martes, 2 de marzo de 2021 14:27
Entrevistas

Josep Maria Álvarez: "Cuando un sindicato pierde una subvención, son los trabajadores los que pierden derechos"

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130 años no los cumple cualquiera. Por eso la Unión General de Trabajadores ha querido conmemorar esta efeméride por todo lo alto. El sindicato ha desplegado un calendario de actos enfocado a recordar los grandes hitos de la organización. Pero no todo es celebración: este aniversario se ha planteado también como un acicate para formular los retos a los que debe enfrentarse un sindicalismo del siglo XXI.


Su secretario general, Josep Maria Álvarez, --que hasta 2016 lo fue de la delegación catalana de la UGT--, se siente continuador de las luchas sociales del XIX, así como de la gran transformación social del pasado siglo, y rememora con brillo en los ojos los episodios históricos del sindicato. Puede sonar a tópico, pero en el caso de la Unión General de Trabajadores, mirar hacia el pasado es el mejor método para encarar el futuro. Recordar para aprender y para seguir siendo una de las entidades sociales más importantes de España.


- ¿Cómo se siente representando una organización más que centenaria?


Para todos nosotros supone una gran responsabilidad. Hace 130 años un grupo de pioneros, casi podríamos decir héroes, se reunió en Barcelona un domingo 12 de agosto y constituyó la segunda organización más antigua de Europa. Desde ese inicio hasta hoy nuestra organización ha empujado todas las conquistas de derechos que hemos alcanzado. Por eso, este 130 homenaje quiere ser un homenaje a las personas que nos han traído hasta aquí y una reivindicación del sindicalismo más allá de la UGT.


- ¿Debe incorporar un sindicalismo del siglo XXI nuevos asuntos en su agenda?


Sí, de hecho nosotros incorporaremos a nuestro manifiesto de celebración del 130 aniversario el feminismo, el ecologismo o los derechos LGTBI. En un mundo y en un momento donde alguien aventuraba que ya no estaríamos, creo que el sindicalismo sigue plenamente vigente.


- Si se convierte al sindicalismo en un agente movilizador de cualquier causa social, ¿no se corre el riesgo de diluir su papel como defensor de los trabajadores?


Desde el año 1888 hasta hoy, la sociedad se ha ido enriqueciendo. Por tanto, hoy no tenemos por qué concentrar todas las cuestiones de derechos e inquietudes, sino que tenemos que tratar de incorporar esas nuevas sensibilidades. En ocasiones podremos ser protagonistas y en otras acompañantes. Además, la desigualdad muchas veces se produce en el centro del trabajo, como el acoso o la discriminación.


- Otro reto es el de la cuarta revolución industrial, que empodera a los trabajadores gracias a las nuevas tecnologías, pero a la vez también puede situarlos en una situación precaria.


Creo que se confunden las nuevas tecnologías con la esclavitud por la esclavitud. La era digital plantea el desafío de qué consecuencias implica sobre el empleo. Hay quien quiere aprovechar para desregularlo todo e ir, en vez de hacia el trabajo individual, hacia que cada trabajador tenga su propio convenio con el empresario.


Por un lado, creo que hay algunos trabajos que son plenamente por cuenta ajena y, por otro, las multinacionales tendrán que pagar sus impuestos en España por más que hayan diseñado una plataforma digital en otro país.


- ¿Qué opina del conflicto entre el taxi y Uber o Cabify?


Hay que plantear cómo las licencias VTC se hacen compatibles con el taxi sin que haya competencia desleal como ocurre ahora. Un taxista tiene obligaciones tanto desde el punto de vista de contribución fiscal o compra de la licencia que no tiene un VTC.


- Pero el conductor sí paga...


Es que el Estado ha perdido una gran oportunidad para regular e impedir que se acumulen las licencias VTC. A mí me parece que lo razonable es que las licencias VTC fueran propiedad del que las va a utilizar y que no las pueda vender. Esta especulación indigna de fondos y multinacionales que ha llevado a que una licencia VTC se haya multiplicado por 50.000 es una aberración.


- Quizá este y otros problemas merecerían una acción internacional por parte de una coalición sindical que agrupase varios países.


La Confederación Europea de Sindicatos ya existe, pero debería convertirse en un agente que llenase Europa de contenido social. Pero en la cuestión de la huelga, por ejemplo, cada país tiene su legislación y hay diferencias que hace difícil que se pueda hacer una acción sindical clásica en el espacio europeo. En todo caso, vamos dando pasos, como la reciente participación de la Confederación en la huelga de Ryanair.


- Un sindicato no solo se dedica a reclamar derechos, sino también a informar a los trabajadores sobre los mismos. ¿Cómo enfocan esa actividad de concienciación y formación laboral?


A mí siempre me gusta trasladar a los trabajadores jóvenes la idea de que "el sindicato son ellos". Por un lado, al sindicato se le ve fatal si no recibe subvenciones, pero por otro se le pide que extienda su radio de acción a todos los trabajadores, sean afiliados o no. Nosotros destinamos más del 50% de la cuota de afiliados al bien común, es decir, a la negociación general de los derechos de los trabajadores y trabajadoras. Si incluimos la parte de formación, el coste aún es más alto. Además, hemos creado una plataforma en la red que, aparte de ser más económica, genera una posibilidad de formarse aunque un trabajador no se afilie. Y en el futuro deberemos abrir nuestras redes a otras asociaciones y entidades para lograr darles ese apoyo.


- Ha sacado el tema de las subvenciones. Ese no deja de ser un asunto polémico.


Pero en eso somos un sindicato atípico: hay que ser conscientes que cuando un sindicato pierde una subvención, son los trabajadores los que pierden derechos. Esa subvención sirve para tener abogados, economistas... En Francia nadie discute que los sindicatos, que tienen menos afiliados que en España, tengan una asignación del Estado que representa el 0,6% de la masa salarial francesa. Ni en Alemania se discute que, cuando un trabajador entra a trabajar en una empresa, el comité de empresa tenga derecho de veto sobre su acceso. Consecuencia: en Alemania el 70% de los trabajadores están afiliados.


- Con qué hito se quedaría de estos 130 años de historia.


Seguramente los hitos más importantes sean los del principio, como la huelga de 1917. Esa huelga abrió muchas puertas, como la del voto de la mujer o los derechos democráticos. En aquel momento el sindicalismo no era solo reivindicación en la fábrica o la mina, sino que también era lucha por la libertad.


Y el otro gran hecho mítico es la huelga del 14-D de 1988, que se fundó en la idea de que cuando se genera riqueza, hay que repartirla. Fue la primera vez que un Gobierno de izquierdas, además con mayoría absoluta, recibió una respuesta importante del sindicalismo demostrando esa autonomía que creo que es uno de los signos de identidad del sindicalismo español.


- También habrá espacio, en una historia tan dilatada, para páginas menos brillantes y algo de autocrítica.


En este proceso de crisis nos faltó capacidad de reacción. Nos noquearon. Seguramente porque nadie se esperaba que hubiese habido una reacción tan virulenta y tan falta de rigor contra la moral y la dignidad de las organizaciones sindicales. Y luego ha habido momentos en periodos anteriores, incluidas las dictaduras, que me parece injusto juzgarlos ahora. En todo caso, las conclusiones son dos: el sindicalismo debe defender siempre la libertad y la democracia y debe ser transparente.

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