sábado, 24 de octubre de 2020 07:37
Opinión

BIDEN, CANDIDATO SIGILOSO

Luis Moreno
Luis Moreno

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos

Su cauteloso proceder electoral se ha visto importunado por las acusaciones del asalto sexual formuladas por Tara Reade, antigua asistente en el Senado estadounidense. Tan inapropiado comportamiento habría sucedido en 1993, cuando Biden era senador por el estado de Delaware. Ante tal tesitura al candidato in pectore por el Partido Demócrata para las próximas elecciones presidenciales, no le ha quedado otro remedio que negar públicamente que cometiera los abusos sexuales de los que se le acusa. De momento el ‘escandalo’ ha quedado atemperado por la vorágine de noticias relativas a la pandemia del Covid-19, aunque influyentes medios reclaman que la alegaciones se investiguen a fondo. Nada impide que eventualmente el asunto vuelva a resurgir y, dado el frenesí de la campaña electoral presidencial, se convierta en un dardo envenenado por la cuestionada conducta de Biden. Este ya ha solicitado que los Archivos Nacionales saquen a la luz la queja que, según Tara Reade, presentó en su momento contra el entonces senador Biden. Existen antecedentes que animarán a los consejeros áulicos de Trump a cuestionar el sigilo de su oponente. ¿Recuerdan Vdes. el caso de Gary Hart y Donna Rice? 


L'exvicepresident dels Estats Units Joe Biden.


El senador demócrata por el estado de Colorado (1975-87) estuvo a punto de conseguir la nominación de su partido como candidato a la presidencia de los Estados Unidos en 1984. Fruto de una innovadora campaña puso en un brete el triunfo del gran favorito, Walter Mondale. Ello muy probablemente le animó a intentar conseguir por segunda vez la nominación demócrata para disputar a George Bush (padre) las elecciones presidenciales de 1988. Cuando su campaña por la nominación empezaba a tomar vuelo, se desenterró por un periódico de Miami una historia de adulterio, incluida una foto con una mujer (Donna Rice) que no era su esposa, imagen que --literalmente-- arruinó en cuestión de días sus aspiraciones presidenciales.


En los países europeos la conducta sexual de sus representantes políticos no suele ser reprobada ni penalizada electoralmente. Piénsese, por ejemplo, en las paralelas vidas conyugal y amancebada de François Mitterrand, o en las reincidentes venturas y desventuras sentimentales de François Hollande, intrépido conductor anónimo de ciclomotor en las calles de París camino de sus encuentros amorosos. Pero en una sociedad farisaicamente puritana como la estadounidense, las cosas del sexo pesan y mucho en el juicio moral de los votantes. Los casos de corrupción multimillonaria aparecen como una fruslería mediática en comparación con los escándalos de sexo.


Biden cuenta a su favor con un gran respaldo de todos los sectores y sensibilidades del Partido Demócrata. Saben que es la ‘gran esperanza blanca’ para derrotar a Donald Trump, ahora en horas bajas y difíciles de gestionar por la crisis del coronavirus. Tal apoyo cuasi unánime no es baladí. Además, sus credenciales como exvicepresidente de Barack Obama y su larga experiencia política institucional, lo sitúan en una posición inmejorable para desalojar a Trump de la Casa Blanca. Pero ahora debe lidiar con otra decisión de calado que puede impulsar su candidatura o convertirse en una rémora, como sucedió en casos parecidos de ‘tickets’ presidenciales que no funcionaron (Mondale-Ferraro o McCain-Palin, pongamos por caso).


Todo parece indicar que Biden intentará integrar a una mujer en su ticket como vicepresidente. Hasta el momento se especula con diez prominentes políticas demócratas, sin que destaque ninguna favorita. Al fin y a la postre, la decisión será del propio Biden. He aquí la lista, de aquellas que aparecen en las quinielas de los mentideros políticos del District of Columbia: Michelle Lujan Grisham, latino-americana elegida gobernadora de Texas en 2018; Keisha Lance Bottoms, alcaldesa afro-americana de Atlanta; Tammy Baldwin, senadora gay por Wisconsin; Stacey Abrams, afro-americana, quien a punto se convirtió en gobernadora en el emblemático estado de Georgia; Tammy Duckworth, héroe de guerra en Irak donde perdió ambas piernas y segunda asiática-americana elegida senadora (Illinois); Catherine Cortez Masto, latino/ítalo americana senadora por el estado de Nevada; Gretchen Whitmer, gobernadora del estado de Michigan; Elizabeth Warren, senadora por Massachusetts y representante del ala progresista (liberal), y quien estuvo peleando con posibilidades por obtener la nominación como candidata presidencial; Amy Klobuchar, una pragmática como Biden, es senadora por el estado de Minnesota y, finalmente, Kamala Harris senadora por California, quien se convertiría de ser elegida en la primera indio-americana en un ticket presidencial.


Estando así así las cosas, y tras ver cómo la crisis del coronavirus ha dejado ‘desnudo’ al rey Trump, la victoria del sigilosos Biden el próximo 3 de noviembre parece plausible. Y ello pese al ‘inconveniente’ de su edad (77 años). Pero no debemos olvidarnos del elemento contingente siempre en juego en la política electoral, a menudo latente o inesperado, y que en no pocas ocasiones interviene de forma decisiva en un desenlace que se daba por descontado (¿Hillary Clinton frente al America First de Donald Trump en 2016?


¿Y si se descubre una vacuna eficaz contra el Covid-19 en algún centro de investigación de excelencia estadounidense semanas/días antes de la jornada electoral y el inefable charlatán se apropia del hallazgo científico…? ¿Cuántos votantes de la mayoría silenciosa de la América profunda no volverían a votarle four more years? ¿Pueden imaginárselo...?

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