martes, 21 de noviembre de 2017 13:13
Opinión

EUROPA DEL SUR, EBRIA Y LIBIDINOSA

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Dijsselbloem


Las declaraciones de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, han causado perplejidad. Quizá se atemperan en la larga tradición de estereotipos y recelos mostrados entre europeos septentrionales y meridionales. "No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda. Este principio se aplica a nivel personal, local, nacional e incluso a nivel europeo", aseveró el socialdemócrata holandés en una amplia entrevista publicada hace unos días en el reputado diario alemán, Frankfurter Allgemeine Zeitung. Naturalmente la referencia se dirigía a la Europa del Sur, la cual, según Dijsselbloem, ha recibido la solidaridad de la Unión Europea en momentos difíciles tras desencadenarse la Gran Recesión en USA en 2007-08.


El dardo en las palabras de Dijsselbloem ha escocido--y no poco-- en países como España, Italia, Portugal y en el gran acusado, Grecia. Las peticiones de dimisión se han multiplicado, incluyendo la del propio Matteo Renzi, hasta hace pocos meses presidente del gobierno italiano y europeísta combativo. Como no podía ser menos, las redes sociales han hecho uso y abuso de epítetos y calificativos variopintos respecto a la supuesta fogosidad libidinosa de los meridionales, o la afición por las cogorzas solitarias de los vecinos nórdicos. Todo exagerado y entremezclado con insultos gratuitos e inútiles.


Quizá el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, holandés y socialdemócrata como Dijsselbloem, haya contribuido con sus declaraciones a aportar grados de sensatez y templanza. Para Timmermans, nacido en la misma ciudad de Maastricht que dio nombre a un Tratado clave en el proceso de Europeización, muchos europeos siguen pensando de acuerdo a nuestros bagajes culturales nacionales. La crítica a su compatriota y compañero de partido subrayaba que sus declaraciones no contribuyen a cimentar un futuro común en la casa europea. Y evidencian, además, una falta de sensibilidad y de empatía necesarias para la convivencia funcional entre las distintas singularidades culturales de nuestra común civilización europea.


La figura del Presidente del Eurogrupo, aún siendo informal, es muy importante por cuanto agrupa a los ministros económicos de los países del euro, así como al presidente del Banco Central Europeo y al presidente y al responsable de asuntos económicos de la Comisión Europea. Por ello las declaraciones han tenido una gran repercusión social y política. Recordemos que, entre los miembros del Eurogrupo está Wolfgang Schaüble, el influyente ministro alemán de quien se afirma que Dijsselbloem es un fiel escudero.


Es conocida la sinonimia en el credo cristiano entre “deuda” y “pecado” (Evangelio de San Mateo 6:12). Para el representante germano --y su adlátere holandés en el Eurogrupo-- la justificación moral de sus observaciones es que los mediterráneos deben de penar por sus pecados “etílicos y lujuriosos”. Conviene recordar que los propios alemanes occidentales no aplicaron el mismo Diktat a sus hermanos de la RDA, cuando en 1990 decidieron comprar sus marcos sin valor y reconstruir prácticamente desde cero un país que había cometido el pecado mortal del comunismo anticapitalista.


Para el redactor de estas líneas es evidente que los mediterráneos son tan aplicados en su “ética del trabajo” como puedan serlo los europeos septentrionales. De hecho, se trabaja –formalmente e informalmente-- un mayor número de horas en el meridión continental. Como bien apunta Timmermans, el asunto no es cuestión de pereza o falta de esfuerzo, aunque quizá sí lo sea de productividad.


Recordemos que la propia España realizó un extraordinario esfuerzo desde la Transición democrática, lo que nos permitió crecer económicamente más que los miembros centrales europeos (Alemania, Francia o el Reino Unido, pongamos por caso). En su conjunto, la España de 1976-2007 ofrece un buen ejemplo de una transición desde estructuras preindustriales a otras postindustriales en un breve lapso de tiempo. Recuérdese que, durante ese período y medido en PPPs (unidades de paridad de compra), España pasó de un porcentaje de renta per cápita del 70% al 94% de la media europea (UE-15). En 1945 y 1960, durante la dictadura franquista, dichos porcentajes habían sido del 49% y 57% respectivamente. Ya en 2007, y considerando al conjunto de EU-27, España había superado la media europea con un 102,6%.


Ciertamente el axioma de la solidaridad en aras del mantenimiento del modelo social europeo es insoslayable. En términos materiales ello comporta transferencias de rentas de los países más ricos a los países menos ricos (generalmente del sur y del este europeos). Tal regla de solidaridad se legitima en la actitud mayoritaria de los europeos a favor del modelo social europeo, institucionalizado en un Estado del Bienestar que proteja a los ciudadanos de las consecuencias perversas de las fuerzas del mercado, y que embride a éste último con actuaciones que controlen sus externalidades negativas. Ahora bien, los propios ciudadanos también deben asumir su parte alícuota de responsabilidad en la evitación de una Europa asediada por el falso “espejismo de la riqueza” promocionado por la anglobalización.


Cada europeo disfruta de la alegría de vivir con sus propios matices. La españolísima palabra “fiesta”, por ejemplo, es de uso universal y se entiende por doquier. En ocasiones, como fueron los años de “vino y rosas” durante los inicios del tercer milenio, los españoles tratan de reeditar el viejo refrán de “atar los perros con longanizas”,en alusión a un idiosincrático deseo ibérico por mostrar el rango de “nuevos ricos” y de derrochar aquello que no se posee. Tras desplegar un sobresfuerzo sostenido en apenas treinta años, algunos españoles pensaron que ya eran iguales a alemanes, británicos o franceses. Dijsselbloem nos recuerda ahora que las deudas se pagan y las leyes se cumplen, algo que conviene no olvidar a la hora de tomar decisiones personales de carácter financiero y de elegir a nuestros gobernantes. Al fin y a la postre, se trata de una regla de obligado cumplimiento en nuestro derecho y sistema de valores europeos.

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