viernes, 18 de agosto de 2017 18:16
Opinión

MANKELL: YA NO SE MUEVEN SUS ARENAS

Edmundo Font
Edmundo Font

Con el último, y póstumo libro de Henning Mankell "Arenas Movedizas" me está sucediendo lo mismo que con algunos libros y algunas célebres películas, como "Kaos" de los Taviani, que nunca he querido concluir para reservarme algunos de sus momentos magistrales, como quien deja el mejor bocado para el final de una cena deliciosa.


Estoy acabando de leer las memorias reflexivas del creador del gran detective Wallander, heredero del mejor Simenon, que en una suerte de alter ego de Mankell, por sus inclinaciones humanísticas, encarnó el personaje de ese taciturno y entrañable detective, en una impecable serie televisiva; Kurt Wallander es un hombre perseguido por dudas existenciales capaces de hacerle bucear en el alma y en las motivaciones de los peores criminales y salir, aparentemente, ileso. De hecho, todos los detectives que en las buenas novelas policíacas han sido, son emblemas del bien contra el mal, sin maniqueísmo.


Mankell fue un gran escritor talentoso, con una sólida conciencia social que ha escapado siempre de la literatura panfletaria, deslizando en su narrativa una visión del mundo contra las injusticias y los abusos del poder. Su espíritu aventurero lo llevó a fascinarse por el continente africano, a grado tal que amó vivir en Mozambique y fundó una brillante compañía de teatro en Maputo. Se ha dicho que comparte con Manuel Vázquez Montalban -y considero que también con Andrea Camilleri- el abordaje crítico de nuestras sociedades, en lo que se ha dado por llamar novela negra y cuyo género han reinventado los nórdicos, cuando somos los latinoamericanos los que hemos sido superados por las barbaridades criminales de la realidad; de allí que nuestros escritores del género parezca que siempre se quedan cortos, excluyendo al chileno Roberto Bolaño.


Siempre creí que la maestría literaria de Mankel y el abanico universal de las miserias humanas que asoman en su vigorosa narrativa podría haberle valido el reconocimiento del premio Nobel de literatura; pero ello habría tenido que pasar por la reinvención de una "academia" que "despremió" a Borges, a Jorge Amado, a Carlos Dummond de Andrade, a don Alfonso Reyes y a Tabucchi, entre muchos otros, honrados con su ninguneo.


"Arenas movedizas" es una revisión de los miedos y pasiones de un hombre acosado por una enfermedad terminal, que podría haber encarnado uno los personajes significativos de sus propias novelas. El Cáncer que acabó con su vida, hace 4 meses, le fue descubierto a raíz de un banal accidente de automóvil que le afectó las vértebras del cuello. Estaba tan avanzado el proceso maligno, que sin el hallazgo fortuito de un tumor en la nuca, Mankell no hubiera tenido tiempo de realizar esa suerte de testamento moral y literario, sin pretensiones, en que se ha convertido su último libro. Va de un tema a otro con una coherencia inusitada. La inquietud por el tiempo que podría estársele acabando le da pie para denunciar las infamias y despropósitos ecológicos en los que estamos empeñados desde hace décadas, sobretodo en un tema que sobrepasa cualquier ficción de terror: el destino que tendría, durante cien mil años, la basura radioactiva que hemos ido acumulando. Ello, con idéntica ceguera autodestructiva con que las células enloquecen y se "suicidan"; y es precisamente el tema del suicidio el que planea en varios pasajes y que Mankell despacha descartando cualquier seducción de adelantar su fin, argumentando que no dejaría la herencia indeleble a su familia que significa la duda de haber tenido cualquier responsabilidad en ello.


Hay varios libros en que los escritores cogen el toro de su propio Cáncer por los cuernos. Lo ha hecho Edward Said y Susan Sontang. Y con certeza Mankell habrá leído al respecto, antes de decidirse a contar su experiencia dantesca, donde declara su respeto a los creyentes en la divinidad o en los tratamientos médicos alternativos, pero con sobrado coraje extremo no los comparte.


El testimonio triste, vital, desgarrador, creyente en la fuerza de la alegría de Mankell, está llamado a ser una especie de nuevo género memorialístico, en la que un hombre, preocupado por los males que aquejan a la humanidad lanza un grito de alerta sin estridencias, al modo del "Grito" congelado de un autor que el mismo refiere: Munch.


Tengo que confesar que se me han salido algunas lágrimas leyendo lo movedizas de las arenas de Mankell, sin que el autor procurará, claro, ese propósito; y he soltado algunas carcajadas leyendo su discurso de extremada inteligencia emocional -no me gusta mucho la expresión pero aquí la hallo necesaria-. Lo anterior es producto de una experiencia sensible que solo despiertan obras del calado de Victor Hugo o Balzac, sin que crea excesiva la supuesta exageración de lo que afirmo; Mankell mismo ha hecho una obra, hasta cierto punto minimalista, de una visión dramática del tiempo que vivimos, y todo ello a partir del drama personal de la partida definitiva que prefigura.


El elenco de personas, más que de personajes, con una heroica historia ejemplificadora entre pecho y espalda, se repite en varios capítulos, enriqueciendo sus reflexiones, a menudo poéticas, donde hace desfilar a los "desheredados de la tierra" junto a ilusos y utópicos que acabaron teniendo la razón y obteniendo reconocimiento tardío, tras una dura existencia de combate contra la injusticias y los prejuicios. (seguirá).

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