o menos así: el poeta michoacano Martínez Ocaranza habría organizado el 18 de agosto de 1943 una gira gastronómica por las islas del lago de Pátzcuaro, regada con el extraordinario mezcal de la región, que acompañaba al entonces abundante y mitológico pescado blanco, obtenido por las embarcaciones de las redes mariposa de Janitzio.


Al regreso a la cabecera municipal, Pátzcuaro, que lleva el mismo nombre del célebre y sagrado lago de los Purépechas, los dos poetas habrían reposado en un banco de la plaza de armas colonial más grande del continente -fuera del Zócalo del DF- y la única principal y laica de un poblado fundado hace casi quinientos años, porque no posee catedral, ni templo alguno.


Allí la noche se habría revelado como la que yo mismo viví hace una semana cuando con un grupo de nuevos amigos nos quedamos sin combustible, en una lancha, a la mitad del lago y constaté una de las visiones más impresionantes de la bóveda celeste, con todo y la vía láctea, que habría llevado a a los pueblos prehispánicos a considerar el espejo del lago como la entrada a la divinidad y no al inframundo. Simplemente, los cielos en esta región, son inenarrables; pues en eso estaban Pablo Neruda y Martínez Ocaranza, tratando de tipificar poéticamente las estrellas, cuando resolvieron que el alumbrado del paseo se interponía en su observación privilegiada. Acto seguido habrían resuelto quebrar a pedradas los faroles que les eclipsaba la belleza nocturna.


La respuesta de la policía local no se hizo esperar y ambos vates tuvieron que concluir la contemplación excepcional desde las grietas del techo de tejas de una celda que se localiza en el patio del palacio municipal y que me he permitido proponer que se reconstruya, pero para llenarla de libros del poeta michoacano y de don Pablo.


Como verán, esta crónica se desdoblará enseguida, y en su segunda parte detalla lo que he estado haciendo en mi faceta de las artes plásticas en una de las más ricas regiones históricas de lo que aún podemos llamar el México profundo y donde la noche del "día de muertos" es ya legendaria. Pátzcuaro sigue teniendo, entre tantas otras maravillas, al haber sido considerado el primer pueblo "mágico" del país, las 7 esquinas de un abigarrado trazado colonial, y los 11 patios de las monjas de Santa Catarina de Siena que dan título a este texto. Aunque comparto un secreto que el propio Presidente Municipal, don Víctor Báez, hombre sensible y de talante bienhumorado, me hizo en confidencia: son ocho -no siete las esquinas-; y patios, en verdad son menos, no los once que dice la leyenda.


II


"Utopía, cuando la Muerte está Viva"


21 Telas y 4 Cazuelas


Toda exposición de pintura con un tema concreto -en mi caso el abordaje del día de difuntos en uno de los sitios más emblemáticos de nuestro mundo indígena- es una forma de utopía, un terreno minado, una ilusión de autor, un deseo irrefrenable de plasmar en la tela una serie de imágenes que hablen por sí solas, sin requerir mayor explicación; aunque debo reconocer que los datos adicionales ayudan a enriquecer el contexto de la propia intención creativa y en ese sentido, no está por demás dejarse caer en la anécdota afortunada que circunda el hecho de una exposición como la que he titulado "Utopía, cuando la Muerte está Viva".


Son dos los elementos principales del tema que me ha permitido concebir una serie de 21 telas, -unos cuantos telares deshilachados - y unas cazuelas de barro negro que contienen naturalezas, nunca mejor dicho, muertas, pero de vocación vital.


La exposición se lleva a cabo en un recinto colonial de prosapia, el Ex Colegio de los Jesuitas, de añejos muros y no menos antiquísimas lecciones de magna arquitectura, convertido en un centro que irradia cultura desde Michoacán.


La ciudad, de Pátzcuaro: Tzacapu-Hamúcutin-Pasquaro (donde están las piedras -los dioses- a la entrada de donde se hace la negrura" es única, en el abanico de casi medio milenio de existencia, por sus características míticas indígenas y mestizas y la herencia de un humanismo que le consagró un santo varón; verdadero precursor de los derechos humanos, protector de los pueblos originales de nuestro territorio, hablo de Tata Vasco.


Y tal vez el epicentro de la fiesta de difuntos en México, que se celebra los primeros días de noviembre en numerosas comunidades tradicionales, se halle, notablemente, localizado en el antiguo reino de los Purépechas, en las islas del lago de Pátzcuaro -entre las cuales Janitzio- y en la antigua Ciudad de Michoacán, que bajo el influjo de la Utopía de Tomas Moro, fundó uno de los personajes más fascinantes de la Colonia, el ya mencionado líder espiritual don Vasco de Quiroga. Uno de sus legados es la rica tradición artesanal, de la alfarería al cobre y de la madera a la talla de la piedra.


De allí que la invitación para exponer una serie de mi pintura que me hiciera el señor Presidente Municipal Víctor Báez, administrador político que creé en la necesidad de revitalizar promover la cultura, revistió un magnético interés para mí. Durante varios días recorrí la región, hablé con gente de la calle y con letrados; visité mercados, iglesias y antiguos conventos, siendo uno de ellos, precisamente, el antiguo Colegio de los Jesuitas; allí se exhibirían 21 telas de gran formato -180 x 137 centímetros- que preparé bajo el influjo de las ricas tradiciones locales y con la inspiración de una obra notable, el gran mural del pintor y arquitecto Juan O'Gorman que se encuentra en la antigua iglesia de los Agustinos.


Y el otro elemento que deseo destacar también arroja más luz sobre mi trabajo: la muestra fue concebida y elaborada totalmente en Pátzcuaro. Un joven amigo, Víctor Báez hijo, tuvo la idea de adaptar un espacio de uno de los hoteles más emblemáticos de Pátzcuaro, que asoma sobre la mayor explanada colonial en Hispanoamérica y el único zócalo de México que carece de algún templo religioso, para que pudiera trabajar en mis telas; además pude contar con la valiosa colaboración de un experto en pigmentos, don Heriberto Calderón, quien me auxilió, en mi búsqueda de tonalidades de los muros más antiguos de la localidad. Con un sofisticado "escáner" suyo pudimos rastrear los añejos pigmentos de las edificaciones más emblemáticas y luego obtener tarros de pintura en tonos similares a la delicioso y sugerente paleta colorida de Pátzcuaro. 

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