Después de unos días de descanso, o de actividad social y religiosa motivada por la Semana Santa, que unos celebran acudiendo a actos religiosos que son las procesiones que se celebran, otros, en cambio, se inclinan por otras actividades, incluida la de no hacer absolutamente nada, como se dice popularmente, “tumbarse a la bartola”, que no está nada mal después del estrés.
Terminados esos días festivos, la semana esta semana se ha iniciado con gran actividad judicial y política: es la hora de los juicios que implican a los dos grandes partidos. PP y PSOE con sus respectivos casos “Kitchen”, que se celebra en la Audiencia Nacional después de 13 años, y el “Caso Koldo”, mucho más reciente, en el Tribunal Supremo. Los dos coinciden en la misma fecha a la hora de ser juzgados, pero no en el tiempo de investigación. El caso Kitchen, según dicen, será largo, unos tres meses, mientras que el caso Koldo será juzgado en un tiempo menor.
Dos juicios importantes, por lo que se pueda conocer en las declaraciones de sus protagonistas, así como la sentencia que tendrán que dictar los magistrados correspondientes. Algunos políticos, declaran respecto a estos juicios que hay que dejar que actúe “la justicia” y otros echan en cara la corrupción de los partidos implicados. La tal manida y desafortunada frase “y tú más” sigue estando en la boca de muchos para justificar lo injustificable. Lo decía el filósofo y escritor francés Edmundo Thiaudiere: “La política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”. Es una manera de disfrazar los verdaderos intereses de esos personajes que llegan a la política para otros motivos que no son precisamente velar por el bien común de los ciudadanos, sino por el propio. Es que hay una cosa que une a algunos actores de todas las ideologías: el dinero y el poder, que son unas malas prácticas que no entienden ni de siglas ni de ideologías. Ahí se ponen todos los corruptos de acuerdo. Lo decía una de las principales pensadoras políticas del siglo XX: “El poder es lo que mantiene a las comunidades políticas juntas”.
La estrategia del PP ante la situación judicial, que no es menor, es la de decir que eran otros tiempos, que Feijoo no tiene nada que ver con aquel PP, cosa que no es cierta. En el año 2009, en la campaña electoral a la Xunta de Galicia, Feijóo se vio obligado a forzar la dimisión del cabeza de lista por Ourense, Luís Carrera, por haber cobrado 240.000 euros en comisiones de una cuenta de un paraíso fiscal en las islas Caimán. En el 2012, dimite por corrupción el alcalde de Santiago, Gerardo Conde Roa. El director del Igape (organismo económico de la Xunta de Galicia), Joaquín Varela y un diputado, Pablo Cobián, dimitieron tras ser condenados por tráfico de influencias en la conocida operación Campeón. En el año 2021, la alcaldesa de Moraña (Pontevedra), Luisa Piñeiro, fue condenada por prevaricación y fraude. Feijóo miente y oculta sus relaciones, siendo presidente de la Xunta, con el narco Marcia Dorado. Cuyas fotos navegando con el son de sobras conocidas.
Que la corrupción está implantada en mayor o menor medida en los partidos políticos es un hecho cierto. La diferencia es la cantidad de dinero que se han llevado unos y otros. Según los datos, el PP es el que tiene más casos de corrupción judicializados, con un montante total de 3.062 millones de euros, una cifra que es más del doble de la que tiene el PSOE, 1.176 millones de euros. Los socialistas ocupan el tercer lugar. El segundo es el GIL, el famoso partido creado por Jesús Gil, exalcalde de Marbella, que en los 16 años de gobierno fue condenado por la suma de 2.492 millones. El cuarto es para Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), con casos por cerca de 299 millones de euros. No son casos excepcionales; el 90% de los partidos tienen casos en sus filas. La corrupción es la enfermedad de la política que no se ha conseguido curar hasta ahora. Ni siquiera la justicia (que ha perdido credibilidad) ha podido con ella.
Los dos juicios de los partidos mayoritarios que se sientan en el banquillo, cuyos protagonistas están siendo exministros, altos cargos y cargos de alta responsabilidad en los partidos, ponen de manifiesto que cuando la ética se tira al cubo de la basura, los resultados son los que son; a la vista están. ¿Qué va a significar esto? Pues que la ventaja en democracia es que los que meten la mano en el dinero se sientan en el banquillo (otra cosa son las condenas) y pasan la vergüenza de que toda la sociedad los vea. La segunda, que los partidos no pueden seguir por ese camino que no ayuda a la democracia, que la sociedad cada vez está más alejada de los partidos y en muchos casos cae en manos de los populismos extremos, que aunque hayan sido votados, significa un retroceso de siglos en los logros que ahora tienen las personas: individual y colectivamente.
Semanas de circo mediático dentro y fuera de las salas donde se está juzgando a “posibles” corruptos. Un espectáculo que debería avergonzarnos a todos: unos más que otros, los culpables de meter la mano donde no le corresponde. Ser honrados, decentes y dar ejemplo son aspectos que los que se dedican a la política no deberían olvidar nunca. ¿Todos los políticos son iguales? No, pero quienes lo saben, lo permiten y miran para otro lado son cómplices.

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