domingo, 22 de septiembre de 2019 07:49
Opinión

EL TIEMPO DETENIDO EN LA ETERNIDAD DE LA CREACIÓN DE SALVADOR MORENO

Edmundo Font
Edmundo Font

"Si uno está propicio, las cosas se propician sobre uno".


Sé bien que la emoción debe propiciar también la reflexión, y es tarea ardua cuando se requiere plasmar, en pocas palabras, la importancia del trabajo trascendente de un hombre ejemplar en numerosas disciplinas, como lo fue durante su larga existencia, y lo es, ahora, rescatado en el centenario de su nacimiento, el insigne artista mexicano don Salvador Moreno.


Viajé a Barcelona a inicios de mayo, generosamente invitado por nuestro cónsul, don Fidel Herrera Beltrán, quien se permitió compartir con un compañero de la cancillería mexicana que lo antecedió en el cargo en los 90 uno de los pilares que dan cuerpo simbólico y contenido material al extraordinario trabajo de representación consular y diplomática, la de la sólida vertiente cultural que hoy encarna la extraordinaria iniciativa de reconocer la relevancia de un hombre excepcional como lo fue el maestro Salvador Moreno, en una efemérides fundamental que con él celebra también los vínculos tan vigorosos que siempre han existido entre Cataluña y México.


Así que evocaré y no sólo en el recuerdo, o con guiños esotéricos a la manera de Fernando Pessoa que celebraría el maestro -dueño de un fino humor colindante con el surrealismo más serio- algunos instantes magistrales y el empuje espiritual de un hombre que descubrió, con la más alta poesía, las maravillas de su tierra exuberante, de nombre tan sonoro como Orizaba, cercana a míticos cafetales y flores salvajes, e incursionó en la creación musical con dimensión clásica, a partir de auténticas tradiciones populares.


Se prodigó, y no hay contradicción, contenidamente, en la pintura, con la expresión de sus naturalezas muertas de gran influjo vivaz, y destacó sin alardes de academicismo en la investigación estética de fenómenos de la creación que le acercaron a la especulación filosófica, encaminada a los más diversos temas, como su propia paleta vital.


Dije que es tarea ardua pese a ser gratísima la oportunidad —y ya significa una honra intensa rememorar al maestro— porque reconocimientos tan justos y oportunos como este, a una figura tan fértil pero no debidamente recordada, requieren desdoblarse en recomendaciones precisas, como las de presionar por la reedición de sus obras, la grabación de sus composiciones y reunir entero el material epistolar que refleja la altitud de sus miras y la hondura de sus preocupaciones existenciales.


Pueden suponer ustedes que para cumplir con la encomienda de mi compañero de Cancillería, el señor cónsul Fidel Herrera Beltrán, anduve en busca de bibliografía del maestro y sobre él, y debo confesar que fue un empeño infructuoso; incluso, fracasé en la visita a varias librerías de viejo que suelen sacarme de aprietos. Para viajeros constantes como yo, que debo dar por dirección la compañía Aeromexico, es difícil hallar el momento de acudir a nuestras formidables bibliotecas. Así que hice varias incursiones a las librerías de EDUCAL, a la Gandhi y a las del Fondo de Cultura Económica. En ninguna de ellas encontré el volumen publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes con el bello título de "Detener el Tiempo", mismo que glosé en el título de esta intervención.


De hecho, esa frase afortunada de "detener el tiempo" proviene de una bella imagen del maestro concebida durante una brillante entrevista de prensa, al hablar de la música que compuso para "Violeta" un poema del gran hombre de letras que fue Luis Cernuda y que al final del texto resultará en una sorpresa. En síntesis de esta mención, con el respeto debido, me permito sugerir que se recoja la propuesta formal de que se eleve al Fondo de Cultura la solicitud de que se ponga al día una antología de los lúcidos textos del maestro Salvador Moreno -si es que no lo ha programado ya- y su respectiva traducción al catalán.


Además de la palabra afortunado, las que mejor definen mi encuentro en los años 90 con el maes-tro Salvador Moreno, son las de privilegio, y la rara ocasión de haber estado cerca de una figura tan notable, representante de la sensibilidad artística de México en Cataluña. En un acto de justicia consideró necesario decir que quien me presentó al maestro fue el decano de los colaboradores españoles de nuestro consulado. Francisco Gomes Franco albergaba por don Salvador un genuino y añejo afecto; en Paco nuestro gran musicólogo encontró siempre un admirador constructivo. Y en este renglón de alusiones más personales no podría dejar de mencionar a un amigo de aquellos días, el médico de origen cubano Mario Suárez, quien se interesó por tutelar la frágil salud del maestro y haciendo de inmediato a un lado un simbólico y magro honorario, continuó durante meses vigilando la marcha del corazón de don Salvador, convertido ya en uno más de sus cómplices amistosos. El doctor Suárez también sucumbió al encanto personal del maestro, con su derroche de sabias anécdotas y puntualizaciones sobre el transcurrir de aquellos tiempos y no sólo en el ámbito de la cultura.


Cuando don Salvador Moreno se trasplanta -o se transtierra como diría José Gaos- a Cataluña, asume un papel que termina adquiriendo visos históricos. Despliega su vocación de representante de valores nuestros en vertientes culturales que comprenden la música, la pintura y la literatura. Y todo ello, en una añeja realidad política de dos países que como España y México en los años cincuenta, no podían ni pensar aún en establecer una relación diplomática. Hay que subrayar que el maestro Salvador Moreno llegó a sufrir en carne propia la censura y la represión de la noche oscura del franquismo. Y Ello de manera absurda como tantas otras cosas, no por ninguna actividad subversiva, porque fue un hombre de Paz, sino por el hecho de mantener vigentes sus vínculos fraternos de intenso intercambio intelectual con grandes valores del exilio español en México.


Siempre será un reto complejo diseñar con palabras el retrato, la semblanza de un hombre que se ha admirado y que despertaba una simpatía inmediata por su trato tan caluroso y de caballero a la usanza de otros tiempos. Hombre de mirada franca, ademanes medidos y elegantes, no recuerdo que don Salvador tuviera nunca la necesidad de elevar el tono de su voz para defender una concepción de la vida más tolerante y por ende, para transmitir a los demás, al final de su vida y sin proponérselo, un rico ejemplo aleccionador.


Don Salvador discurría siempre con la distinción propia de quienes nacen con una curiosidad intelectual infinita y conviven con un mundo de ideas y nobles sentimientos. Prueba gráfica de estos adjetivos la encontramos en una célebre fotografía en blanco y negro donde don Salvador, vestido con un traje oscuro de solapas anchas se lleva la mano al corazón, de manera ceremoniosa. He tratado de preservar, fijándola, la imagen viva de algunos de mis privilegiados encuentros con el maestro. Extraigo de ellos una lección de esmerada sencillez en su trato personal, así como en el tratamiento de los temas más caros y profundos para él. De las ricas remembranzas que hacía sobre su amistad con figuras de la talla de Rosa Chacel, Zambrano, o el propio Cernuda, además de otras amistades significativas, quedaba claro el lugar destacado, importantísimo, que ocupaban en la esfera de su aprecio el gran pintor y poeta Ramón Gaya, y Juan Gil-Albert.


Ahora debo apelar, respetuosamente, a la indulgencia de ustedes y que me sea permitido efectuar mas referencias personales que intentan contribuir a remarcar otro de los propósitos de este ho-menaje, por la singularidad o coincidencias que subrayan. Manifiesto así de nuevo la profunda gratitud por el honor de permitirme fortalecer el recuerdo de un artista a cabalidad, tan completo y riguroso como lo fue don Salvador Moreno en todas sus disciplinas; de la creación musical a la pictórica y de la investigación estética a la incursión en la poesía y en un género epistolar que traduce la bonhomía de su mano tendida a los afectos fraternales. Del contenido de sus cartas se desprende un ánimo constructivo y de apoyo siempre al talento ajeno.


Y así tenemos ya a un Salvador Moreno caracterizado por un notorio talante de generosidad...


Es inevitable que establezca un paralelismo casi filial en el calado que ha tenido para mí esa relación de amistad con alguien muy admirado, como Salvador Moreno que sucede, en el centenario de su nacimiento, a mi padre, quien haría el camino inverso al de nuestro maestro en los álgidos momentos de la caída de la república española. Y aunque sus caminos no se hayan cruzado, ambos, compartieron coincidencias en sus posiciones humanísticas, y frecuentaron, casi seguramente, espacios de convivencia similares que a me tocan muy de cerca, con la profunda emoción de reconocer hombres de ideas, de creación y de letras que han enriquecido el panorama intelectual de nuestros dos países. Hablo de la aportación fundamental de mujeres y hombres que escaparon del fascismo y contribuyeron con su trabajo a enriquecer el México solidario de Lázaro Cárdenas.


Aquí tenemos entonces a un Salvador Moreno constructor de puentes fundamentales, una suerte de embajador oficioso, sin buscar nunca reconocimientos ni enconadas, conocedor y promotor de valores de raigambre intelectual florecientes en nuestras dos orillas.


Mención aparte merece la entrega del maestro, en su sólida vertiente de historiador, por preservar viva en Cataluña la memoria del autor de la música de nuestro himno nacional, don Jaume Nunó. A don Salvador se deben numerosas iniciativas que se tradujeron en el rescate y proyección de una figura de tanta relevancia en su lugar de nacimiento, la bellísima San Joan de las Abadesses.


Hablamos de un personaje inquieto y de notable vigor que después de una destacada etapa de formación en nuestro país, viaja en procura de un crecimiento interior que alcanza en Europa, dentro de la mejor tradición de tantos hombres de genio que han cruzado el Atlántico para consolidar sus talentos. Y este viajero intenso, intuye, ya en la mitad del siglo XX que una capital como Barcelona, con grandes editoriales, creadores de múltiples vocaciones y un espíritu crítico poderoso, es lugar propicio para su desarrollo.


No conservo ninguna fotografía que me hubieran tomado con el maestro Salvador Moreno -con su proverbial delicadeza hubiera escapado, como si de la peste se tratara, de verse involucrado en una selfie- y vaya si hubiera sido la suya una bella instantánea, con ese mar Mediterráneo de fondo que bendecía sus mañanas, desde un ático que más parecía una gávea que un piso con terrazas extraordinarias que asomaban a la Barceloneta.


Don Salvador compartiría conmigo, sin duda alguna, por las mismas razones que priman sobre la frivolidad ambiente, de preservar la discreción, un rechazo inveterado a las redes sociales, en particular al Facebook, de allí que no tenga una posteridad tan fácil de acceder a través de un clic de ordenador y un homenaje a su memoria como el que ha emprendido, durante doce meses en diversas vertientes el Consulado de México en Barcelona, al frente del cual se encuentra un alto funcionario sensible a la necesidad de difundir la vida y la obra de un personaje del Estado de Veracruz que cambió de orilla marítima para establecer un poderoso puente de intercambio cultural que sigue vigente.


El capítulo memorable de la presencia de Plácido Domingo en la vida del maestro Salvador Moreno, por el hecho notable de haber debutado éste de su mano en Barcelona, me toca también de cerca; me lamentaré siempre de no haberle preguntado al maestro sobre su amistad con el gran poeta brasileño Joao Cabral de Melo Neto, a quien también traté en mis épocas de Rio de Janeiro. La ópera basada en el poema Muerte y Vida Severino -estrenada mundialmente en Bellas Artes- es uno de los textos capitales de la poesía del Brasil nordestino. Muchos años después de los estrenos en Cataluña y en México, el gran compositor Chico Buarque repetiría la azaña y cemen-taria gran parte de su fama al musicalizar de nuevo un texto emparentado con la portentosa novela Los Sertones, de Euclides de Acunha. Y aquí vemos también a un Salvador Moreno precursor.


Este gran homenaje a don Salvador Moreno se puede definir mejor con la propia palabra homenaje. Me explico. El maestro merece que despleguemos ese rendimiento nuestro a la usanza pura del término, semánticamente. Como ustedes saben, la palabra homenaje, de origen provenzal, colindante en su influjo latino con el catalán, se pronunciaba en la antigüedad de igual manera que en la lengua de Jusep Pla: homenatge. Pese a su carácter humilde, sin mayores presunciones en el trato, me agrada pensar que don Salvador aceptaría divertido el guiño lúdico de que pagáramos un vasallaje simbólico a la suma de su obra y de su múltiple legado: su considerable obra intelec-tual con la producción de textos, lienzos, partituras, ensayos de investigación e historia del arte, y el lado humano caracterizado por el talante amable y generoso que lo caracterizó y del que ya hemos hablado.


Veneración y respeto es otro de los elementos tradicionales a los que yo les invito a sumarnos, provenientes también esos nobles términos del origen histórico del Homenatge, que mana de fuentes de la Edad Media, y en la que todo homenaje se sellaba siempre con un compromiso.


Allí están los extraordinarios vestigios plasmados plásticamente en célebres tapices como el de Bayeux o en delicadas ilustraciones como las del Livre de Droit del siglo XIV, o en los bellos manuscritos iluminados. Había también entonces una encomienda o commendatio que sellaba la vinculación con el homenajeado. Y esta disquisición es un buen telón de fondo que podría aplicarse esta noche en el merecido homenaje a la memoria del maestro Salvador Moreno porque en el centenario de su nacimiento debemos establecer el compromiso de ahondar en su legado.


Concluyo con un diálogo imaginario con nuestro querido maestro:


No podría yo, don Salvador, acabar estas palabras pensadas también para decírselas a usted sin dejar de preguntarle ¿qué le parece que le estemos rindiendo un homenaje a quien durante su vida entera, en uso de razón artística, homenajeó a sus mayores, y fiel a sus principios solidarios y participativos, también rindió homenaje a sus iguales en sus talentos?


Y el maestro Salvador Moreno, desde su atalaya celeste, nos responde:


...Pues estaría envuelto en un sentimiento con vertiente doble: una, de agradecimiento y la otra, de azoro. Estaría "estupefacto" -no sorprendido, siempre siguiendo la ironía de don Alfonso- por la conjugación de voluntades afectuosas que han valorado mi entrega creativa. Sobre todo, después de esa actitud que Octavio Paz llegó a referir alguna vez cuando criticaban a aquellos que tuvimos que partir, pero sin arrancarnos nunca la raíz.


–mi obra, sabes, fue surgiendo de esa nada misteriosa que también encierra la poesía y no la hay sin música. Por ejemplo: "...no oyes caer las gotas de mi melancolía?" Un crítico muy autorizado dijo que lo mío era "sibaritismo conceptual" y aquí puedes oír 14 sílabas sibaríticas.


Y luego, también fui seducido por la pintura y tracé mi mirada con guache y con acuarelas— llegué a llamar a una de mis exposiciones "La pintura que viene del agua"; y tampoco me quedaba en paz si no pintaba flores como las de Luis (cuando Cernuda dice la palabra violetas, huelen las violetas, así era su prodigio). Es más, también le canté a ese maravilloso poema con armónicos silencios que atraparon su fragancia, y el tiempo que cuando pasa no transcurre, solo instrumenta su silencio en una nota sostenida y eterna...

COMENTAR


Más opinión
Opinadores
Pressdigital
redaccion@pressdigital.es
Powered by Bigpress
RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. EDITADO POR ORNA COMUNICACIÓN SL
Mapa Web Aviso-legal Cookies Consejo editorial version mobil